Editorial

Control/copiar/pegar

Se trata tan sólo de recordar que, tarde o temprano, todo aquél que plagia será descubierto

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15 de marzo de 2010, 12:00 a. m.

Todavía, muchísima gente cree que escribir es una actividad independiente del acto de pensar. Que hay gente que piensa bien pero escribe mal. O que hay gente que escribe bien sin saber pensar, como si el acto de la escritura fuese un talento o una habilidad independiente del proceso del pensamiento. Eso no es cierto. Lo que sí es cierto es que el idioma tiene unas normas gramaticales que buena parte (por no decir la abrumadora mayoría) de nosotros desconoce, pero, en general, la escritura y el pensamiento son actos que están intrínsecamente unidos y que constituyen un proceso cerebral único e indivisible. Por eso, cuando alguien dice que copia porque otro puede decir las cosas “mejor que uno”, está mintiendo. Lo que sucede es que o no sabe o le da pereza pensar. Es entonces cuando surge esa vieja tentación de la vanidad intelectual, ese recurrente y otrora bochornoso pecado, esa trasgresión ética que antes se consideraba imperdonable y que todos conocemos con el nombre de plagio. El plagio, el robo de las ideas, se ha convertido en los últimos años en uno de los más graves problemas del mundo académico. Internet ha potenciado de tal manera la posibilidad de copiar sin ser descubierto, que miles de profesores en todo el mundo están desesperados intentando buscar maneras de detectarlo en los trabajos de sus estudiantes. Es tan grave el problema que no sólo las universidades más importantes del primer mundo tienen ya en sus propias páginas web sus códigos de ética con respecto al plagio, sino que se han fundado compañías en el mismo internet que han desarrollado productos especializados en detectar el plagio. iParadigms.com es la más conocida y Turnitin.com es uno de sus productos estrella, utilizado por miles de profesores a lo largo y ancho del planeta. Por supuesto, en Colombia el problema es más agudo, por obvias razones: los profesores universitarios suelen estar mal pagados y no tienen el tiempo suficiente para andar verificando en internet cada vez que tienen la sospecha de que un estudiante ha sido tentado por el nuevo deporte del “control/copiar/pegar”. La moda del plagio ha trascendido por completo el mundo de las universidades. Ahora los escritores, desesperados por la manzana del éxito inmediato, han decidido imponer la moda del plagio llamándola, de manera muy posmoderna, “intertextualidad”. Es decir, no sólo no niegan haber plagiado otros libros, sino que hacen de ello una especie de bandera cínica cuando los descubren. El ejemplo por excelencia de esta nueva actitud es la escritora española Lucía Etxebarría, que se ha ganado los premios más jugosos del panorama editorial de su país (El Planeta, el Primavera y el Nadal) y vende como loca. Es una especie de Marbelle española, gordita y tetona, medio sexapilosa. Ante la última acusación de plagio, contestó que la alegraba mucho, porque la última que le habían hecho había logrado que la sacaran más en los medios de comunicación y, por tanto, había vendido muchísimos más ejemplares de sus libros. Ahora, un conocido escritor y columnista colombiano también está acusado de plagio, y las coincidencias entre la columna en cuestión y la columna (anterior) de quien lo acusa son pasmosas. No vale la pena decir aquí su nombre, porque el fenómeno está tan extendido que no se trata de hacer señalamientos. Se trata tan sólo de recordar que, tarde o temprano, todo aquél que plagia será descubierto. Escritor, estudiante, congresista o columnista de opinión. Porque si bien internet es una herramienta fabulosa para dejarse tentar por la posibilidad de hacer pasar por nuestras las ideas de otros, también lo es para poner el pecado al descubierto.

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