Desde el inicio de este periodo presidencial, un porcentaje importante de ciudadanos tenía cierto grado de incertidumbre e intriga de cómo sería el nuevo gobierno; unos más, otros menos, pero el común denominador siempre fue el de una Colombia expectante. Tras más de un año de gobierno, ya no se habla de expectativas, sino de realidades. Unas realidades basadas en decisiones erróneas que poco a poco han ido acabando con el país.
Sin importar si es en materia de salud, educación, política o economía, el país va cuesta abajo. El Gobierno ha tratado de aprobar a como dé lugar una serie de reformas que no tienen sentido, que no le convienen a un porcentaje muy alto de ciudadanos, pero que pareciera son un capricho de los altos mandos y que tienen que ser aprobadas sin tener en cuenta las consecuencias que su aquiescencia conllevaría. En materia de seguridad no podríamos estar peor, nos hemos visto obligados a vivir en el lejano oeste, ya ningún lugar es seguro. A los bandidos poco les importa atracar o asesinar en la oscuridad o en la luz pública, al fin y al cabo no hay consecuencias por sus actos y les es más fácil robar y asesinar que trabajar. Es tal el nivel de inseguridad que se vive en el país, que los ciudadanos le temen a salir a la calle a realizar sus actividades cotidianas y se ha convertido en un milagro el volver a la casa ileso y sin que se le hayan hurtado alguna de sus pertenencias.
En cuanto a la educación, tampoco estamos bien; la idea de enseñar es educar a los jóvenes para que tengan sus propias ideas y pensamientos, pero en Colombia desde hace varios años la educación pública se convirtió en un adoctrinamiento de niños y jóvenes que siguen un rebaño de ovejas y que no cuestionan temas muy delicados que deberían ser debatidos. La economía va en declive, la inflación que empezó con el expresidente Duque y hoy aumenta con el presidente Petro, y cada vez se encarece más hacer mercado, comprar y vivir.
Como si esto fuera poco, hemos sido espectadores de los escándalos más graves que ha tenido un gobierno en Colombia. El escándalo de Nicolás Petro, hijo del presidente, quien dice haber recibido dineros provenientes de personajes cuestionables, es una conmoción sin precedentes. El escándalo de Laura Sarabia, exjefe de gabinete, con Armando Benedetti, exembajador en Venezuela, y la niñera Marelbys Meza, no tiene nombre y es un claro ejemplo de que en Colombia lo importante es tener poder para pasar por encima de cualquier persona.
Tras haberse alejado del Gobierno después a su escándalo, hoy Laura Sarabia vuelve a vincularse al mismo como directora del Departamento de Prosperidad Social. Esta designación es enormemente injusta; les enseña a nuestros jóvenes que la justicia en nuestro país no funciona. Es más, al que hace mal se le premia y distorsiona los valores que como país deberíamos inculcar. Además, abre una gran incógnita: ¿qué sabe Laura Sarabia para que la hayan reincorporado y le hayan hecho semejante nombramiento?
Podría seguir enumerando un sinfín de situaciones graves que se están dando en el país con el aumento de la gasolina, la salud, la inestabilidad y demás, pero no habría espacio suficiente, lo cierto es que estamos frente a un Gobierno blando y desorganizado que hasta el día de hoy no ha sabido cómo administrar. El camino para enmendar los errores cometidos hasta ahora debería ser de firmeza, rectitud y decisiones que ayuden a todos los ciudadanos. Está en cada uno de nosotros como ciudadanos hacerle dicha exigencia al Gobierno. No podemos permitir lo contrario.
“Solo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y de reconocer sus errores”. Benjamin Franklin.