Hace algunos años visité el parque natural de Chingaza, ubicado a unas dos horas de Bogotá. El bellísimo paisaje del páramo en medio del trópico, a más de tres mil quinientos metros de altura, es un privilegio de Colombia; en nuestro territorio se encuentran más del 80 % de los que alberga el planeta. El guía que nos recibió extendió sus brazos para abarcar el solemne ámbito en el que nos hallábamos y luego nos solicitó que fijáramos la vista en el suelo que pisábamos. “¿Qué ven?”, preguntó. Ante el silencio de los presentes explicó la historia geológica y botánica del sitio que, por supuesto, abarca miles de años, muchos más que los de la historia humana.
Esta experiencia constituyó una suerte de epifanía. Aprendí que si indagamos por las vidas de nuestros ancestros, e intentamos colocarlas en el contexto del país en el que vivieron, tendremos un mejor conocimiento de lo que somos. Este ejercicio retrospectivo tropieza, sin embargo, con una dificultad inevitable. En la juventud estamos tan obsesionados por vivir que no tenemos interés por preguntar a abuelos y padres cómo transcurrieron sus vidas; cuando esa curiosidad despierta ya no tenemos a quien preguntarle.
Es preciso, entonces, acudir a jirones de recuerdos y a lecturas que coloquen a esos fantasmas amados en sus coordenadas de tiempo y espacio. Recuerdo, a comienzos de los años cincuenta del pasado siglo, a mi abuelo materno sentado frente a mi enseñándome a jugar ajedrez en el corredor de su pequeña casa de campo en un lugar de ensueño, La Estrella, Antioquia, que el crecimiento de la cercana Medellín ha devorado y envilecido.
Mi abuelo hace un leve gesto de dolor, se toca el brazo y me dice que nunca sanó por completo de la fractura que le causó la patada de una mula. Lidiar con esos sufridos animales ocupó una porción dilatada de su actividad laboral, presumo que desde fines del siglo XIX y hasta cuando el desarrollo de los ferrocarriles, primero, y, luego, de las carreteras, fue gradualmente extinguiendo las recuas de mulas como medio de transporte de mercancías. Sin embargo, el niño que departía con su abuelo en aquella mañana radiante sabía de qué se trataba. Había visto pasar los arrieros por el camino de herradura que, montaña arriba, conducía hacia Pueblo Viejo, un pequeño caserío.
Supe entonces que mi abuelo había sido comerciante y arriero; que con sus nobles animales había viajado por la cordillera central satisfaciendo una demanda dispersa en numerosos pueblos que, desde la Colonia, provenía de la minería del oro y, más tarde, desde los años ochenta del siglo XIX, del cultivo del café. La fuerza animal era el único medio adecuado antes de la mecanización del transporte. La zona andina es muy quebrada y, al contrario de Europa, por ejemplo, que cuenta con una vasta red de ríos navegables, nosotros solo contamos con el río Magdalena. El Cauca no lo es y los otros que lo son, como el Orinoco, se encuentran en la periferia económica del país. Ese auge cafetero, a su vez, explica el proceso de colonización antioqueña hacia el sur por ambas vertientes de la cordillera central hasta el norte del Valle del Cauca por una de ellas, y, por la otra, hacia lo que entonces se llamaba el Tolima Grande. Este proceso recibió un notable impulso por la ley 61 de 1874, mediante la cual se dispuso la adjudicación de baldíos nacionales a quienes los ocuparan con cultivos permanentes. Y por la Ley 76 de 1927, que dispuso la creación de un impuesto a las exportaciones de café que se destinaría a financiar el suministro de los bienes públicos indispensables para el desarrollo de un cultivo de exportación.
Estos instrumentos fueron fundamentales para el crecimiento de la economía durante buena parte del siglo XX. Y para la consolidación de una vasta estructura de pequeños caficultores que mucho ayudó al fortalecimiento democrático de la Nación.
Envuelta en la bruma del ayer me llega otra imagen de mi abuelo materno. Fuimos a buscarlo a una factoría textil donde desempeñaba modestas actividades, tal vez una suerte de disimulada pensión de retiro que pagaban los hermanos de mi abuela, empresarios de éxito. Imagino que evocaba con cierta tristeza su epopeya mulera. Hacia mediados de la pasada centuria, ya el proceso de industrialización del Valle de Aburrá avanzaba con celeridad.
Mi padre nació en Cali, mi abuelo paterno en Manizales o en otra población caldense, uno de sus ancestros participó en la fundación de esa ciudad en 1849. Sus antepasados eran, pues, antioqueños. Durante un breve tiempo, y con motivo de su matrimonio con mi madre, vivimos en Medellín. Sin embargo, golpeado por la adversidad, sin recursos económicos y ausente de la ciudad por largos años, un buen día me informó que regresaría “como los elefantes a morir en el lugar de mis orígenes”. Así fue.
Puedo recordar con algo de lucidez (por ahora) un trozo de la historia reciente. Asumo, lo que suele suceder a quien desde la atalaya del presente mira hacia atrás, que me ha tocado en suerte una época extraordinaria. Tomen nota familiares y amigos y procedan a organizar los coloquios necesarios; les contaría episodios que podrían ayudarles a comprender mejor el mundo y sus propias vidas (en mi candor, eso creo). De lo contrario, no me quedará opción distinta a escribir mis memorias, a pesar de que leer me resulta más interesante. Si nadie decide publicarlas le tocará a la editorial El Propio Bolsillo (el de ellos, quiero decir).
Briznas poéticas. De José Manuel Arango, voz imprescindible en nuestra lengua: “En dónde alienta ahora / qué afanes la gastan / a quienes entrega sus rostros / de asombro, de alegre ironía / de hastío / qué ajenas voces la solicitan / a ella, la mía, la marcada / con el vivo tatuaje de sangre / que la boca voraz / dejó en su garganta.”