Es difícil entender la realidad de la guerra entre Estados Unidos e Irán. Los frecuentes anuncios de Trump y de los iraníes, así como los de los secretarios de Guerra y de Estado estadounidenses, no contribuyen a aclarar las cosas.

Sin embargo, es evidente que la administración estadounidense se ha movido de las firmes posiciones iniciales, en que el régimen de los ayatolás debía desaparecer; que Irán no podría volver a tener nunca la capacidad de fabricar armas nucleares y que si no suspendía los ataques con drones y misiles podría “desaparecer de la faz de la tierra”. Se ha abierto ahora una vez más, entre muchas, la posibilidad de un acuerdo definitivo de paz.

En últimas, se verá hacia dónde se inclina la opinión pública estadounidense, que en este momento se opone mayoritariamente a la guerra en que está empeñado Trump. Incluso, igualando a los porcentajes de rechazo que se dieron a la guerra de Vietnam, que transformó fundamentalmente a la sociedad estadounidense. Sea lo que fuere, Estados Unidos debe salir claramente victorioso; si no, el mundo quedaría bajo una sensación de que el Estado patrocinador del terrorismo salió avante.

Para la América Latina y en especial para Colombia, la condición en la que quede Trump después de la guerra será muy importante. La forma como los grupos armados han ido controlando progresivamente diferentes zonas del país, llegando hasta el extremo de dominar a sangre y fuego arterias viales, así como cínicamente “impartir justicia y hacer juicios revolucionarios” en determinadas regiones, preocupa a muchos colombianos, sin importar al candidato a la presidencia que apoyen.

En ese estado de cosas, la activa cooperación de Estados Unidos será fundamental. Inundados por el narcotráfico y la minería ilegal, cuyo destino es en gran parte hacia ese país, no nos quedan muchas alternativas.

Colombia no podrá pedir la ayuda de China, Rusia, Irán, ni la de Canadá, el Reino Unido ni la Unión Europea. Mucho menos la de Brasil o México: todos están muy ocupados. Venezuela, que sigue manteniendo en su territorio los grupos armados colombianos y tiene una enorme responsabilidad en la angustiosa situación que vive el departamento de Norte de Santander y la región del Catatumbo, tendrá que recibir la orden perentoria del Estado administrador de solucionar esa situación. Además, tendrá que acelerar la recuperación económica de ese país, que sin duda tendría efectos para Colombia.

Si el presidente Trump resultara aparentemente debilitado, su capacidad de acción podría quedar limitada. La forma de salir adelante no puede ser la de intervenir en Cuba, como lo ha anunciado, como una especie de premio de consolación: sería peor.