Hay muchas razones por las cuales estamos acá. Una suma de eventos; unos accidentales, otros a propósito, nos han empujado como nación hasta el precipicio en el que nos encontramos. Es verdad que muchas cosas no nos han salido bien como sociedad, que hemos tenido errores, que hemos sido displicentes en muchos casos y que falta mucho por hacer. Pero también es cierto que es mucho el camino recorrido.
Crecí en la década de los ochenta escuchando que Colombia era un Estado fallido, viendo lo peor del narcotráfico y el terrorismo. Luego, en los noventa, viendo cómo la política se enredaba con las drogas y más adelante, a principios de siglo, registrando cómo intentábamos, primero con la fuerza, y luego con las palabras, desenredar la guerra. Sin embargo, nunca, tal como lo siento hoy, habíamos enfrentado la posibilidad de acabar con la esperanza y entregarnos al resentimiento, al miedo, la venganza y la destrucción.
Obviamente hay razones para estar molestos. La pandemia se llevó mucho de lo que habíamos logrado: destruyó familias, se llevó seres queridos, acabó negocios, borró ahorros y nos puso como sociedad frente a una realidad que tal vez no queríamos ver.
Recuerdo que a principios de la crisis, Tom Friedman, el citado economista y analista internacional, en una videoconferencia con los ejecutivos de un prestigioso banco internacional, comparó la situación del covid como el momento en que las aguas se recogen del mar y revela las carnes y vestidos de playa de los bañistas que, con el agua al cuello, se veían elegantes y esbeltos. “Caramba, no te imaginaba así”, le decía uno de los personajes imaginarios a otro al notar la realidad de sus formas desnudada por el retroceso del mar.
Igual ocurrió con empresas y países. Aquellos que estaban preparados, es decir, tenían ahorros, sistemas digitales y protección de sus ciudadanos y empleados, sobrevivieron y los que no fueron precavidos, murieron.
Colombia no fue ajena a esta situación. A pesar de responder con contundencia y rapidez a la pandemia, los confinamientos fueron extensos; la desesperación, enorme, y las consecuencias, millonarias.
El caos fue capitalizado a la perfección por los populistas. No hay mejor escenario para los pirómanos que hacer fiesta cuando se riega accidentalmente la gasolina. Ustedes fueron testigos de cómo los incendiarios de siempre exacerbaron y capitalizaron las protestas. En lugar de jalar para el mismo lado, los gallinazos usaron las redes sociales para ponerse al otro lado de la barra a criticar y bloquear todos los esfuerzos de salvar vidas y, de paso, la nación. Pero así son los hambrientos de poder; celebran la agonía de los demás, siempre y cuando eso les presente réditos.
Es por eso que esta mañana, justo cuando el país se dispone a votar, nos encontramos frente a la posibilidad de que se imponga el populismo y que aquellos que se dedicaron a incendiar y criticar, sin presentar verdaderos planes de gobierno o soluciones responsables y factibles a los problemas del país, tengan las mayores probabilidades de pasar a segunda vuelta. Estas fueron, posiblemente, las elecciones en las que se impuso la retórica ante las ideas o las propuestas. Donde la oscuridad prevaleció sobre el día.
Sinceramente, duele mucho Colombia. La semana pasada en un vuelo internacional, un muchacho venezolano sentado en la silla de adelante le dijo a su mamá: “¿Sabías que Colombia tiene un tratado de libre comercio con Estados Unidos que les permite importar y exportar cosas?”. A lo que la mujer respondió sin levantar la cabeza del celular en el que frenéticamente tecleaba un mensaje de texto: “Seguramente tenían, porque el fin de semana va a ganar un tipo igual o peor al que nos sacó corriendo de Venezuela”.
Sin embargo, no todo está perdido. Usted, que está en la casa pensando si votar; usted, que ha tirado calculadora para usar de la mejor manera su voto; usted, que cree que está terminado el juego, en este momento hay una luz de esperanza.
Sí, usted. Tiene todo el poder para que las cosas no se vayan por el drenaje que nos han marcado. Sí, usted tiene el control en sus manos y sus acciones. Cada voto puede hacer la diferencia. Por favor, levántese de la silla y vote a conciencia, vote por quien mejor lo represente, vote por sus hijos, por el futuro y por un país que finalmente podamos sacar del precipicio.
Recuerde, este es el único barco que tenemos y si nos hundimos, nos hundimos todos. Hoy es el día más importante de nuestras vidas.