Buena parte de los conflictos entre los estados se han derivado de diferencias de carácter territorial.
Con frecuencia en América Latina, muchos sostienen que sus países perdieron enormes extensiones de territorio por la sagacidad de los vecinos, la incompetencia de sus negociadores, el descuido de sus gobiernos o la parcialidad de jueces y tribunales internacionales.
Lo curioso es que todos afirman lo mismo respecto a sus “voraces” vecinos. En Venezuela, durante más de un siglo, se ha expresado que en manos de Colombia perdieron La Guajira; la zona norte del departamento de Norte de Santander; la ladera occidental de la Serranía de Perijá, incluyendo El Cerrejón y la ribera izquierda del río Orinoco. Decenas de mapas se han editado con sus “perdidas territoriales”.
En Colombia se dice lo mismo respecto a Venezuela, aduciendo que totalidad de la Guajira, nos pertenece; que, en el Arauca, la frontera debía ir al norte, por el río Sarare, y que el triángulo conformado por los ríos Negro y Orinoco y el brazo Casiquiare es de Colombia.
En Ecuador, desde 1916, ha habido indignación porque supuestamente por un tratado “se le entregaron a Colombia” no solamente los territorios al sur del río Caquetá, sino también parte de los departamentos de Nariño y Cauca, hasta donde llegaba la Audiencia de Quito. El representante del Ecuador en nuestro país, Muñoz Vernaza, que negoció el tratado, fue declarado como traidor a la patria.
En nuestro país se ha comentado que, en ese tratado, perdimos una enorme cantidad de territorio, ya que Colombia llegaba hasta el río Napo, afluente del Amazonas por la izquierda, que nace en el volcán Cotopaxi, a 45 kilómetros de Quito.
Con el Perú ni se diga. Se dice allá que los territorios que constituyen los departamentos colombianos de Amazonas y Putumayo, le pertenecían. Al presidente que concertó con Colombia el tratado que en 1922 protocolizó “la cesión”. A Augusto Leguía, no solamente se le consideró traidor a la patria, sino que por eso fue derrocado y enviado a la cárcel del Callao, donde murió de tuberculosis. No se permitió que sus restos se trasladaran a Lima.
En Colombia se dice que nuestro país “entregó” en el citado tratado los territorios comprendidos entre los ríos Putumayo y Amazonas.
En Panamá todavía se lamentan de que la frontera con Colombia no llegara hasta cerca de Bahía Solano, como le correspondía, y que el límite actual le fue impuesto por los Estados Unidos.
Lo mismo se dice en la totalidad de los estados del continente, en donde el tema de las pérdidas territoriales muchas veces ha sido tomado por ciertos personajes para mantenerse en el poder o para atacar a los contrincantes.
El tema siempre es atractivo y no requiere demasiada profundidad por los que lo usan. Todos los estados centroamericanos aducen que fueron despojados por sus vecinos. En América del Sur, basta con preguntar además de Colombia, Ecuador y Perú, en Chile, Bolivia Argentina, Uruguay, Paraguay, Surinam, Guyana y hasta en el gigantesco Brasil. En todos hay mapas a gusto del consumidor.
Los que sí resultaron gravemente afectados fueron los mexicanos, que en un tratado concertado en 1848 tuvieron que reconocer a los Estados Unidos los territorios de los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas, Colorado y Arizona.
Muchas fueron las causas de tan desastrosa situación. Sin embargo, la frase de un mandatario mexicano, Porfidio Díaz, resume todo: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.