En estas elecciones parece que los escándalos van de coalición en coalición, semana tras semana. Ahora el turno fue para la derecha. Aida Merlano, la exsenadora y exrepresentante a la Cámara, llegó como un tornado sobre la campaña de Álex Char, dejando también daños sobre la coalición de centro derecha en la que, además de Char, están Fico, Peñalosa y Aydée Lizarazo. El electorado costeño se quedó mudo ante de las denuncias, y la gente del interior del país, absorta. Char pasó del anonimato al desprestigio en el mundo del voto de opinión, porque su voto de maquinaria seguramente seguirá intacto.

Venía creciendo como espuma y veremos si cae como coco en las próximas encuestas. Reunía varios elementos que pocos candidatos tienen: buena imagen, gran volumen de votos de partido, recursos económicos asegurados para el proselitismo y buenos resultados para mostrar como funcionario público. Pero su imagen, muy bien cultivada, está en el ojo del huracán por cuenta de la estrategia de Merlano y su nuevo grupo de aliados políticos. Y al final del día, por cuenta de sus propias controversiales actuaciones.

Pensemos que los tres pilares de la imagen de Char son su gestión como alcalde de su natal Barranquilla, su cuna política y su look-and-feel de hombre jovial, descomplicado, cercano a la gente, hogareño y fresco en la política. Si lo simbolizamos, la gente asocia a Álex con el malecón del río, la “casa Char” y la gorra que nunca se quita, respectivamente. En eso, en suma, se había convertido el exalcalde: en símbolo político.

Su imagen, aunque buena, no fue nunca del todo impoluta. Sus contradictores siempre expresaron rechazo a las viejas y polémicas prácticas proselitistas del clan Char para amarrar votos, al mismo tiempo que cuestionaron el sistema de contratación de obras públicas de las administraciones que han controlado los miembros de la familia. También fue cuestionada la relación con Aida Merlano, que Álex había logrado escabullir con argumentos panditos.

Así fue aceptado por el Equipo por Colombia. Con rabo de paja. La clase política representada por esta coalición conocía los antecedentes controversiales de Álex Char, pero terminó valorando más el importante caudal de votos que el exalcalde podría traer a la fiesta. Pero la fiesta se aguó, afectando potencialmente más a la coalición que al propio Char. Las denuncias transfieren la duda de corrupción electoral a los demás candidatos, pero particularmente inhiben la moralidad política de la coalición.

Es correcto éticamente abstenerse de opinar sobre el episodio sentimental de Char con Aida por tratarse de su vida privada, pero nadie puede atajar los nubarrones morales que —por lo ocurrido en la esfera privada— terminan insertándose en el imaginario colectivo electoral. Nubarrones que difícilmente pueden separar lo privado de lo público, porque de la actuación política se exige integridad, aunque el derecho disciplinario aún no lo consagre. Y la integridad de Álex Char, aunque el proceso judicial no se haya surtido, quedó resquebrajada.

Por ello, resulta afectada la coalición. Porque se espera integridad de ella como un todo y no solamente de forma individual por precandidato. Y aunque ninguno es responsable por la vida privada del otro, sí existe una responsabilidad compartida en relación con los principios filosóficos políticos con los que fundaron la coalición. Y aunque no hay aún una decisión de fondo de las autoridades judiciales, el escándalo de Merlano socava la credibilidad del principio de buenas prácticas electorales de parte de Char, en particular, y de la coalición, en general. Ante ello resulta entonces insuficiente la posición de Peñalosa de esperar a las decisiones de las autoridades, que seguro llegarán tarde. Pierde así la coalición la oportunidad de refrendar sus principios ético-políticos rechazando la captación de votos mediante viejas prácticas proselitistas, condenando los matrimonios o negocios políticos con fines electorales y desterrando de la coalición a quienes se acercan o se quieran acercar a ella con las mañas que denunció Merlano, sean ciertas o no. Pero esta verticalidad frente al escándalo no la hemos visto en ninguno de los precandidatos que hacen equipo con Char en la coalición.

Lamentablemente la moralidad no es taquillera necesariamente en tiempos electorales. Por ello no es seguro que Char o la coalición resulten castigados por las encuestas. Las maquinarias que siempre lo han apoyado seguramente no reflexionarán. Por el contrario, sentirán la obligación “moral” de rodearlo y apoyarlo sin condiciones. Pero aquellos grupos políticos que no son propiamente maquinaria charista, pero que se aprestaban a respaldarlo —como es el caso de algunas facciones del uribismo—, dudarán. Y el votante de opinión, que está principalmente fuera de la Costa Caribe colombiana, podría dar por ciertos los cuestionamientos que venían haciendo carrera antes de que apareciera Merlano. Pero nada es coherente en política electoral, por lo cual la sanción de la ciudadanía no está garantizada.

Lo que resulta paradójico es que Álex Char, que rechazó a Óscar Iván Zuluaga porque polarizaría el debate electoral a nombre de la coalición de centroderecha, más pronto de lo esperado se convirtió en el factor que amenaza la estabilidad y la legitimidad de su propio equipo. No cabe duda de que perdió autoridad para incidir en las decisiones que tome la coalición antes y después de la consulta del 13 de marzo. El viento sopla para que Fico, o el mismo Óscar Iván, se queden con la posta.