Hace 10 años murió la última gran esperanza del país. En una tarima de la plaza de Soacha cayó abatido por las balas de la narcopolítica el líder político más promisorio de la historia reciente de país. Todos recordamos dónde estábamos y qué sentimos cuando a las 8 y 45 de la noche del fatídico viernes 18 de agosto oímos por radio una voz entrecortada que con- firmó las sospechas más trágicas: Luis Carlos Galán había muerto. Recuerdo que iba en carro por la carrera séptima con unos amigos de la universidad cuando a la altura de la Clínica Santafé la emisora interrumpió el cubrimiento para emitir el estremecedor flash informativo. Los minutos siguientes fueron de silencio, zozobra, rabia y angustia, similar a los que vivieron el resto de los colombianos al escuchar la conmovedora noticia. Era la primera vez que íbamos a depositar un voto para presidente y Galán era nuestro candidato. Pero pese a que en las universidades su ideario político y su carismática rebeldía despertaban gran simpatía, Galán no era el candidato de los jóvenes, ni de una generación, ni de una clase social. Ni siquiera de un color partidista, aun si formalmente era el candidato del liberalismo. Era ante todo la encarnación de un país que estaba hastiado de la politiquería, la corrupción y la concepción frentenacionalista y excluyente del poder. Por eso Galán se había convertido en un caballo de Troya dentro de las propias entrañas del liberalismo oficialista para arrebatarle el poder a un régimen político tan corrompido como decadente. Y según lo mostraban todas las encuestas, el símbolo de ese nuevo país que luchaba por la recuperación moral de la vida pública iba a ser el próximo presidente. Pero la ilusión duró poco. Hasta que el brazo más siniestro y gangsteril de ese régimen que Galán no se cansó de denunciar hasta último minuto decidió utilizar el gatillo de la mafia para eliminarlo. Su muerte desencadenó una sangrienta guerra entre el gobierno y el cartel de Medellín y exacerbó los ánimos de un país que no pretendía dejarse someter al régimen del terror que querían imponer los mafiosos mediante sus cobardes actos narcoterroristas. Cómo olvidar aquellas imágenes de llanto, ira y dolor, los miles de pañuelos blancos en la Plaza de Bolívar, el discurso de su hijo Juan Manuel en el Cementerio Central, la Marcha del Silencio, y el movimiento estudiantil por la Séptima Papeleta que le dio vida a la nueva Constitución. Era una conmovedora y emotiva reacción de un país al que le habían arrebatado su más querida esperanza de cambio.Pero en aguas más profundas las cosas tenían otro tamiz. Mientras en la superficie el gobierno enfrentaba las violentas embestidas de Pablo Escobar y la gente se tomaba las calles para protestar, en la oscura profundidad de nuestra doble moral los dineros del narcotráfico se filtraban por las innumerables fisuras éticas del establecimiento para comprar la conciencia de toda clase de políticos, empresarios y ciudadanos. Juan Lozano lo sintetizó muy bien en la más reciente edición de la revista Cambio: "Cabalgando sobre el ataúd de Galán la narcopolítica y el clientelismo conocieron sus días más prósperos". Y el pináculo de esta nefasta connivencia con el narcotráfico tiene un día y una hora: la posesión de Ernesto Samper como presidente de Colombia.Por eso una década después, cuando el país atraviesa una de sus peores crisis económicas, políticas y morales, la memoria de Galán está más viva que nunca. No tanto la de Galán el símbolo como la de Galán el hombre. La de un hombre que fue vertical en sus principios y los defendió con su vida; que tenía un compromiso indeclinable por sacar el país adelante aun en los peores momentos; y que consagró su vida a trabajar y pensar en el bienestar de los demás. Ojalá que la difícil situación que vive actualmente el país obligue a los colombianos a reflexionar por primera vez sobre su cuota de responsabilidad en esta crisis, que es, en últimas, el resultado de una profunda crisis ética y de valores de la sociedad que lleva ya varias décadas. Y que en ese proceso introspectivo el ejemplo de Galán ilumine a los colombianos.Como en todos los aniversarios de su magnicidio, y más ahora con la recesión, los colombianos nos seguimos haciendo la misma pregunta: cuál hubiera sido el rumbo del país con Luis Carlos Galán en la Presidencia. Aunque nunca lo sabremos, seguramente a Galán le hubiera pasado lo mismo que le ha sucedido a todas las grandes personalidades del país, de la más preparada a la más inteligente, una vez acceden al poder: el que no se vuelve un inútil se vuelve un pendejo. Pero hubiera sido el gobierno menos inútil y el presidente menos pendejo del último medio siglo.
EL EJEMPLO
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ALEJANDRO SANTOS RUBINO
13 de septiembre de 1999, 12:00 a. m.