Lo lógico al momento de escribir esta columna hubiera sido comentar el complejo escenario electoral que vive Colombia. Pero lo cierto es que, a estas alturas, está tan sobrediagnosticado que es difícil pensar en ideas que ya no estén completamente manidas en todos los espacios de opinión. Tampoco vale la pena andar por los caminos de las gestiones de Petro, quien para este momento ya se convirtió en un presidente predecible: cuando no está insultando a las Cortes es porque está insultando al Banco de la República, y cuando no está trinando futesas es porque está diseñando otra estrategia para dejar al país más arruinado.
Así que recordé algo que me pareció curioso: la discusión que sostuvieron dos de las mujeres más importantes de nuestra Hispanoamérica: la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. El tema no fue coyuntural —de ahí mi interés—, sino que se mantuvo en clave histórica acerca de la legitimidad de la llamada conquista de México comandada por Hernán Cortés.
Estimulado por la vigencia de un tema histórico, empecé a investigar al respecto para no quedarme ni con la versión idílica y romántica de la líder española ni con el populismo regional y empalagoso de la mexicana. Así, me topé con un hecho que me pareció en extremo paradójico: el descubrimiento de América por parte de los españoles no fue más que un burdo error de Cristóbal Colón.
Y aquí el lector podrá pensar que lo que estoy diciendo es un dato evidente, ya que desde el colegio se nos enseña que Colón tenía por objetivo llegar al continente asiático. Pero es que ese no fue el error. Para el siglo XV, hacía rato que la civilización occidental tenía por consenso la esfericidad de la Tierra. Y si las Columnas de Hércules eran el extremo más occidental de Europa, pues lo lógico es que la navegación por el océano Atlántico debía llevar necesariamente a las tierras de Cipango —lo que hoy conoceríamos como Japón—. Sin embargo, los cálculos del almirante Colón eran increíblemente erróneos, al punto de subestimar el tamaño de la Tierra en un cuarto, cuando Eratóstenes, más de 1500 años atrás, ya lo había estimado con sorprendente precisión a partir de las sombras de un palo en Alejandría y Siena.
Pero lo que es la testarudez. Colón fue a presentar su proyecto ante la Corona de Portugal, que, por su gran conocimiento en navegación —era la potencia del mundo en ese tema— lo rechazó. Entonces fue a donde los reyes católicos de España, quienes, contra los consejos de los expertos en la materia, aceptaron la descabellada empresa, que hasta hoy puede que sea la más exitosa en la historia de la humanidad. Colón zarpó de Palos de Moguer el 3 de agosto de 1492 y, el 12 de octubre del mismo año, lejos de encontrar las tierras del Gran Kan, se encontró con una nueva y enorme masa continental. Una porción de tierra con habitantes propios, grandes riquezas y que estaría llamada a partir la historia de la humanidad en dos.
No crean que esta de Colón es la única vez que un error sale bien. La historia de la humanidad está plagada de este tipo de acontecimientos casuales que terminan, de alguna manera, cambiando el mundo para siempre. Fleming y la penicilina, Charles Goodyear y la vulcanización del caucho, el laboratorio Pfizer y el viagra son unos pocos ejemplos de coincidencias afortunadas. Pero lo de Cristóbal Colón lo excede todo: un hombre que hizo todo mal —confundió sistemas métricos, interpretó erróneamente textos, entre otros gazapos— y le terminó saliendo todo bien. Un sujeto que, a base de combinar incompetencia con determinación, hizo el descubrimiento más importante de su tiempo.
El caso de Cristóbal Colón nos deja una reflexión: no siempre alcanza con hacer las cosas de la mejor manera posible. La vida está llena de contingencias y azares que son imposibles de predecir. Demasiadas variables como para confiar en que, por hacer las cosas bien, nos va a ir bien.
¿Significa esto que no importa cómo se hacen las cosas? Para nada. En la mayoría de las ocasiones, el que actúa de la mejor manera de acuerdo con la información disponible le va a ir bien y viceversa.
Al fin y al cabo, la suerte no dura para siempre. Cristóbal Colón es muy buen ejemplo: su cuarto viaje a América fue un desastre y sus relaciones con la Corona española terminaron menoscabadas por sus pobres habilidades administrativas, que lo llevaron a fracasar de manera estruendosa en la isla de La Española. Su terquedad era tan grande que nunca fue capaz ni de ver lo que sí vieron Vespucio y del Cosa: que había llegado a un nuevo continente. Murió en el ostracismo y aferrado a su error.