A casi una semana de su partida, Colombia continúa asimilando la ausencia de Germán Vargas Lleras, un hombre cuya gestión como ministro y vicepresidente dejó una huella de eficiencia imborrable. Quienes tuvimos el honor de trabajar a su lado fuimos testigos de una autoridad moral y una entrega absoluta al país; un patriotismo tan profundo que, en múltiples ocasiones, lo llevó a anteponer el servicio público y el bienestar de la Nación a su propia vida familiar.
Su éxito como ejecutor de resultados inigualables se cimentó en un liderazgo arrollador y en una habilidad única para conformar equipos técnicos de alto rendimiento. No obstante, el pilar fundamental de su trayectoria fue un carácter íntegro, definido por una transparencia innegociable y la firme convicción de que los recursos públicos son sagrados.
Esta ética civil inquebrantable fue el motor que impulsó sus logros más significativos en la historia reciente de la Nación.
Su paso por las carteras de Vivienda y Justicia, sumado a su labor en la Vicepresidencia, estableció un estándar institucional difícil de alcanzar. Hoy, el legado de Germán Vargas Lleras descansa en la memoria de un país que reconoce su capacidad transformadora y una vocación de servicio que no conoció límites. Su figura permanece como el referente de un funcionario que entregó su vida a la patria que tanto le dolía.
Germán fue un ‘general de cinco soles’ en la vida civil; un hombre que jamás guardó silencio ni temió denunciar los atropellos contra el Estado de derecho. Su columna de febrero, titulada ‘A cuchillo en el Palacio’, bien podría considerarse su testamento político. En ella, con una lucidez casi premonitoria, advirtió sobre los riesgos que hoy acechan a nuestra democracia, la misma por la que trabajó sin descanso desde que inició su carrera a los 18 años como concejal de Bojacá.
En aquel texto, denunció el uso descarado del aparato estatal con fines electorales y el despilfarro de recursos mediante contrataciones sin control con organizaciones sociales. Pero lo que más le dolía, como hombre de autoridad que era, fue el abandono de los territorios, retirando o limitando a las Fuerzas Militares para favorecer a grupos delincuenciales. No se equivocaba: la reciente apertura de puertas al Clan del Golfo por el Gobierno, incumpliendo incluso acuerdos con Estados Unidos, confirma su advertencia sobre el control territorial de los violentos en más de 300 municipios.
El legado de Germán Vargas Lleras es un llamado a la vigilancia. La paz total no puede ser la entrega del territorio a los criminales ni la financiación de estructuras políticas mediante la corrupción. Traicionar su memoria sería ignorar que hoy la democracia y la vida de miles de colombianos están en peligro.
En solo tres fines de semana, Colombia acudirá a las urnas para la primera vuelta presidencial. El escenario que hoy enfrentamos es exactamente el que Vargas Lleras advirtió en sus últimas columnas: una amenaza con nombre propio. Iván Cepeda no representa un cambio moderado, sino la radicalización del proyecto actual. Sus intervenciones, cuidadosamente leídas para no dejar margen de error, apuntan a un solo fin: una asamblea nacional constituyente.
Votar por Cepeda el próximo 31 de mayo es, como temía Vargas Lleras, votar por el fin de nuestra democracia. Es validar el poder territorial de las organizaciones delictivas bajo el amparo de la paz total y entregar la cuota inicial para una reforma constitucional que, al estilo de Hugo Chávez, busque la reelección y el poder absoluto. El legado de Germán es claro: la oposición debe abandonar el egocentrismo, las vanidades y los cálculos cortoplacistas. La patria exige una unión real para defender la Constitución del 91 y fortalecer las instituciones frente al caudillismo. Germán ya no está para liderar la batalla, pero su hoja de ruta permanece: recuperar el control territorial, acabar con el clientelismo y reconstruir una economía basada en el empleo real y no en subsidios eternos
Este 31 de mayo, cada colombiano llevará en sus manos el testamento político de Germán Vargas Lleras. No lo traicionemos. Votemos con patriotismo, con responsabilidad y con la firme certeza de que aún estamos a tiempo de salvar nuestra democracia.
Vuela alto, jefe y amigo. Hoy, la mayoría de los colombianos buscaremos que tu legado sea el camino para recuperar el rumbo del país. Toda mi solidaridad con su hija Clemencia, su nieto Agustín y toda la familia Vargas Lleras. Paz en su tumba.