Al entrar en el último mes de campaña, el panorama electoral colombiano se ve influenciado por diversos factores: desde los resultados de las encuestas y la presión en redes sociales, hasta compromisos laborales ligados a contratos de prestación de servicios en entes gubernamentales. Aunque los candidatos favoritos, Iván Cepeda por el oficialismo, y Paloma Valencia junto a Abelardo de la Espriella por la oposición, tienen medidos a sus votantes seguros, existe un grupo impredecible: el votante vergonzante.

Este fenómeno ha crecido debido a una campaña marcada por la “guerra sucia” y el ataque constante de las bodegas digitales. En un entorno tan polarizado, muchos ciudadanos prefieren ocultar su verdadera intención de voto para evitar conflictos o represalias. Captar este voto oculto será el verdadero desafío y el objetivo estratégico de las campañas en las próximas semanas.

El desenlace de estas elecciones podría estar en manos de quienes deciden su voto a última hora. Aunque históricamente este grupo ronda el 7 %, las actuales encuestas, hoy cuestionadas por haber perdido su rigor, sugieren que entre el 10 y el 20 % de los electores tomarán su decisión apenas en la semana final.

Un fenómeno crucial en este escenario es el comportamiento del voto joven. A diferencia de campañas anteriores, se observa una falta de participación activa en las agresivas “bodegas” de redes sociales. Este silencio no implica apatía, sino la existencia de un voto oculto y reservado.

Muchos jóvenes, ya sea por desencanto con la política o por el estigma social que genera su elección, prefieren no manifestarse públicamente. Incluso aquellos que inicialmente seguían al “candidato de moda” parecen estar reconsiderando su postura, refugiándose en un silencio que podría dar una gran sorpresa el día de los comicios.

A menos de 30 días de las elecciones de mayo, el panorama para los diez candidatos que se encuentran por debajo del 5 % es poco viable. Sus seguidores, caracterizados por un voto racional y analítico, se enfrentan hoy a un dilema pragmático: ¿vale la pena votar por un candidato que no llegará a la segunda vuelta? El temor de que su voto termine beneficiando indirectamente a la opción que menos desean está impulsando una migración silenciosa.

Este flujo de electores, que podría representar cerca del 10 % del censo (entre uno y dos millones de votos), es el botín que las campañas de Iván Cepeda, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella deben capturar. En una contienda tan ajustada, quien logre atraer a este votante racional mediante una estrategia contundente, no solo desafiará las cuestionadas encuestas, sino que cambiará por completo el espectro político del país.

Muchos se preguntan si el “voto vergonzante” termina convirtiéndose en un voto útil o estratégico, y la respuesta es un rotundo sí. Este fenómeno ocurre cuando el elector decide apostar por “el menos malo” que tenga una posibilidad real de alcanzar la Presidencia. Sin embargo, hay otro factor crucial: aunque el votante colombiano ha ganado independencia frente a las directrices de los partidos, en una elección tan reñida como la actual, las maquinarias vuelven a cobrar relevancia.

La estructura de la “cosa política”, el trabajo de concejales en los municipios y diputados en los departamentos, sigue siendo determinante. En un escenario de márgenes estrechos, cualquier porcentaje que las estructuras partidistas logren sumar a sus candidatos puede inclinar la balanza. Ese impulso final será el que otorgue la ventaja definitiva el próximo 31 de mayo.

No podemos ignorar un sector crucial de este “voto vergonzante”: aquellos que apostaron por el proyecto de Gustavo Petro y hoy se encuentran profundamente decepcionados. Este desencanto recaerá directamente sobre Iván Cepeda, quien no solo es visto como la continuidad del gobierno actual, sino como una figura aún más radical.

Como hemos advertido anteriormente, su cercanía con la denominada paz total y sus alianzas con grupos al margen de la ley son percibidas por muchos como una amenaza real a la democracia.

Hoy, quienes apoyaron en silencio este modelo buscan una salida. Su decisión se perfila hacia el voto útil para evitar que Cepeda logre un cupo en la segunda vuelta. Es un fenómeno similar al de 2018, cuando muchos votaron por Duque para frenar a Petro, o en 2022, cuando incluso tras una campaña errática, el apoyo se volcó hacia Rodolfo Hernández con el único fin de evitar la llegada del actual gobierno. La historia parece repetirse: el voto de resistencia será el mayor obstáculo del oficialismo.

En este último mes, no serán los discursos emocionados ni las banderas ideológicas los que definan quiénes pasarán a la segunda vuelta el 31 de mayo. El verdadero árbitro de esta contienda será el voto vergonzante: ese que se mueve en las sombras, en silencio, y que traiciona en privado lo que defiende en público.

Estamos ante un electorado que ha preferido el pragmatismo descarado sobre cualquier romanticismo inútil. Es un voto desprovisto de dignidad, pero cargado de cálculo, el que decidirá el futuro de la República.

Colombia no definirá su presidencia por convicciones, sino por conveniencia. Al final de la jornada electoral, cuando se cuenten los votos después de las cuatro de la tarde, pocos admitirán su autoría, pero el resultado revelará el peso de ese oportunismo.

En la política actual, parece que no gana quien tiene la razón, sino quien logra reunir a la mayor cantidad de oportunistas en el momento preciso.