Muy cerca estuvimos de meter al profesor Sergio Fajardo en la segunda vuelta, cosa que con toda seguridad nos hubiera ahorrado a los colombianos el tercer mandato de Uribe que empezará el próximo 7 de agosto. Sin embargo, existe una diferencia de fondo entre lo que nos pasó aquel tristemente célebre 2 de octubre en el que le dijimos No a la Paz, y lo que nos pasó en las elecciones que acabamos de celebrar. El día del plebiscito, la inmensa mayoría de los colombianos no se tomaron la molestia de salir a votar. Fue por eso que durante los días siguientes vimos a los jóvenes arrepentidos saliendo a marchar, llenando las plazas y acampando en frente del Palacio de Nariño para exigir que los acuerdos no se tiraran a la caneca. La cosa hoy es distinta. Hoy nadie marcha, nadie protesta, nadie se lamenta o se recrimina. Por una sencilla razón: esta vez a nadie le dio pereza.La abstención registrada en esta primera vuelta presidencial fue la más baja que se haya visto en estas tierras. Es decir, aquí nadie tiene por qué arrepentirse. Ya la voz de pueblo habló con tono fuerte y lo que se venga en estos cuatro años, bueno o malo, sin duda nos lo mereceremos.Tuvimos la oportunidad de votar no solo por un candidato sino por un equipo. Por un lado estaba Fajardo, un profesor sin una sola mancha ni en su persona ni en su entorno, y su cuadrilla de lujo. Su segunda a bordo era Claudia López, una mujer extraordinaria, honesta, intachable y valiente, que hubiera sido capaz de hacerle frente a los corruptos, ¡y de qué manera! Fajardo tenía con él a personas tan valiosas como Antanas Mockus, Jorge Robledo, Antonio Navarro o Angélica Lozano. Pero no solo su equipo era formidable. El candidato de la Coalición Colombia también recibió públicamente el apoyo de las voces más notorias del mundo de la academia, de la ciencia, del periodismo y del arte. Los exrectores de la Universidad Nacional, Moisés Wasserman e Ignacio Mantilla, los exministros Guillermo Perry y Manuel Rodríguez, una horda de los más respetados columnistas, periodistas y opinadores, y científicos de la talla del gran Rodolfo Llinás y su pupilo Hernán Moreno, por nombrar solo algunos, manifestaron abiertamente sus argumentos y su intención de votar por Fajardo. En la otra orilla del espectro estaba el candidato, y próximo presidente, Iván Duque, el que dijo Uribe. Al contrario de lo que pasaba con Fajardo, el equipo, el entorno y los adeptos a esta campaña dejan mucho qué desear. Empezando por el “presidente eterno” y jefe del Centro Democrático, quien ya ronda las 300 investigaciones en su contra, pasando por el jefe de debate, Luis Alfredo Ramos, quien posiblemente será condenado por promover grupos paramilitares, hasta Alejandro Ordóñez, quien fuera destituido de la Procuraduría por haber comprado con puestos su reelección (práctica muy común en el uribismo). Más allá de quienes conforman esta campaña de la renovación política y el gran cambio generacional (Uribe, Ordóñez, Pastrana, Marta Lucía, Ramos, Viviane Morales, César Gaviria, etc..) Duque tuvo el apoyo de notorios personajes de la vida nacional: El hijo de Kiko Gómez, la hija de Vicente Blel, el sobrino de William Montes, Odín Sanchez, y el Choco Hernández, por nombrar solo algunos de los miembros de las familias machadas por la parapolítica. ¡Ah bueno, y cómo olvidar a Popeye, uno de sus más fervientes promotores en las redes sociales!Ahora que Duque recibirá el apoyo de prácticamente todos los partidos, la lista de adeptos cuestionados crecerá todos los días. Allá veremos a la Gata, a los Ñoños, a los Besaile, a los Aguilar, y me cansé ya de nombrar bandidos. Ustedes me entienden por dónde va la cosa. Lo cierto es que los colombianos fuimos el domingo a las urnas a tomar una decisión. Podíamos escoger entre el candidato de Rodolfo Llinás y el candidato de Popeye. Nos fuimos por el segundo. Y de nada vale lamentarse. Ya la suerte está echada y nuestro momento de decidir ya pasó. Habrá quienes digan que falta la segunda vuelta. Pero no es más que un trámite formal. El próximo presidente de Colombia se llama Iván Duque Márquez. Así las cosas, ya pasado el momento del pueblo para tomar decisiones, quien debe ahora decidir cuál será su lugar en la historia es el presidente Duque (para que se vayan acostumbrando). Al momento de posesionarse, Duque tendrá solo dos opciones; no son tres, son dos. O es un títere o es un traidor. Acá no hay espacio para las aguas tibias. La gran lucha de Duque en su gobierno no será contra los medios, ni contra el Congreso que lo tendrá todo. Su batalla principal será contra los cientos de horas de video que existen de él en la campaña prometiendo cosas que sabe que no puede cumplir. Pues si este joven decide hacer valer sus promesas y hacerle caso en todo a Uribe, este país se va pal´ carajo. En el instante en el que Duque se siente en la silla de Bolívar, se dará cuenta de la inmensa diferencia que existe entre ser candidato y ser presidente. Una cosa nada tiene que ver con la otra. Un candidato puede decir hasta misa y nada pasa, pues no es más que eso: un aspirante. Cuando se es el jefe del Estado la cosa es bien distinta. Cada palabra, cada acción, cada omisión, cada grito y cada silencio tendrán ahora repercusiones profundas. En campaña, Duque puede decir que se le va a enfrentar a Maduro hasta que en Venezuela haya una democracia. Vamos a ver qué piensa cuando una palabra suya provoque una crisis humanitaria en la frontera y una movilización de las tropas del vecino dictador. En campaña, Duque puede decir que acabará con la JEP y la elegibilidad política de los exguerrilleros. Vamos a ver qué piensa cuando vea que por su culpa volveremos a una violencia sin sentido. En campaña, Duque puede decir que acabará con las cortes, que acabará con los derechos de la comunidad LGBTI, o que va a bajar los impuestos, pero que el Estado va a ser más rico por arte de magia. Ya veremos cómo le va con todo eso. El que la hace la paga dice Duque en campaña. Vamos a ver si es capaz de poner a pagar a toda esa recua de bandidos que lo apoyan y lo llevarán a la presidencia, que la hicieron y la siguen haciendo. Usted, presidente Duque, a pesar de sus compañías, parece ser un tipo decente, inteligente y hasta querido. Lo invito a que piense en el país que va a gobernar y no en quedar bien con su jefe. Así será un traidor con un lugar privilegiado en la historia y no un títere obediente que nos metió en un mierdero del que difícilmente podríamos salir.Adenda: La razón por la que Fajardo no está hoy en segunda vuelta tiene nombre y apellido: César Gaviria. ¿El motivo?, conseguir un puesto en el gobierno de Duque para su hijo. Siempre nos salió caro a los colombianos el trabajito de Simón… En Twitter: @Federicogomezla