Es la historia de tres mujeres: Judit, Regina y Teresa. Judit es una muchacha de 20 años, de extracción obrera, hastiada de trabajos temporales y de vivir en un suburbio. Su sueño es llegar a ser escritora y vivir algún día en la Barcelona cosmopolita –la verdadera, la única-. Como Regina Dalmau, una autora de éxito a la cual idolatra. Idolatra es poco: Judit se identifica tanto con Regina que la ha convertido en la pasión de su vida. Conoce todos sus libros, tiene sus fotos, sus entrevistas, sabe dónde vive, qué viste, cómo es su casa.Desde luego, sus deseos se cumplen: en una conferencia Regina distingue entre su audiencia a una joven –Judit- y la invita a su casa. No es gratuito: su escritura está bloqueada –hace dos años no publica nada nuevo- y su editora le ha recomendado como una salida a su crisis creativa acercarse a la gente joven para renovar sus temas. Y los deseos de Judit se cumplen más allá de lo que se imaginó: Regina Dalmau le propone irse a vivir con ella y ser su secretaria privada.En este punto hay que recordarle al lector que, pese a la evidencia de lo descrito, no se trata de una novela rosa, que la obra de Maruja Torres, flamante Premio Planeta 2000, intenta, de todo corazón, ser una novela seria. Porque también existe el personaje de Teresa, una escritora de cuentos infantiles, ya fallecida, que inicia a Regina en la literatura y que va a ser su mala conciencia a través de unas cartas que le deja. Teresa esperaba de Regina mucho más de lo que ahora es su vida: el estereotipo de una escritora que se mueve al ritmo de las modas que imponen las editoriales, feminismo incluido. El legado de Teresa, que introduce el tema de una vida ética, del oficio asumido de una manera honesta y autentica, hará que Regina replantee su vida y su relación con Judit. En principio no puede haber ninguna objeción a que una obra busque entretener o pretenda algo más de fondo. Depende del talante de cada escritor. Pero cuando, como ocurre aquí, una mujer de 50 años descubre que su vida ha sido una equivocación total y no nos reímos, ni quedamos tristes, sólo indiferentes, algo ha fallado. Ese es quizás el principal defecto de esta obra: en la mezcla de registros pierde el rumbo. No es del todo divertida y lo serio e interesante que tiene –porque sin duda lo tiene- se diluye. Y no se diga que no es posible que una obra pueda ser entretenida y a la vez esté buscando la verdad. Hay muchos casos que lo confirman. Para citar sólo uno: Adolfo Bioy Casares. Hubiera sido un buen maestro para Maruja Torres.Texto de la entrevista realizada por SEMANA a Maruja Torres.SEMANA: Al leer su novela no se sabe si es una novela seria o una novela de entretenimiento. ¿Es deliberado?Maruja Torres: No sé. Yo la escribí lo mejor que pude, pero no sé. Escribí lo que me pedía el cuerpo, en este caso que las apariencias fueran falsas: que Judit no esa niña obsesiva e ingenua que aparece al principio y Regina no ese personaje instalado en la fama que se ha roto por dentro... yo todavía estoy empezando en literatura, el calado me da mucho miedo, por otra parte yo escribo para entretener al lector con inteligencia, sé que un Faulkner es bueno, que Kafka es genial y si me pongo a pensar en esto no escribo una línea. Pero, ¿qué quiero? Hacer novelas dignas y entretenidas, que la gente que las lea se sienta acompañada e identificada o que les aclare algunas ideas. ¿Qué pienso cuando escribo una novela? Armar la trama de forma que el lector no se aburra. Estoy harta del exceso de profundidad gratuita y de lírica desparramada y que la trama no avance.SEMANA: Su novela critica el feminismo pero parece reivindicar otro feminismo. ¿En qué consiste?M.T.: Yo planteo un feminismo individual. Es el ser y la nada. Olvídate de que soy mujer. La pregunta es ¿a qué he venido a este mundo? Las mujeres se tienen que salvar solas.SEMANA: ¿Por eso sus mujeres están solas?M.T.: Esto es deliberado. Yo no quería que Regina fuera infeliz por un amor. No: es infeliz porque cometió una traición. Judit se folla al de la inmobiliaria -que no le gusta- sólo porque está aburrida, y a Alex porque le gusta, pero sin pasión. El amor no las marca en ese momento de sus vidas. Las mujeres de fin de siglo queremos a los hombres en su digno lugar, como ellos nos deben tener a nosotras. Nos enamoramos, nos emparejamos, pero eso no me libra de mi responsabilidad ante mí misma. El hombre es una compañía para la mujer, pero no un fin.SEMANA: Conociéndola, se advierte que es usted es una persona con un gran sentido del humor, ¿tiene obras de humor?M.T.: Hice dos libros de humor que eran muy divertidos, sobre todo el primero ‘¡Oh es él!‘, que era sobre Julio Iglesias. Es la historia de una tonta de la prensa del corazón que lo sigue durante su primera gira por Estados Unidos para darle una fórmula que lo ayudará a que le crezca el pelo para que pueda competir con ‘El Puma’. Y va con tres astrólogos gay que la acompañan y que son geniales y se enamora de una chica que es un chico que tiene tetas y polla y ella dice: he ahí la perfección, mi mejor amigo y mi mejor amante.SEMANA: También ha publicado libros de viajes...M.T.: Sí, es ‘Amor América’, sobre un viaje que hice en tren desde Puerto Montt hasta Nuevo Laredo. No es una crónica, es un libro estructurado por esa columna vertebral del tren que va subiendo, es mi relación con América...SEMANA: ¿Estuvo en Colombia?M.T.: Sí, pero aquí no había tren: el expreso del Sol ya no funcionaba. Entonces fui a Aracataca y es el pueblo más abandonado del mundo y el museo de García Márquez es espeluznante y él por lo visto ni se ha preocupado; la gente lo detesta. Fue una visión dantesca. Tienen un busto de él que más que un busto parece una venganza.SEMANA: Llama la atención en su novela la existencia de dos Barcelonas...M.T.: Las dos Barcelonas que hay son: esa que está saliendo ahora, racista y asquerosa de Marta Ferrusol y otros que hay, y la del inmigrante que llegó y construyó la ciudad, pero no de ahora, de 1890. Yo pertenezco a esa, y Terenci Moix, Juan Marsé y Eduardo Mendoza. Es lo más interesante, no sólo literaria sino vitalmente. Los otros son esa raza muerta del Gatopardo, esa aristocracia decadente, católica, que ahora no soportan a los nuevos inmigrantes suramericanos y africanos. No los soportan porque ven que se pierden como mundo y como lengua. Pero ¡ah queridos! la cultura catalana no la defendísteis sólo defendísteis la lengua; la cultura catalana está formada por el mestizaje. Maruja TorresMientras vivimosPlaneta, 2000264 páginas