Hace cerca de 20 años decidí torcer mi destino y dedicarme al periodismo. Cuando apenas iniciaba mi vida como abogada y los grandes sueños se enmarcaban en ser magistrada de una alta corte o socia de una firma, por accidente me crucé con este oficio de indagar, dudar, preguntar y narrar. Y ya nunca más quise vivir sin él.

Por eso me angustia tanto ver la crisis en la que se encuentra hoy el periodismo. Es como si desde todas las esquinas se señalara hoy a esta profesión de todo: de comprada, de obedecer al poder, de tener agendas ocultas, de manipular la información, de alentar odios y de un infinito etcétera, que hace que cada día las agresiones contra los periodistas crezcan y que se haya mermado la confianza en un oficio fundamental para las democracias. ¿En qué nos hemos equivocado para que este trabajo tan hermoso y necesario haya pasado de ser respetado a odiado?

Lo primero que creo es que la proliferación de las redes sociales y la libertad de publicación de contenidos ha hecho que se desdibuje lo que es hacer periodismo. De manera confusa se ha alentado la creencia de que es periodista aquel que publica contenidos. Y ya. ¡Nada más mentiroso! No es periodista un columnista, por ejemplo, por el simple hecho de publicar su opinión, ni tampoco lo es quien tenga un portal web. Esta creencia de que publicar contenidos es hacer periodismo ha generado una gran confusión, pues muchos creen que un portal de difusión de afinidades políticas es un medio de comunicación, y que un columnista de opinión es un periodista, y nada de esto es así.

En Colombia una de las graves secuelas que dejaron los diálogos de paz con las Farc fue la polarización del país, pues se dividió entre quienes apoyaron la firma del tratado de paz y quienes consideraron que fue un aval de impunidad. Esta polarización fue encarnada en las figuras de los expresidentes Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe Vélez, como nombres representativos de los dos extremos. Esta polarización poco a poco fue desplazándose también al periodismo, tanto de reporteros que empezaron a defender la gestión de alguno de los exmandatarios como de los mismos lectores que empezaron a exigirles a los reporteros alinearse en alguno de los dos extremos y reportear según la orilla.

Con la decisión de algunos medios de acentuar su línea editorial, se incrementó el odio contra algunos periodistas, pues empezó a señalarse a un periodista de “bueno” o “malo”, dependiendo de si publicaba en un medio o en otro que se identificara en el imaginario de las audiencias como de “derecha” o de “izquierda”.

Desafortunadamente, el mismo periodismo empezó a fraccionarse también y entrar en el juego de la polarización, y muchos de los contenidos, a construirse con el objetivo de ratificar posiciones política y no de buscar la verdad. Lo más peligroso de este camino es que junto a él se ha construido una especie de halo de superioridad moral que ahora pretenden algunos, señalando a periodistas de ser buenos o malos según la orilla en que se encuentren, y enfilando todas sus baterías ya no en narrar buenas historias o denunciar los abusos, o servir al ciudadano, sino en demostrar por qué son mejores los unos que los otros o en quién tiene la razón.¡Qué tristeza ver hoy a grandes periodistas del país tratando de devorarse unos a otros como si fueran caníbales!

Creo que nunca como antes había sido tan necesario hacer un alto en el camino y pensar para qué este oficio, pero, sobre todo, qué es verdaderamente el buen periodismo.

Ningún buen periodista es activista político. No puede serlo. En el momento en el que asume una causa política como propia, deja de ser periodista y se convierte en eso, en activista. Y no puede serlo, porque la esencia del buen periodismo es indagarlo todo, contrastarlo todo, dudarlo todo, y saber de antemano que no hay verdades absolutas. Por eso hay que mostrar todas las versiones sobre un mismo hecho para tratar de aproximarse a una reconstrucción de los hechos y que sea el lector quien concluya.

Hay una frase, cuya autoría está en discusión, que históricamente se ha constituido en una especie de máxima para quienes eligieron este camino: “If your mother says she loves you, check on it!” (Si tu mamá dice que te ama, ¡confírmalo!). Unos atribuyen este principio del trabajo del reportero a Arnold A. Donrnfeld, mítico editor nocturno de City News Bureau of Chicago, y otros a Edward H. Eulenberg, reportero del Chicago Daily News. Más allá de su autoría, lo cierto es que esta frase encierra la que debe ser la misión del reportero: consultar todas las fuentes posibles, no solo las que confirman sus creencias, contextualizar, dudar de quienes tienen un interés directo, pero, sobre todo, entender que el periodista en sí no es más que un vehículo para hacer salir a la luz los hechos ocultos, pero jamás es él la noticia, ni el centro del debate, ni el protagonista. Es solo un medio, que cuanto más imperceptible sea, aún mejor.

¿Es eso lo qué estamos haciendo? ¿Es el ego el que nos lleva a publicar? ¿Estoy defendiendo una causa política? ¿O quiero mostrar que soy mejor que otro con mi publicación? Cualquiera que sea una respuesta distinta de narrar a una sociedad hechos desconocidos con el único fin de que conozcan una verdad es indicativo de que me puedo estar moviendo por egos y las vanidades, y eso, mis queridos colegas, no es periodismo.

Hoy quiero hacer un llamado a volver a la esencia. A recordar por qué escogimos este oficio. A dejar de lado las “superioridades morales” y los señalamientos recíprocos. A volver al trabajo bien hecho.

Nunca como antes, nuestro país había necesitado un periodismo profundo, libre de agendas ocultas, de manipulación de informaciones y de intereses personales.

El llamado es a ser humildes y volver a empezar.