Como Panamá fue una provincia colombiana hasta 1903, nuestro país colindaba con Costa Rica y era indispensable establecer los límites, como con los demás estados vecinos.

Después de múltiples fallidos intentos de negociación, los dos gobiernos decidieron someter la controversia a un arbitraje.

Colombia era consciente de su precaria situación jurídica con respecto a su soberanía sobre la Costa Mosquitia. En realidad, buscaba un límite favorable para el arranque de la frontera en el Caribe, para preservar las áreas cedidas para la construcción del ferrocarril de Panamá, inaugurado en 1855, y posteriormente para las cedidas a la compañía francesa que emprendió en 1880 la apertura del canal interoceánico, que se denominaría el “Canal Francés”.

En 1880, Colombia y Costa Rica, ante la falta de acuerdo, decidieron acudir a un arbitraje. Se designó como árbitro al rey de Bélgica y, en caso de que este no aceptara, al de España.

La escogencia de un árbitro europeo enardeció a los Estados Unidos, quienes vieron en ello una posible amenaza a las prerrogativas que Colombia le había otorgado para la comunicación interoceánica.

Antes de que cualquiera de los dos eventuales árbitros decidiera su aceptación, los Estados Unidos les expresaron enérgicamente tanto a Colombia como a Costa Rica “su extrañeza por no haber sido informados del acuerdo”. Mientras tanto, a Bélgica y a España les exige de forma severa que, si van a ser árbitros, deberán tener en cuenta sus derechos.

El gobierno belga contestó timoratamente que había rechazado el ofrecimiento, mientras que España, no obstante las amenazas norteamericanas, asumió el arbitraje en 1886. Sin embargo, en octubre de 1891, Colombia sorpresivamente le informó al gobierno de España su intención de relevarlo como árbitro y designar al presidente de Francia, pretextando la demora en la expedición del fallo. Semejante cosa no se había visto.

España se indignó. Se supo años después que fue el habilidoso funcionario colombiano que estaba encargado del caso ante el gobierno francés, don Julio Betancourt, quien había hecho la maroma del cambio de árbitro, acosando al ministro de relaciones exteriores de Francia con cartas confidenciales escritas con pluma de ganso y caligrafía de estilo, enviadas con mensajeros a caballo.

En las inusuales comunicaciones, le decía cosas como que la decisión del cambio de árbitro y la escogencia de Francia se había debido a que Colombia había librado una cruenta lucha en la independencia contra España en la que habían muerto muchos españoles. Mientras que la independencia de Costa Rica había sido pacífica y sin traumatismos y que por ello, seguramente, España en el fallo se hubiera vengado de Colombia.

Como los Estados Unidos estaban atentos al caso por su interés en el canal, Betancourt le dijo al francés en otra carta que, al darle la razón a nuestro país, “Francia no dejaría que Colombia cayera en las garras del águila norteamericana”.

En realidad, la Compañía Francesa a la que nuestro país encomendó la apertura del canal había recibido de Colombia muchas áreas para la construcción, algunas de las cuales se encontraban en la zona litigiosa con Costa Rica.

El fallo expedido en 1900 fue favorable a Colombia en el Atlántico y en el Pacífico, incluso le reconoció territorios que no estaban en disputa. Costa Rica lo rechazó, Panamá lo heredó y luego de varias guerras llegaron a un acuerdo cuarenta años después

¿Qué tal que don Julio Betancourt hubiera tenido WhatsApp?

*Decano de la Facultad de Estudios internacionales, políticos y urbanos de la Universidad del Rosario