Colombia se ha preciado de ser una democracia. Con todas sus fallas y problemas, pero, al fin y al cabo, una democracia.

Varios de nuestros vecinos no han tenido igual suerte. ¿Por qué tantos de sus ciudadanos han salido angustiosamente de sus países, para a acogerse a una democracia con fallas como la nuestra?

Resulta por tanto degradante, que se amenace con generar un caos nacional, si un candidato no resultare elegido. ¿Por qué se echa mano a tácticas turbias para tratar de favorecerlo? ¿No caen en cuenta que, en estas condiciones, incluso su eventual victoria electoral, quedaría a la larga empañada ante el mundo? Adjudicándonos otro motivo de sindicación universal, como si las que tenemos, no fueran suficientes.

Generando además una pugnacidad interna, que no permitiría que sus proyectos, buenos o malos los pueda llevar a cabo. Lo que no sería justo con la gran mayoría de los que votaran por él.

Esta dilatada y pugnaz campaña presidencial ha incrementado el stress y la angustia que viven los colombianos cotidianamente, corregida y aumentada por la pandemia y por los estragos del invierno.

Naturalmente porque temen salir a caminar o montar en bicicleta, utilizar el transporte público o circular por las carreteras, por el riesgo de ser asaltados si están de buenas, o asesinados y luego robados, por pandillas de las que muchas veces hace parte una persona de “nacionalidad extranjera” como dicen algunos sibilinamente, como si esa nacionalidad existiera.

Para agregar al desconcierto, en algunas partes del país, los cadáveres de jefes de las bandas de delincuentes son robados por sus seguidores para volverlos iconos regionales. Como si fueran los restos de Evita Perón. Vamos a ver a cuantas series de TV van a dar lugar, porque son muy populares.

Los mismos personajes que por décadas han ocupado las posiciones políticas, ahora se acomodan y dicen que tienen la llave del cambio. Eso ha generado en esta campaña, un enorme desdén hacia la clase política.

Lo que, no es además un fenómeno simplemente nacional y en muchas partes se quieren librar de eso, ya que curas, empresarios y hasta un comediante, han sido elegidos últimamente como presidentes. En Egipto, el astro del equipo Arsenal, Mohamed Salah obtuvo un millón de votos y quedó segundo en las elecciones presidenciales en Egipto, sin ser candidato.

De todas maneras, Colombia sigue siendo un país presidencialista. Es más, para algunos de tendencia monárquica. Se han esbozado durante la campaña proyectos y acciones, que parecerían indicar que estamos en la época en Luis XIV, que dijo “el estado soy yo”. Sin esperar al menos a que en Colombia, se establezca la monarquía.

Todo parece indicar que, no obstante las pifias del registrador, las elecciones van a ser claras y limpias. Sin las amenazas ni la demagogia incendiaria, tendríamos la gran oportunidad para demostrar que al menos en eso, no seguimos el ejemplo de nuestro gran fiscal, los Estados Unidos, que durante las pasadas elecciones presidenciales abochornaron al mundo. Y en las que el candidato perdedor no tuvo inconveniente en acudir a una potencia extrajera para tratar de desprestigiar a su rival.