Los primeros gobernantes de la república fueron militares, lo que explica su concepción de los partidos políticos, las muchas guerras civiles y los enfrentamientos armados que persisten hasta el presente.

La república nació de la guerra de independencia y las diferencias se resolvieron de esa manera: la guerra entre centralistas y federalistas (1812-1815), la guerra de los supremos (1839-1841), las guerras civiles de 1851 y de 1854, la guerra magna (1860-1862), la guerra de las escuelas (1876-1877), las guerras civiles de 1884 y de 1895, y la guerra de los mil días (1899-1902). El siglo XX, trajo la violencia conservadora-liberal que concluyó con el Frente Nacional en 1958, luego vinieron las guerrillas socialistas con sus consecuentes amnistías e indultos y acuerdos de paz.

El gobierno Barco utilizó un estrategia mixta de “mano tendida y pulso firme”, que permitió la desmovilización de la guerrilla del M-19. La Asamblea Constituyente de 1991 fue la posibilidad para los exguerrilleros de ese grupo de participar con gran incidencia en la expedición de la Constitución y la política posterior.

El gobierno Samper adelantó diálogos infructuosos con la guerrilla del ELN. El gobierno Pastrana concedió una zona de distensión a las Farc que fue utilizada para el delito y causó el fracaso de las negociaciones.

Los electores sitiados en las ciudades y cansados por las “pescas milagrosas” de esa guerrilla eligieron al gobierno Uribe para que restableciera el orden mediante el uso de la fuerza legítima, lo que requirió establecer excepcionalmente la reelección presidencial. No logrado plenamente el objetivo, su sucesor, el gobierno Santos acudió a la estrategia de las negociaciones con las Farc, sin alcanzar acuerdo, por lo cual recurrió a la criticada reelección para lograr durante el segundo periodo un discutible y generoso acuerdo no refrendado por la ciudadanía.

El actual gobierno Duque, a pesar de ser crítico del acuerdo anterior, de conformidad con su criterio, decidió implementarlo, sin satisfacer a los destinatarios como tampoco a sus detractores. Seguimos divididos y confrontados. Guerrillas subsistentes y disidentes siguen su lucha armada, protegidas por gobiernos enemigos, y ahora se libran guerras políticas, jurídicas, de opinión y hasta económicas.

Nuestra política está plagada de violencias y luchas veladas, descalificaciones y odios personales, eufemismos y mentiras, en fin, de una concepción militar al estilo de Carl von Clausewitz, quien consideraba la guerra como una extensión de la política por otros medios y no descartaba el aniquilamiento moral del oponente.

Nos matamos por la forma de Estado, por el modelo económico, por las relaciones con la Iglesia, por las ideologías foráneas, por la distribución de la riqueza. Hacemos la paz, con calificativos rimbombantes, “estable y duradera”, pero aniquilamos moralmente a los contradictores, sostenemos verdades a medias cuando no mentiras, utilizamos eufemismos políticos como Colombia Humana dirigida por un exguerrillero, Centro Democrático que es derecha, Polo Democrático que es izquierda, Partido Verde que no es ambientalista, Cambio Radical que es más de lo mismo, Comunes que son excepcionales, Nuevo Liberalismo que ya no es nuevo.

Necesitamos de una política que llame las cosas por su nombre, que sea clara, nítida, precisa, definida y contundente. Una política que convoque y no divida, que ofrezca propósito común no imposiciones de bando, que genere soluciones no problemas.

No podemos condenar a las siguientes generaciones a repetir esta historia de guerras y confrontaciones, con paces formales y efímeras. Se requiere establecer un diálogo racional entre los distintos sectores, que encuentre soluciones creativas y respeto por los interlocutores.