La presidenta de México ha logrado proteger a su país de la ira santa de Trump. Eso es saber gobernar. Lula da Silva, en su primer gobierno, elevó a 20 millones de conciudadanos de la miseria a la clase media. Eso es saber gobernar. En Uruguay, Pepe Mujica sembró hace 20 años la semilla de la autonomía energética. Su país importaba energía eléctrica de Brasil y Argentina y tenía solo una hidroeléctrica, pero hoy produce toda la energía a partir del viento. Eso es saber gobernar. Mujica fue guerrillero tupamaro, Lula fue líder sindicalista apresado por la dictadura militar. Terminó su primer gobierno con popularidad del 83 por ciento. López Obrador dejó el gobierno de México hace dos años con popularidad del 70 por ciento. Los izquierdistas Claudia Sheinbaum, AMLO y Lula da Silva siguen o siguieron explotando petróleo. Solo Petro frenó a la petrolera estatal prohibiendo los nuevos contratos de exploración. El problema no son los gobiernos de izquierda, sino los dirigentes de izquierda incapaces e impopulares.
Según la última encuesta AtlasIntel, Petro solo tiene una popularidad del 38 por ciento (la que tiene Cepeda), mientras el 58 por ciento del país está en su contra, la suma de los porcentajes que obtienen Abelardo, Paloma, Sergio Fajardo y Claudia López. Esas son las cifras: 38 por ciento a favor del primer presidente de izquierda, en comparación con 70 por ciento que tuvieron AMLO y 83 por ciento Lula al terminar sus gobiernos. Petro no fue capaz de concluir su mandato con una aprobación en las encuestas ni siquiera del 50 por ciento. Por eso ni Petro ni Iván Cepeda aparecen al lado de los grandes dirigentes de izquierda de América Latina. Petro y Cepeda son figuras menores dentro de la parroquia colombiana.
El presidente está solo. No tiene el respaldo de una sola figura nacional, aparte de sus aliados y de sus áulicos. No hay un solo colombiano importante en la política, en la economía, en la cultura, en las artes, en los deportes, en los gremios que defienda al presidente Petro o que lo haya defendido en estos años. No vimos en cuatro años una sola vez a Antonio Navarro Wolff en la Casa de Nariño, ni para tomarse una fotografía, siendo él el único exguerrillero del M-19 que goza de popularidad. Fue uno de los tres presidentes de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, con Álvaro Gómez Hurtado y Horacio Serpa. Navarro Wolff merecía ser nombrado embajador, si está viejo para ser ministro. Pero este Gobierno lo excluyó porque él no tiene la larga militancia de izquierda de Laura Sarabia, Angie Rodríguez y Juliana Guerrero.
Gustavo Petro hizo un gobierno unipersonal, caprichoso, solipsista, sin rumbo ni norte, y aun sin primera dama. Petro llegó a su máximo nivel de competencia como parlamentario de oposición. De ahí pasó a las chambonadas y a la charlatanería como alcalde y presidente. Y Cepeda solo es parlamentario de oposición, no sabe hacer nada más. El problema no es la izquierda. Colombia sencillamente no tiene ni ha tenido grandes figuras de esa tendencia capaces de aglutinar a la mayoría de la población y de producir resultados exitosos a lo largo de un periodo de gobierno.
Ahora vemos a Cepeda señalar que el primer punto de su programa de gobierno es el diálogo nacional. Diálogo es hablar y lo que el pueblo pide no son discursos, sino resultados. Petro parece el jefe de campaña del Tigre al insistir en levantar las órdenes de captura de 29 miembros del Clan del Golfo. Esa no es una necesidad sentida. La población está cansada de que el Gobierno se desvele por sujetos armados mientras abandona a su suerte a los pacientes de las EPS. La desconexión con la realidad es total.
Si Petro tuviera triunfos para mostrar, la elección estaría decidida a favor de Cepeda. Pero no hay nada, solo reformas aprobadas en el papel y otras ni siquiera aprobadas. No hay una sola gran ejecutoria. ¿Dónde está el millón de cupos nuevos en las universidades públicas para que todos puedan estudiar? ¿Dónde está la primera piedra del ferrocarril elevado entre Buenaventura y Barranquilla? Subió el salario mínimo, pero no lo hizo cuando empezó el gobierno, sino a última hora, como estrategia electoral. Hablando del golpe blando y desvariando todo el tiempo, Petro dilapidó su gobierno. Por eso la única candidatura que sube como espuma es la del Tigre, por el contraste entre lo que la gente quiere oír y lo que le oye a Petro, que es impopular, improcedente y estéril.