De vuelta en Ucrania, siento un mayor desprecio y repulsión hacia los sátrapas latinoamericanos. Son nostálgicos del imperio soviético y amantes del comunismo, la ideología siamesa del fascismo. Hitler provocó una guerra que causó 42 millones de muertos, sumado al terrorífico genocidio judío, y Stalin masacró a unos 40 millones de compatriotas, además de someter y pisotear a países libres durante décadas. Ni qué decir de la bestia deMao, inventor de una hambruna que segó millones de vidas de chinos por puro capricho intelectual. No solo los mató de inanición, también les inculcó un espíritu lacayo y el virus del miedo a cualquiera que ostente el mando del partido de la hoz y el martillo.
Solo pensar en Raúl y los castristas, en Ortega y su corte familiar, y en Maduro y sus secuaces, a cuál más criminal, me producen náuseas. Que apoyen la invasión rusa de un país soberano solo muestra su raquitismo intelectual y su carencia del mínimo atisbo de humanidad. El hecho de que existan otras guerras olvidadas o que Estados Unidos invadiera de manera criminal Irak, una acción demencial que critiqué en varias columnas, no justifica su respaldo al asesino Putin. Sin olvidar que esos tres dictadores latinos matan a su gente con el único objetivo de enrocarse en el poder, puesto que, de perderlo, irían a la cárcel.
¿Y saben por qué sobreviven, aparte del temor que infunden por la manera de deshacerse de sus críticos? Por la complicidad de la izquierda latinoamericana y de la extrema izquierda de naciones democráticas. También ahora por el apoyo de Putin, poseído de delirios de una Rusia soviética que ha idealizado en su mente enferma. Y del presidente chino, que tiene la ventaja frente al ruso de pensar y analizar mejor los escenarios antes de actuar. Lo que está observando en Ucrania, la unidad del mundo Occidental y la admirable valentía de los ucranianos, le preocupa de cara a su soñada invasión de Taiwán. Someter a ese pueblo libre que quiere decidir su destino en las urnas, no por el Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, es un anhelo irrenunciable para Pekín, aunque de momento prefiera esperar.
En cuanto a los zurdos latinoamericanos, debería avergonzarles no tener reparos en defender el legado del criminal Fidel Castro porque supone una manera de sostenerlo.
Cuando veo a Michelle Bachelet a la cabeza de la defensa de los Derechos Humanos de la ONU, me da risa. Lo repetiré al infinito: no es un cargo para una mujer que, antes de dejar la presidencia de Chile, fue a despedirse de su amigo Raúl Castro, el hermano que heredó la eterna y matona satrapía.
También Lula da Silva acudió a La Habana a abrazar a ese mismo elemento y a Fidel, que ya no gobernaba pero aún vivía. No le importó que su viaje coincidiera con la larga huelga de hambre de un valiente disidente, que ya solo esperaba la muerte.
Fue a la isla, más que nada, según dijo, para despedirse de su buen amigo Fidel, el dictador. Lo hizo el mismo día en que Orlando Zapata moría tras 86 días sin comer en señal de protesta contra la falta de libertades. ¿Se imaginan lo que gritaría la izquierda planetaria si el impresentable Jair Bolsonaro hubiese ido a Santiago a decirle adiós a Pinochet?
Esa es la diferencia entre dictadores de izquierda y derecha y por la que el general chileno tuvo que dar paso a la democracia por las presiones internacionales y de sus propios conciudadanos. Pero ninguno de los tres delincuentes de extrema izquierda –Ortega, el mono cubano y Maduro– dejará el bastón de mando por pura caridad. Hay que empujarlo.
Viendo Ucrania convertido en un país de combatientes, de demócratas que defienden a muerte su derecho a elegir y pensar lo que quieran, me convenzo aún más de que los venezolanos cometieron el grave error de salir huyendo en la dirección equivocada.
Debieron caminar hacia Miraflores y no detener la marcha hasta sacar al capo y sus cómplices. Obvio que era peligroso y que quienes se enfrentan lo pagan muy caro. Pero el resto debería pensar que no existe nada comparado a la condena que dictó el chavismo al 90 por ciento del país: pasar hambre y miserias, aunque fuera una nación rica; matar el futuro y la esperanza; agachar la cabeza, sufrir rupturas familiares y desgracias en otras naciones. En suma, respirar solo para sobrevivir.
Ucrania pudo arrodillarse y seguro que Putin no habría arrasado ciudades ni masacrado ciudadanos. Pero vivir siempre sometido al dictado de un adicto al poder y la plata ajena no tiene sentido, es una tragedia. Y una cosa les ha quedado claro a los ucranianos y te lo repiten a toda hora: “Nadie vendrá a luchar por nosotros. Nos darán ayudas y palabras solidarias, pero sacar a los rusos solo está en nuestras manos”.