Hay historias antiguas que dicen mucho de nosotros, quién sabe inclusive si iluminan en algo el futuro. Dos me recuerdan algo en un contexto de cambios tan drásticos: En la mitología egipcia, el dios Ptah, creó el universo luego de decirlo en voz alta. Y en las Mil y una noches, Sherazade se salva de morir por encantar al Sultán con sus relatos. ¿Será que esa misma oralidad que crea y salva mundos es de lo poco que nos quedará?
La palabra escrita está sufriendo una arremetida innegable; se ha vuelto muy difícil diferenciar lo original de lo artificial. Esto ha llevado a que las cartas de presentación, algunos contextos del ensayo, artículos científicos e inclusive artículos de prensa pierdan relevancia, credibilidad o ambas. Los libros son tema aparte. Pero todo esto va más allá. Cuando miro la artificialidad de los correos que me llegan de estudiantes cuya expresión oral conozco y veo desviarse tanto de lo que leo, me pregunto cómo se está (re)balanceando todo.
Por un lado, no me queda duda -ni a mí ni a los que han estudiado el tema a profundidad- de que la inteligencia artificial llegó a volver muchas cosas más eficientes, pero inevitablemente a acelerar nuestro embrutecimiento, que ya venía siendo promovido por la sobreestimulación digital. Y no se trata de ser fan o enemigo de la IA, sino de aproximarse al tema con responsabilidad y curiosidad.
Como lo reportó el neurocientífico J. Horvath en EE. UU. citando el caso del estado de Maine, la generación Z, a pesar de tener más acceso a la tecnología, es menos capaz cognitivamente. Como lo reporta Fortune, el programa de introducción de tablets y computadores en Maine fue un fracaso rotundo en los resultados cognitivos. Las razones, más allá de Maine, son conocidas: sobreestimulación, incapacidad de fijar atención y concentrarse, el poder adictivo de las redes, el abandono de los libros, etc.
Por el otro, está claro que la IA es una máquina de multiplicación de la eficiencia. La ironía está en que nos vuelve tan eficientes como tontos, especialmente por algo que Karl Duncker, psicólogo Gestalt alemán, llamó “fijación funcional” en los años 40. Si me acostumbro a resolver un problema siempre de una forma, no tendré forma de mirar caminos alternativos. Solo imaginen lo que esto nos dice ante la naturalidad de la pereza mental. ¿Para qué ir más allá?
Ir más allá implica gastar más recursos cognitivos, incomodarse, gastarse más tiempo, casi como invertir en algo que dará frutos muchos años después. Otro psicólogo, Roy Baumeister, explicó el problema llamándolo agotamiento del ego: tanto autocontrol y disciplina en algo implicará el agotamiento de mis recursos mentales. Más fácil y tentador será seguir adelante con lo adictivo. Esto suena como la primera frase de un artículo de unos psicólogos en los 90s, Knoblich y colaboradores: la experiencia ayuda y a la vez bloquea.
Volvamos a la oralidad. Si lo escrito ahora está tan disfrazado, si los correos que nos llegan vienen con una capa de artificialidad y las presentaciones que vemos han sido forjadas por un LLM, entonces nos queda reforzar la capacidad de expresión oral. En la universidad ya empezamos a reemplazar ensayos y trabajos por más y más presentaciones en vivo, por simulaciones, por temas que nos recuerden que necesitamos creatividad cuando interactuamos con otros. A varios estudiantes les digo con algo de frustración: creo que ya no importa tanto todo lo que sabes, sino cómo lo expresas.
Pero también queda la expresión escrita, especialmente cuando escribimos a mano, con el objetivo que sea. Una médica en Alemania me contó que en el entrenamiento que hacen en ultrasonido, tienen que dibujar a mano las estructuras que luego están buscando. La razón es tan simple como compleja: la práctica hace al maestro y, en lo científico, los trazos a mano requieren más esfuerzo que además perdura más en la memoria procedimental. En la universidad estamos regresando a presentaciones con posters hechos a mano, a pedir diagramas dibujados a mano, a estimular la toma de notas a mano, y así sucesivamente. No sé si solo nos quedará la oralidad, quizá inclusive se debilite cuando la capacidad de traducción y expresión simultánea se integre en conversaciones en tiempo real, pero creo que entrenar el ojo crítico -capaz de quitar una o varias capas de artificialidad del medio- será el último bastión de la defensa de la creatividad humana.