La historia de la política está llena de cobardes célebres. Líderes que, en momentos decisivos, dudaron de sí mismos y terminaron arrastrando a sus países al desastre. Neville Chamberlain, con su complacencia frente a Hitler; Philippe Pétain, con su claudicación moral en el régimen de Vichy; Luis XVI, timorato ante los acontecimientos, o Alfonso XIII de España, desbordado por las circunstancias adversas, son ejemplos de cómo la debilidad en el poder suele pagarse caro.
No se trata solo de errores de cálculo, sino de una constante más profunda: la renuncia a enfrentar las responsabilidades que el liderazgo impone.
Pues bien, la contienda presidencial colombiana parece encaminada a sumar un nuevo nombre a esa lista: Iván Cepeda Castro.
Desde octubre del año pasado, el senador Cepeda es el candidato oficial del Pacto Histórico. Siete meses han pasado desde que derrotara en consulta interna a Carolina Corcho y Daniel Quintero. Y esos mismos meses han pasado sin que el candidato ponga la cara a los colombianos y enfrente sus ideas con las de los demás candidatos presidenciales en los acostumbrados debates televisivos y radiales.
A pesar de la insistencia de buena parte de Colombia —la que no quiere elegir presidente a ciegas—, el doctor Cepeda huye del escrutinio de sus ideas, que han quedado arrinconadas a una serie de intervenciones que más parecen pronunciamientos ex cátedra del Vicario de Cristo que los de un candidato presidencial.
¿Tan inferior se sabe el doctor Cepeda? ¿Tan absurdas son sus ideas? ¿Acaso Petro no le da permiso? ¿Se le dificulta poner la cara ante los fracasos de la Paz Total y la corrupción del Gobierno?
Preguntas que cobran más relevancia si se tiene en cuenta que, en 2022, cuando Rodolfo Hernández no quiso asistir a los debates presidenciales de segunda vuelta contra Gustavo Petro, el mismo Cepeda trinó en los siguientes términos:
“Rehúye el debate. Cuando se le obliga por fallo de tutela, pone condiciones. Cuando se aceptan sus condiciones, sin objeción alguna, acusa a Petro de utilizar el debate como ‘estrategia publicitaria’. Así de tramposo, mentiroso y desvergonzado es Rodolfo Hernández”.
Pues si Rodolfo Hernández —que participó antes de la primera vuelta en al menos siete debates— era un tramposo, mentiroso y desvergonzado, no sé a estas alturas qué sea el doctor Cepeda, que no ha participado en ninguno.
O sí sé qué es: un cobarde que, lejos de intentar ganar las elecciones por su cuenta y a partir de sus méritos, deja que Petro —desde la comodidad de la Casa de Nariño— le haga toda la campaña a expensas del Estado colombiano.
Si no me creen, un día de estos fíjense en la ingente propaganda televisiva y radial pagada por el Gobierno con nuestros impuestos, en la que se urge implícitamente al electorado a reelegir “al gobierno del cambio”. O sintonicen RTVC —si se atreven a tanto— para que observen a unos sujetos que fungen como periodistas —cuando en realidad son activistas— hacerle campaña al senador Cepeda sin ninguna vergüenza.
En otras palabras, Cepeda no va a debates porque monta en el caballo del comisario. Sabe que, ante la más mínima señal de descalabro electoral, su patrocinador Petro va a tomar cualquier decisión para asegurarle el triunfo. De ahí que nadie se asombre si en las próximas semanas anuncia otro artificioso aumento del salario mínimo, una condonación generalizada de deudas, piscinas en todos los barrios, poner al primer colombiano en la Luna o cualquier otra medida populista para “vivir sabroso”. Viendo lo visto, los escrúpulos están perdidos y, a estas alturas, son capaces de cualquier absurdo.
Más allá de calificativos, es inaceptable que en una democracia consolidada como la colombiana un candidato leS haga el quite a los debates. Todos los potenciales votantes tenemos el deber de informarnos acerca de los candidatos, contrastar sus propuestas y sopesar su idoneidad para el cargo. Es imposible cumplir con esa obligación si la campaña presidencial se convierte en un paripé plebiscitario en torno a quién es más o menos petrista.
Espero, por el bien de la hoy maltrecha democracia colombiana, que el doctor Cepeda cambie de parecer. En un país como este, en el que todos los días el presidente toma decisiones de vida o muerte, la cobardía es un atributo impensable.
Que Cepeda demuestre su valía, que acepte el debate, que enfrente sus argumentos a los de Paloma Valencia, Abelardo de la Espriella, Claudia López y Sergio Fajardo, y que los colombianos —ya informados— decidan si es su opción la que le conviene al país o no.
Colombia no puede terminar viendo en Cepeda —como él mismo vio en Rodolfo Hernández— a un político “tramposo, mentiroso y desvergonzado”.