El presidente de Argentina, Javier Milei, no es ni un mago ni un genio. Es algo mejor: un líder que rige su comportamiento con base en la evidencia. Y lo anterior, aunque parece un detalle de poca monta —casi una obviedad—, en nuestros tiempos es una virtud casi excepcional.
Para entender la dimensión de la anterior afirmación, remito al lector a una entrevista de Mario Vargas Llosa en 2022. Aquella vez, el Nobel de Literatura afirmó que “hoy en día un país puede ser próspero o puede ser pobre, y es su elección”. Razón no le faltaba, y los buenos casos abundan: Irlanda, Corea del Sur, India, Polonia, Estonia y Chile son ejemplos de democracias que en los últimos 35 años han tenido enormes avances económicos, pasando de graves problemas de pobreza a ser sinónimo de éxito económico y social.
¿Cómo lo lograron? No fue un milagro ni tampoco buena suerte. Esos países aplicaron la receta del crecimiento económico: instituciones fuertes, con reglas de juego claras, bancos centrales independientes, apertura radical al comercio y a la inversión extranjera, y el convencimiento de que el activo más valioso era su capital humano.
De ahí la importancia del caso argentino. Argentina no fue siempre el país pobre que es hoy. Para 1913, su economía era el doble de la de España y más rica que potencias como Alemania y Francia. La explicación a este éxito estaba en su modelo: Argentina abrió su pampa al mundo, incentivó el comercio exterior a través de la inversión extranjera y apostó por la inmigración como generador de capital social.
Pero llegó la debacle. En 1930, Argentina perdió su estabilidad institucional con un golpe de Estado, lo que convirtió a los gobiernos autoritarios en una amenaza latente hasta 1983, año en que se restableció la democracia. Luego —en 1946— vino Juan Domingo Perón a consolidar la constante argentina de esas décadas: un proteccionismo económico a ultranza. Si para 1910 los aranceles se establecían en torno al 10 %, durante el peronismo promediaron entre el 30 % y el 50 %, llegando en algunos casos al 100 % para ciertos productos. Esto, sumado a un gasto público exacerbado, generó unas finanzas públicas deficitarias.
Y así llegamos a la paradoja argentina: el único país moderno que, habiendo estado en el denominado primer mundo, se alejó de él. Una nación que, bajo toda lógica, debería ser rica y es pobre.
Entonces apareció Javier Milei. Después de un siglo de medidas económicas fallidas, el nuevo presidente argentino se la jugó por implementar las políticas que probadamente han funcionado en los países exitosos. Ha priorizado el equilibrio fiscal a través de la eliminación del déficit y el control de la emisión monetaria; ha reducido el tamaño del Estado para desregular una economía atada a trabas inútiles, y ha apostado por insertarse en el comercio exterior mediante la atracción de capital extranjero.
Los efectos ya se ven. La inflación, que ascendía en noviembre de 2023 a 12,8 % mensual —una tragedia en términos económicos—, se redujo a 2,9 % en febrero de 2026. El déficit primario de 2,9 % del PIB en 2023 se convirtió en un superávit de 0,2 % en 2025: por primera vez en décadas, Argentina gasta menos de lo que produce. Según datos del BID, en 2026 el crecimiento económico rondará entre 3 % y 3,8 %, muy por encima del promedio regional, y la pobreza se ha reducido en 13,5 puntos porcentuales respecto del gobierno de Alberto Fernández, con tendencia a seguir descendiendo.
Con lo anterior no estamos diciendo que Milei sea el presidente perfecto. Muchos defectos tiene, especialmente en su estilo confrontacional, su lenguaje soez y agresivo, su falta de compromiso con ciertas causas liberales y su relación tensa con otras ramas del poder.
Pero lo cierto es que, en una región en la que las políticas económicas emergen del equivalente a panfletos de terraplanistas, bien vale la pena resaltar un ejemplo de gobierno basado en la evidencia y no en la fatal arrogancia de los adalides de la justicia social.
No queda más que desearle suerte a Milei: en el éxito de su programa está la primera piedra para que los latinoamericanos, por fin, tomen la decisión de ser ricos, con la evidencia, y no pobres, con el populismo.