En las encuestas hay que creer un poquito, rechazarlas en su conjunto, como una interferencia democrática, y reírse y gozarlas en buena medida, por sus incongruencias, sus comparaciones incomparables y por más de una situación ridícula en que colocan a las personas y a las instituciones.Ellas, por supuesto, se toman en serio y de ellas aparece unaficha técnica _en letra de edicto_, donde se habla de universos, de muestreos polietápicos (¿ o polihepáticos ?), de márgenes de error, etc. Y sobre todo, se menciona que han entrevistado a 511 colombianos adultos, de los cuales se puede inferir _porque es suficiente_ el sentir de 38 millones de habitantes de este país, incluido el Sagrado Corazón.Tomemos como ejemplo la napoleónica muestra que contrató el diario El Tiempo para medirle el aceite al gobierno de Andrés Pastrana y concluir _después de su alegre lectura_ que va por mal camino. Hay de todo. Cosas inefables como que el ex presidente López es más antipático que el Banco de la República, pero menos que los sindicatos o que el Congreso. Faltó que en la lista compararan a 'Jojoy' con el Fondo Monetario Internacional.Uno de los graves _gravísimos_ inconvenientes de la encuestología es que sólo resultan aceptables para el juego democrático los personajes conocidos, sin que importe mucho la razón por la cual son conocidos. Yo pienso que si se incluyera a Jorge Barón Televisión (éste parece un segundo apellido), superaría al mismo Rosso José Serrano, imperturbable hasta ahora en el primer lugar de la simpatía popular, aunque por razones muy distintas de las convocatorias que hace Barón cada 15 días en los nuevos departamentos del oriente colombiano.Nunca han tenido los políticos un tropiezo mayor en sus afanes que éste de los sondeos de opinión, manejados, cuando no manipulados, por dos o tres personas, verdaderos electores de nuestro tiempo. A propósito de Tiempo, este periódico ya midió con su vara el gobierno de Pastrana y lo rajó, como hacen todos ahora, con un promedio de 2,5, sobre cinco, cuando aún pudiera dársele otra lectura al resultado.Es un registro acertado que la popularidad de Pastrana hubiera caído dramáticamente a partir de febrero de este año. Para Lorenzo, esto tiene mucho que ver con el episodio de la silla vacía del Caguán. La actitud del Presidente frente a ese desaire, que fue visto internacionalmente, desalentó a la opinión. Y es un hecho que los desafueros violentos le han bajado puntos al gobierno, porque la gente quiere secretamente una reacción armada, lejos, eso sí, de su entorno. Y esto no debiera celebrarse. Como tampoco es equitativo cobrarle al Presidente su extremada paciencia, cuando el propio jefe de la oposición le pide que la mantenga.Con todo, si se suman los porcentajes de quienes consideran la tarea del mandatario como excelente (que son muy pocos), o como buena o aceptable, el total es del orden del 52 por ciento. Pero nunca va a decirse, y menos en un diario liberal, que la mitad más uno de los colombianos, esto es, que la mayoría absoluta del país, piensa que Pastrana va más o menos bien. Por el contrario, el título que corresponde es el de: Se rajó el presidente o Va por mal camino. Porque 50, mitad de ciento, raja a un escolar, pero 51 elige democráticamente .Quiero decir que las encuestas no sólo son manipuladas, al articular las preguntas y al buscar tan extraños y escasos 'universos', sino que su lectura, sobre todo su alegre lectura, da para lo que se quiera, según el medio de información y su propia tendencia política.Muy divertido resulta, para dar un ejemplo final, que el doctor Serpa Uribe, a quien pudimos ver en su despacho familiar, al lado de un hirsuto bronce de su propia y vera effigies, y quien considera un fiasco a los demás mortales, tenga un menor índice de favorabilidad que el propio Víctor G. Ricardo y sobre todo una mayor antipatía pública. A Victorgé lo 'odia' el 35 por ciento de los entrevistados, mientras que al jefe único del Partido Liberal colombiano lo rechaza el 55 por ciento.Más demoledores que las propias encuestas han sido los titulares de los grandes diarios (incluido el de la cervecería, por supuesto), que rajan al Presidente, cuando las cifras, todo lo manipuladas que puedan ser, consideran aceptable su tarea en un 52 por ciento.