En una semana, Colombia enfrentará la primera vuelta presidencial. Esta elección es sin duda la más importante de la historia reciente de Colombia, pues significa la continuidad de la democracia en el país tal como la conocemos hasta hoy. Y no exagero.

El presidente Gustavo Petro ha dejado claro que quiere una asamblea nacional constituyente. Lo aseguró el pasado primero de mayo: “Fui elegido solamente con un objetivo, volver realidad el Estado social

de derecho que proclama, como orden y mandato, la asamblea nacional constituyente”. Ese día dijo que reunirán 5 millones de firmas para convocar a esta asamblea, que tendrá la misión de reformar la Constitución Política de 1991. “Tendrán la obligación de promulgar la convocatoria a la constituyente, y entonces nos veremos otra vez en las calles y en las plazas”, sentenció el presidente.

Ha dicho Petro que lo que quiere es agregarle dos capítulos a la Constitución. Uno, para incluir la reforma a la salud y la reforma pensional, la primera hundida en el Congreso y la segunda a la espera de pronunciamiento por parte de la Corte Constitucional. El otro, para “reformar el sistema político contra la corrupción”. ¡Vaya caja de Pandora la que quiere abrir el presidente! ¿Qué significa reformar el sistema político contra la corrupción para un presidente que frente a cada decisión de una alta corte, del Congreso o del Banco de la República afirma que está movida por intereses de la corrupción? Para Petro, todo actuar institucional que no lo favorece está movido por intereses corruptos. ¿Qué significa, entonces, reformar el sistema político contra la corrupción? ¿Acabar con el sistema de pesos y contrapesos? ¿Con la autonomía de las Cortes o del Banco de la República? Aunque muchos odien que se ponga de ejemplo a Venezuela y digan que hacer este paralelo es una exageración, lo que pasó en ese país no nos puede ser indiferente. La constituyente promovida por Hugo Chávez se convocó bajo la premisa de acabar con la corrupción. Pero en el nuevo diseño constitucional lo que hicieron fue acabar con el equilibrio de poderes para permitirle al chavismo perpetuarse en el poder. Allí terminó su democracia.

Aunque el candidato Iván Cepeda no ha dicho abiertamente que apoya esta iniciativa, tampoco la rechaza, y en sus manifestaciones se recogen firmas para convocarla (aunque desde su campaña insisten en que no es él quien promueve la recolección de firmas). Es claro que, de ganar Cepeda, irá adelante con la constituyente.

Pero a una semana de la primera vuelta presidencial, la oposición al Gobierno representada en los candidatos Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, en lugar de mostrar al país lo que significará elegir a Cepeda y abrir la puerta a una constituyente, han decidido enfrascarse en una batalla campal entre ellos mismos que hace que hoy muchos digan que no apoyarán al otro en segunda vuelta.

El panorama es claro. Según las encuestas, Iván Cepeda lidera de lejos la intención de voto, con una favorabilidad que oscila entre el 36 y el 44 por ciento. Cepeda no tiene que hacer nada. No tiene que ir a debates ni fijar posiciones. Su campaña se ha centrado en visitar los municipios más olvidados del país y mantener vivo el discurso de esperanza frente a los más necesitados de que recibirán un subsidio, tendrán una pensión o accederán a una vivienda. No importa que ninguna de esas propuestas sea viable con unas finanzas públicas con el déficit más alto de la historia de Colombia.

Pero mientras Cepeda va surfeando la cresta de la ola sin esfuerzo, las campañas de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia se han dedicado en las últimas semanas a destruirse entre ellas mismas. La confrontación entre la izquierda y la derecha se silenció para darle paso a la pelea de la derecha contra la derecha.

En su intención de mostrarse como el “outsider” de la política, Abelardo ha señalado a Paloma de representar a una derecha fracasada en su intento de frenar a Petro, aliada con los partidos políticos tradicionales y su corrupción.

En respuesta, los seguidores de Paloma han acusado a De la Espriella de utilizar bodegas digitales para atacar a la candidata y muestran al Tigre como un candidato “espectáculo” y agresivo, que dividirá aún más a una nación que necesita unirse. El nivel de la agresión entre seguidores de uno y otro candidato ha escalado a tal nivel que el senador electo Alejandro Bermeo, de Salvación Nacional, seguidor de De la Espriella, aseguró que el expresidente Uribe quería matar al influencer Santiago Giraldo: “Gravísimo que el viejo patriarca del uribismo quiera matar a Santiago Giraldo. Hoy que ve su tumba política, en su desespero activa una última vez la motosierra contra el pueblo libre”, escribió Bermeo en su cuenta de X. Fue tal el rechazo del uribismo contra Bermeo que el mismo De la Espriella tuvo que tomar distancia de su senador: “El único enemigo es Cepeda. Condeno cualquier ataque contra el presidente @AlvaroUribeVel, a quien aprecio y admiro. ¡Firme por la Patria! (A. D. L. E.)”. Bermeo borró el trino y se disculpó.

¡Qué nivel de estupidez la que están cometiendo los seguidores de ambas campañas! ¿Será que no se han dado cuenta de que ni Abelardo de la Espriella ni Paloma Valencia tienen la capacidad de vencer a Cepeda solo con el voto de sus seguidores? ¿Qué están ganando con sembrar la rabia entre campañas? Ambos candidatos se necesitan. El Tigre tiene a los votantes radicales de derecha. Paloma, a los de centroderecha, pero ninguno de los dos es por sí mismo mayoría. Se necesitan para superar ese casi 40 por ciento fijo de votantes que tiene Cepeda.

Cepeda no tiene que hacer nada para ganar. Si la derecha pierde, será el resultado de su propia torpeza.