Un viajero del tiempo, un grupo de héroes reacios, una inteligencia artificial tiránica… son elementos conocidos en la ciencia ficción. Bueno, vengo a decirles que nunca los habían visto al servicio de una idea tan desquiciada como genial, como en una cinta que llegó esta semana a cine y que se llama Good Luck, Have Fun, Don’t Die.

Dirigida por Gore Verbinski, esta obra no destaca únicamente por su narrativa de ciencia ficción, sino por un discurso que debería resultar alucinante y se siente, sin embargo, incómodamente cercano a nuestra cotidianidad.

Es así: Sam Rockwell es un héroe de ojos saltones —que parece un extra en la versión de Temu de Doce monos— que entra a un restaurante con una misión: evitar el ascenso de una IA apocalíptica reclutando a un grupo de salvadores a partir de alguna configuración de entre los clientes incrédulos del local. Afirma que lo ha intentado ya 116 veces.

Como dije: alucinante.

La crítica especializada ha puesto el foco en cómo esta película maneja el concepto del tiempo. No deja de ser interesante que esta sea una cinta de loops temporales en la que no vemos repetirse nada, y nos limitamos a ver los efectos de docenas de intentos fracasados.

Pero lo que evita que Good Luck, Have Fun, Don’t Die se sienta como un híbrido mal cocinado de Groundhog Day, Terminator y The Matrix es la disciplina con la que argumenta su premisa central: que el mundo se fue al caño cuando la humanidad cambió la realidad por la virtualidad y las conexiones por la conectividad. Pegados a sus celulares (o a visores de realidad virtual tan siniestros como adictivos), los seres humanos no perdieron el futuro, sino que lo entregaron.

Si bien es cierto que patina en el tercer acto —en el que agota su presupuesto de CGI—, la cinta logra crear la ilusión de sentirse analógica a pesar de haber usado una extensiva cantidad de efectos digitales, incluyendo el motor Unreal Engine 5 de Epic Games para fusionar los límites entre la captura de movimiento, la fotografía principal y la posproducción.

Eso explica que haya costado una fracción de lo que debió costar y, de paso, la convierte, desde una perspectiva tecnológica, en un caso de estudio sobre la eficiencia del renderizado. Históricamente, las grandes producciones de ciencia ficción dependían de granjas de renderizado masivas que tardaban días o semanas en procesar cuadros individuales. En este proyecto, el uso de volúmenes led y la iluminación global dinámica permitieron a los directores de fotografía ajustar fuentes de luz digitales de forma instantánea.

No deja de ser irónico que una cinta que parece ‘cosida a mano’, recostada sobre los miedos de varias generaciones a la oleada de recursos de IA que nos inundó, dependa de tal volumen de información que solo pueden procesarlo servidores con conexiones de baja latencia y unidades de estado sólido de grado empresarial.

Pero aunque la narrativa técnica se apoye en la inteligencia artificial, el guion, las actuaciones y la dirección se encargan de mantenerla humana. Al final, quienes acepten su mezcla de locura y parodia se hallarán sorprendidos, conmovidos e interrogados acerca de la dirección en la que se mueve el mundo.

Esta es una película increíblemente extraña de casi dos horas de duración, que no se molesta en explicar cosas que en otras obras darían lugar a elaboradas escenas de juiciosa exposición. En cambio, se concentra en explorar la adicción a la tecnología moderna y la apatía social y si va a funcionar para usted, o no, dependerá de si logra abandonar toda precaución y acepta dejarse llevar en un viaje exuberante, aleatorio, a veces inquietante, pero siempre divertido.

Por eso, verla en cines es una oportunidad que nadie debería desaprovechar. En serio creo que con los años esta será considerada como una cinta de culto, algo que no significa ya lo que alguna vez significó. La convergencia entre el desarrollo de software para simulación militar, los videojuegos de alto rendimiento y la cinematografía de alta gama ha terminado por consolidarse, es solo que, por una vez, se ha consolidado al servicio de la visión de un director que no tiene nada que probar.

Ya sea con éxitos comerciales como las primeras tres películas de Piratas del Caribe, con adaptaciones de terror como El aro, o incluso con hermosos fracasos como Rango o La mexicana, Verbinski siempre hace la película que quiere hacer. Good Luck, Have Fun, Don’t Die no es la excepción. Esta es una cinta sin filtros, para bien o para mal, y eso es algo que no se ve mucho en nuestros días.