La incertidumbre que genera el Gobierno con muchas de sus decisiones, sumado a desafortunadas declaraciones de los principales asesores del jefe de gobierno, así como los nombramientos en puestos claves de personas que no reúnen las condiciones ni profesionales ni de experiencia que estos cargos exigen, el incremento desaforado de la burocracia, la inseguridad galopante que reina en el país y los escándalos alrededor de los habitantes del Palacio de Nariño, son los principales indicadores de una miopía ideológica que está llevando a Colombia al atraso y a la fractura de la estructura socioeconómica que tanto esfuerzo ha demandado construir.

La paz total que pregona el Gobierno se ha convertido en un espejismo y contrario a lo que se puede aspirar con este objetivo político, cada día hay demostraciones fehacientes que incrementan el escepticismo de llegar al final feliz esperado por todos los colombianos. Las negociaciones con organizaciones delincuenciales no presentan ningún avance y, por el contrario, se están generando nuevos frentes de conflicto en diferentes partes del territorio y continúan las asonadas contra la fuerza pública, donde comunidades que pueden estar siendo manipuladas por grupos narcoterroristas afectan el normal desarrollo de la vida y de la convivencia ciudadana, pero no se escuchan las voces del Gobierno repudiando las asonadas.

Existe el presentimiento bien fundado que el Gobierno está al frente de una estrategia que le permita al socialismo continuar en el poder después de 2026 y esto lo pueden lograr con un referendo o una asamblea constituyente que seguramente exigirá el ELN al final de sus negociaciones, al igual que lo hizo el M-19, lo cual les permitirá manosear nuevamente la Constitución, como lo hizo Santos, para de una parte otorgar impunidad a los crímenes de lesa humanidad y de otra, otorgar poder político a los cabecillas de las organizaciones al margen de la ley, llegando incluso a establecer que el Gobierno negocie al mismo nivel con las organizaciones narcotraficantes.

El ELN ha adelantado por lo menos seis negociaciones con diferentes gobiernos y nunca ha llegado a un final; en las presentes discusiones insisten en que no entregarán las armas, siguen delinquiendo, se retiran de la mesa cuando quieren, se muestran ofendidos con el Gobierno y posiblemente aspiran obtener igual o más que lo que Santos les entregó a las Farc, poder político e impunidad. En esa negociación lo único que sucedió fue que se cambió ‘la marca’ de la empresa criminal, pues muchos de sus integrantes continuaron delinquiendo y hoy parece que nuevamente se les va a conceder por tercera vez la oportunidad de discutir con el Gobierno a lo que se denomina disidencias.

Lamentablemente, estamos frente a un círculo vicioso y no se avizora una paz total, pues desafortunadamente, con las decisiones del Gobierno, parece que el delito en Colombia paga buenos dividendos. Es difícil entender que después de adelantar negociaciones con organizaciones delincuenciales sea el país el perdedor, pues los bandidos siempre obtienen beneficios y continúan delinquiendo. Parece que hubiera un contubernio con los malos y el delito se pavonea en el campo y las ciudades, inclusive se nombra como ‘gestores de paz’ a reconocidos paramilitares, burlándose de la justicia colombiana.

Parece que las hipótesis de conflicto por causa de las amenazas exteriores han quedado en reposo por afinidad ideológica de los gobiernos, pero se observa con gran preocupación que se busca debilitar a las fuerzas armadas, especialmente con la decisión de cerrar las fronteras comerciales con Israel. Probablemente, el Gobierno ya está abriendo las puertas a la compra de medio millón de AK-47 Kalasnikov para dotar con fusiles de asalto a los militares y policías, así como adquirir unos 500 millones de proyectiles 7,62 para los mismos o la compra de aviones Sukhoi 57 o 35 para reemplazar los Kafir y abrir el mercado con sus pares socialistas.

El país nunca había estado tan asediado y enfrentado a tantas amenazas internas; aunque el capitalismo no es perfecto, las experiencias muestran que genera menos pobreza y menos miseria que los sistemas totalitarios. Ya Colombia está bebiendo las aguas amargas del socialismo y aunque son miles los arrepentidos de haber desperdiciado su voto, todavía hay muchos resentidos que hacen lo imposible por implantar esta ideología perversa que solo aporta odios, desigualdades y penuria. La democracia es el instrumento de los derechos y libertades.