Carnaval digital: en su lúcido ensayo Los ingenieros del caos (2019), Giuliano Da Empoli desentraña cómo los nuevos alquimistas de la política global transformaron los sistemas democráticos en un gigantesco carnaval digital. Una festividad en la que los locos se vuelven sabios, las jerarquías se disuelven mediante el insulto vulgar y la verdad fáctica deja de importar frente al engagement y el clic. Aunque Da Empoli escribe pensando en el Silicon Valley populista de Italia o en las estrategias de Steve Bannon en Estados Unidos, es imposible leer sus páginas sin experimentar un escalofrío de autorreconocimiento frente a nuestra actual realidad política. Colombia, a su manera, ha perfeccionado su propio ecosistema de caos algorítmico.
De ideologías a emociones: la tesis central del libro resuena con fuerza en nuestro debate nacional: la política moderna ya no se juega en el terreno de las ideologías programáticas, sino en el de la gestión industrial de las emociones negativas. En el país, la polarización ha dejado de ser un subproducto de las diferencias sociales para convertirse en un modelo de negocio político altamente rentable. Las bodegas digitales, los hilos incendiarios en X (antes Twitter) y los videos efectistas de TikTok operan bajo la estricta lógica de los ingenieros del caos. Se interceptan los temores legítimos de la ciudadanía —la inseguridad, la corrupción rampante, el estancamiento económico— y se procesan a través de algoritmos diseñados para multiplicar la ira, no para formular soluciones colectivas.
Histrionismo populista: asistimos cotidianamente a lo que Da Empoli denomina la lógica de “Waldo”: el auge de figuras públicas cuyo único mérito es la burla procaz y la demolición del orden establecido. En el espectro político colombiano, desde el histrionismo populista hasta la retórica oficial que gobierna a punta de trinos presidenciales a altas horas de la madrugada, el patrón es idéntico. El gobernante o el aspirante ya no pretenden ser estadistas serios; prefieren encarnar al animador de un teatro romano que ofrece a su audiencia la humillación de las élites tradicionales como principal plato programático.
Hormigas digitales: la paradoja más peligrosa que describe el autor, y que Colombia padece con crudeza orwelliana, es la falsa ilusión de participación democrática. Las redes sociales nos hacen creer que el ciudadano de a pie es el protagonista del cambio, el actor principal del Carnaval de la calle. Sin embargo, detrás de la pantalla, la realidad es que las bases militantes están siendo utilizadas como “hormigas” digitales. Son estructuras hipercontroladas desde el poder central, donde la disidencia interna se castiga con la muerte civil del linchamiento digital o la expulsión del algoritmo de la simpatía oficial.
Burbujas algorítmicas: nuestros partidos tradicionales, lentos y acartonados, se asemejan hoy al viejo Blockbuster frente al “Netflix de la política” que representan las nuevas narrativas populistas. No tienen cómo competir contra plataformas postideológicas que cambian de máscara según lo que dicte la tendencia del día. En este escenario de “política cuántica”, donde los individuos se comportan como partículas azarosas, la verdad de los hechos ya no cuenta. Cada facción radicalizada habita su propia burbuja algorítmica, devorando narrativas hechas a medida y fake news que refuerzan sus prejuicios colonizados por el miedo.
Entre lúdica y violencia: si el carnaval populista colombiano continúa sin canales institucionales que procesen democráticamente la frustración social, la frontera entre la dimensión lúdica de las redes y la violencia real terminará por borrarse del todo, como advierte Da Empoli. El reto de la Colombia del futuro inmediato no es derrotar a un caudillo de turno con las fórmulas obsoletas del pasado, sino entender la tecnología del hormiguero digital para arrebatarle a los ingenieros del caos el control de nuestras democracias.
Cita de la semana: “Los malos sin duda han entendido algo que los buenos han ignorado”. Woody Allen.