Es mejor no meternos con el turbulento pasado del suspendido canciller. Su vida es un enigma, como lo es la de Teodora Bolívar, de quien no sabemos si murió hace pocos días, al mismo tiempo que la senadora Piedad Córdoba. Su paso por el Gobierno de Petro es, por sí solo, una tragicomedia.

La dimensión trágica consiste en que revocó, según dijo, siguiendo instrucciones de Petro, el encargo para la elaboración de los pasaportes al único proponente que cumplía los requisitos. Este es el motivo por el cual la Procuraduría lo ha suspendido. Como el presidente reconoce que aquel dice la verdad, la situación es de extrema gravedad: superior y subalterno deben responder. Leyva ante la Procuraduría; Petro ante el Congreso en juicio político, tramitando en el Senado, previa acusación formulada por la plenaria de la Cámara, mediante votación que deberá ser secreta, un método para garantizar la libertad de los parlamentarios. ¡No tendrá el gobierno manera de saber con certeza si sus partidarios, que lo son por convicción o conveniencia, le son fieles!

La faceta cómica consiste en que en estos ires y venires se comportó como un orate: insultó a varios funcionarios, advirtió que cualquier acción de recobro por los daños que pueda padecer el Estado como consecuencia de sus errores, se la notifiquen en la tumba, y tildó de ignorantes a los integrantes de la comisión parlamentaria que lo citó a rendir cuentas.

La resolución de la Procuraduría tiene tres dimensiones: (i) le abre un proceso disciplinario para que responda por unos actos que se consideran faltas gravísimas; (ii) lo suspende provisionalmente para conjurar el riesgo de que persista en conductas violatorias del Estatuto Disciplinario; (iii) dispone que contra esa providencia “no procede recurso alguno”.

Petro se equivoca al decir que la decisión adoptada es parte de la conjura de la oligarquía para no dejarlo gobernar: es un agravio a la Procuraduría e indirectamente al Poder Judicial en su conjunto. En seguida, advierte que se interpondrán todos los recursos legales pertinentes (no dijo cuáles).

Es incuestionable que Petro vive en una situación de extrema soledad; no cuenta sino con Laura Sarabia, sobre cuyas capacidades los elogios son generalizados, para mantener a flote el Gobierno. Infortunadamente, esa joven y eficiente funcionaria carece de formación jurídica. Por tal motivo, este servidor ha decidido ayudarle a corregir el rumbo. ¿Entendido?

Supongamos que se les ocurre la idea de introducir una tutela para evitar la caída de Leyva. No faltará algún abogadillo mañoso que les diga que es posible intentarlo teniendo el cuidado de que el caso le sea repartido a un juez afín. O acudiendo a las ‘tutelatones’ que se usaron durante su época en la Alcaldía de Bogotá, un abuso evidente del derecho a litigar. Estos caminos tortuosos ya se cerraron.

Sin embargo, si se decantan por esta opción, deben percatarse de que ese mecanismo judicial procede para la protección inmediata de derechos fundamentales. ¿Cuáles serían ellos en el caso de Leyva? No el derecho al trabajo: si así fuere, todos los que de él carezcan podrían obtenerlo por la vía judicial. Tampoco el desempeño de un cargo público es un derecho fundamental, tesis que conduciría a que los empleados estatales serán inamovibles.

-¿Alguna pregunta?

-Sí, presidente, usted tiene razón: el derecho al debido proceso es tutelable; solo que ese derecho ya le fue concedido a Leyva. Qué pena añadir que no procede la tutela “cuando sea evidente que la violación del derecho originó un daño consumado…”. Como el acto de la Procuraduría carece de recursos, al quedar en firme se consolida el supuesto agravio. La tutela no es el camino para enmendarlo.

-Doctor Petro, es verdad que usted logró la anulación, por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, de una decisión de la Procuraduría en contra suya. Sin embargo, la situación de Leyva es muy diferente: usted había sido elegido en comicios populares y fue destituido. Su obsecuente funcionario fue nombrado, no elegido, y no ha sido destituido, sino, apenas, suspendido. Recuerde, además, que ese proceso demoró años, más de los que le quedan a usted en el cargo. Ese camino no le sirve.

-Sin duda, presidente, traer al embajador en Washington, Gilberto Murillo, es un cabezazo suyo. Es idóneo para el cargo, respetado y respetable. Puede ser su candidato para el próximo cuatrienio.

-Si lo entendí bien, a usted le ronda en la cabeza la idea de “hacernos los locos”: o sea, no acatar de inmediato la decisión de la Procuraduría. Proceder de ese modo constituye el delito de fraude a resolución judicial. Su comisión da lugar a penas de prisión de hasta cuatro años. Por ahí no es la cosa. Leyva no puede ejercer funciones públicas, recibir emolumentos o usar recursos estatales (a menos que usted lo nombre en otro cargo).

-Con mucho gusto, presidente, gracias por su confianza. Si quiere otro día hablamos en detalle de los ministros de Salud y Deporte. Pero mientras podemos vernos en su próxima visita a Colombia, sugiero que al primero lo mande a Chile como embajador; le servirá para aprender buenas maneras. Como esa posición se encuentra vacante desde el comienzo de su gobierno, se enmendaría la descortesía que se está cometiendo con su amigo, el Presidente Boric. A la segunda, encárguele escribir una cartilla sobre educación física. Dele tiempo hasta agosto de 2026 para que la ejecute. Se pondrá feliz.

-Adiós, presidente, ya me voy, pero deme unos segundos más. El comunicado de la Cancillería del 26 de enero, para rechazar las declaraciones del Presidente Milei, fue expedido por “el ministro de Relaciones Exteriores”, aunque no se indica quién desempeña el cargo. Como usted no ha designado el reemplazo de Leyva, y este no puede actuar, se trata de una “jugadita” para ocultar que Leyva sigue en funciones. Esa audacia a usted le puede resultar muy costosa. En tiempos de incendios forestales, es mejor no jugar con candela.

Briznas poéticas. Cito a Marguerite Yourcenar: “En cuanto a la observación de mí misma, me obligo a ella, aunque solo sea para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin”.