Cuando utilizó por vez primera la frase que da título a su más reciente libro -”La Explosión Controlada”- me pareció producto de una cierta ingenuidad -arrogancia, si se quiere, como él mismo lo diría- que es un atributo normal entre los intelectuales que deciden actuar en política. Pensé entonces en un libro de Vargas Llosa -”Como pez en el agua”- una estupenda crónica de sus infortunios como candidato a la presidencia del Perú.

Quizás no por los motivos que entonces tuvo en cuenta, Gaviria ha tenido razón. Las instituciones han logrado contener los ímpetus revolucionarios de Petro, los que no abandonará porque provienen de compromisos ideológicos profundos. Se somete a las restricciones que ellas le imponen, no por convicción, sino por realismo. La muralla que tiene en frente ha sido más poderosa que su ariete demoledor. En adelante, le toca intensificar la astucia, socavar cimientos y jerarquías, inventarse uno o muchos caballos de Troya. Lo de siempre: puestos y contratos, justamente lo que había prometido erradicar. Le deseamos lo mejor. Entiéndase bien: que no tenga éxito.

Rara avis es Gaviria. Hombre honorable, académico e intelectual, amante de la literatura, servidor público devoto, contradictor leal, que profesa, y no le da pena proclamarlo, una visión liberal de la vida. Lo digo en el sentido doctrinal, no partidista. Cree en el cambio gradual, en el valor de la experiencia, en la preparación metódica de los programas, en la ejecución rigurosa y en la evaluación de resultados. En el carácter conflictivo de la sociedad y en la dificultad, casi insuperable, de hallar el bien común.

“¡Qué horror!”, dirán Petro y sus seguidores: es un pinche tecnócrata. Los así llamados han aprendido en los libros, puesto a prueba sus conocimientos en la cátedra y la investigación y, en muchas ocasiones, escalado poco a poco posiciones en el servicio público. Son parte fundamental del Estado moderno, como lo puso de presente Max Weber a fines del siglo xix. Garantizan la calidad de las acciones gubernamentales y su continuidad a pesar de las oscilaciones en la cúpula estatal. Lo cual no excluye la importancia de los sueños transformadores de la sociedad, las promesas de un futuro mejor, en especial para los que están atrapados en el círculo de hierro de la pobreza.

Lo dice Alejandro: “La tecnocracia es corta de visión. No cabe duda. Pero el problema opuesto también es serio. Una postura o actitud que desprecie los problemas prácticos, y promueve una visión ilusoria del cambio, terminará siendo ineficaz. La estrechez de miras puede llevar más lejos, puede ser más transformadora que una mirada más ambiciosa, que la reiteración de una voluntad sin método”.

Fíjense en España. Hoy sumida en una crisis política, que tiene que ver con visiones enfrentadas de la vida y la sociedad. Pero mientras esos debates se surten en el ámbito de la democracia electoral -y se llega a un acuerdo programático, que es lo que finalmente pasará- el funcionamiento de las actividades de la Administración no se altera. Las aduanas, los servicios de salud y el tránsito siguen funcionando con plena normalidad.

Hay, sin embargo, diferencias de mayor calado entre el gobernante y su ministro, que éste, en su libro, despliega de manera oblicua al señalar las numerosas semejanzas existentes entre AMLO, el presidente populista de México, y su alter ego colombiano: “Ambos aspiran a romper con el pasado, reinventar la política, y construir otra democracia, la verdadera (…) Son idolatras de sí mismos, convencidos de que ellos son la solución a los problemas más profundos y las injusticias más duraderas (…) Ambos creen que la política consiste sobre todo en voluntad y teatro. Piensan que para lograr el cambio basta con desearlo y anunciarlo (…) Ambos tienen inclinaciones militaristas”. Añado que ninguno de ellos es fanático de la libertad de prensa.

Gaviria no pretende realizar una crónica de los primeros meses del Gobierno de Petro. Su objetivo es otro y de singular valor: exponer sus reflexiones sobre el ejercicio del poder, no en abstracto, sino desde su experiencia directa como funcionario. En ese sentido viene a la memoria un libro bello y melancólico: “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar. Si hubiese tenido la intención de analizar transversalmente el gobierno, se habría referido, entre otros temas, a la paradójicamente llamada “Paz Total”, a la pugnacidad con los medios de comunicación, y a la política sobre el sector eléctrico.

Tema este, conviene advertirlo, de singular importancia si el país se ve sometido en el horizonte cercano a restricciones en el suministro. Si esto sucede, y ojalá no suceda, ya sabemos la respuesta: culpa de los gobiernos anteriores, del neoliberalismo, del capitalismo, de la ambición desenfrenada de los empresarios, etc. Argumentos falaces pero idóneos para desplegar una propuesta estatizante.

Focalizado en lo que quiere decir en un breve texto, Gaviria es contundente sobre la política de hidrocarburos. “…la suspensión de las exploraciones equivale a una autoflagelación, a hacernos daño como país de manera inútil, para ratificar nuestro apego a un principio o idea del mundo”. Sobre la reforma a la salud reconoce la necesidad de ajustes normativos para fortalecer la prevención, hacer más eficiente el punto de ingreso al sistema, resolver las fallas de oferta en zonas remotas. Problemas graves a los que habría que añadir la insuficiencia de fondos. ¡Queremos una salud del primer mundo con recursos del tercero!

Nada de esto ha ocupado la atención del gobierno durante este primer año (solo faltan tres). Lo que le interesa es desplazar a actores empresariales privados de la gestión de recursos públicos, en la salud y en todo lo demás. Un buen ejemplo es lo sucedido con los fondos para la “renta ciudadana”, que fueron entregados a una institución estatal pequeña e inadecuada, en vez de usar las poderosas plataformas digitales de los bancos privados. Un logro extraordinario: la reinvención de las humillantes colas impuestas a los sectores pobres de la sociedad.

En materia educativa, como era previsible, el Presidente ignoró las propuestas reformistas de su ministro entusiasmado por una idea que suena maravillosa. Quiere propiciar la multiplicación de universidades en sitios remotos del territorio. En la alta Guajira, en la zona del Catatumbo, entre otras. Su idea de la educación universitaria popular es simple: lo que se necesita con urgencia son lotes, que ya le ha pedido a los alcaldes, para construir aulas. No le interesa saber si habría suficientes profesores y estudiantes, cuestión importante en el contexto de la transición demográfica, la deserción estudiantil, la educación virtual, la viabilidad financiera y la existencia de economías de escala. Proponerle que tal vez sería mejor fortalecer las universidades regionales existentes le sonará absurdo: eso no sirve para un discurso de plaza pública. Las idas reformistas no tienen cabida para un revolucionario convencido.

Gaviria no pretende extraer de su experiencia consecuencias políticas. Esa es la tarea que nos corresponde, entre otros, a quienes gozamos del privilegio de publicar con libertad lo que pensamos. Pero nos aporta elementos adecuados para hacerlo.

En abstracto, describe bien el mesianismo: la convicción de que por una suerte de soplo divino, o de la identificación íntima y monopólica con su pueblo (Chávez, en su delirio, llegó a creer que era la reencarnación del Libertador Bolívar), el caudillo sabe lo que hay que hacer. No requiere someterlo a validación democrática alguna, para lo cual necesita detentar un poder absoluto. Eso es lo que estamos viviendo.

Refiriéndose en concreto a Petro anota: “…me preocupan sus métodos y la facilidad con que parece instalarse en un contexto auto exculpatorio, en la imagen…de un héroe romántico que dio una pelea imposible y fue derrotado por unos poderes reaccionarios dispuestos a todo con vastos recursos y mínimos escrúpulos. Una especie de Che Guevara moderno…”. En otra parte añade “El presidente orador, el que deriva su mayor poder de la retórica, el extasiado ante el micrófono, es un presidente solo, un lobo solitario que huye de la manada”. Por eso dice que es un “presidente sin presidencia”.

Gracias, Alejandro, por su valentía y franqueza. La estrategia que se desprende de su libro es para mí evidente: contener el daño, desarrollar una oposición basada en razones, no en prejuicios o falsedades, todo dentro de las instituciones, sin jugaditas ni articulitos. Y si el Gobierno algo bueno hace, es necesario reconocerlo. Consensos acotados pueden ser posibles y convenientes.

Briznas poéticas. De Roberto Juarroz, gloria de las letras argentinas, quien esto pide a la poesía: “Una escritura que soporte la intemperie, / que se pueda leer bajo el sol o la lluvia, bajo el grito o la noche, / bajo el tiempo desnudo…/ Una escritura que resista / la intemperie total. / Una escritura que se pueda leer / hasta en la muerte”.