“Los malos van a ganar; lo siento. Lo que pasa es que no podemos dejar que el malo gane cómodamente. Tenemos que aspirar, como mínimo, a que al malo le duela el hígado”. Arturo Pérez-Reverte afirma un hecho que es irremediablemente triste e irremediablemente cierto. Y es que la victoria suele estar del lado de quienes no tienen escrúpulos: desde sociópatas y psicópatas perfectamente integrados en estructuras de poder hasta hombres y mujeres triviales que, sin especial malicia, se pliegan a la indolencia dominante, tal y como lo escribió Hannah Arendt en su inmejorable meditación sobre la banalidad del mal: “El mal no necesita monstruos, solo personas que dejen de pensar”.
En el fondo, los malos suelen dividirse en dos grandes categorías. Por un lado, están los superficiales y moralmente adormecidos. Individuos que no comprenden del todo aquello en lo que se han convertido y que, quizá por eso, participan del mal por conformismo, cobardía o simple inercia social. Por otro lado, existen los incontinentes descritos por Aristóteles, es decir, aquellos que saben perfectamente lo que hacen y, aun así, deciden obrar mal porque su ambición, su resentimiento, su envidia y su voracidad de poder y de dinero pesan más que cualquier exigencia moral.
Entre las muchas caracterizaciones del mal cotidiano, siempre me ha parecido admirable el trabajo del escritor colombiano Alfredo Iriarte, que ofrece una auténtica y genial tipología de estructuras sociales degradadas. Con ironía aguda y extraordinaria capacidad de observación, Iriarte describió los modos frecuentes en que prosperan los malvados. Retrató personajes dominados por la ambición, el servilismo, la intriga y el oportunismo, y mostró cómo ciertos individuos logran ascender precisamente gracias a esas conductas.
Las abominaciones identificadas por Iriarte han mutado en muchas otras especies execrables y, además, han ocupado todos los espacios de la vida social, como lo vislumbró José Ortega y Gasset. A veces lo hacen de manera brutal y visible, consolidando regímenes autoritarios, redes de corrupción estructural o formas de poder económico edificadas sobre la violencia y el clientelismo. Pero en otras ocasiones su triunfo es más silencioso y, por eso, más perturbador: el funcionario corrupto que asciende, el empresario que prospera explotando a otros, el operador mediático que destruye reputaciones mediante campañas de difamación, el arribista que, sin méritos proporcionales a los cargos que ocupa, escala posiciones gracias a la adulación y capacidad de plegarse servilmente a quienes controlan el poder.
Al elenco se suman dos figuras singulares. Una es el pseudointelectual. Farsante que aparenta profundidad, aunque su verdadero talento consiste en detectar las corrientes ideológicas dominantes y adaptarse oportunamente a las estructuras culturales que distribuyen prestigio, financiación y visibilidad. Por lo tanto, su pensamiento está calculado para captar la atención de universidades, medios, fundaciones y políticos que recompensan la obediencia.
La otra figura es el psicópata integrado: individuo aparentemente funcional dentro de las instituciones sociales, cuyo rasgo distintivo es la ausencia radical de empatía unida a una extraordinaria capacidad de simulación emocional. Finge comprometerse con “causas nobles”, aunque en realidad envidia, manipula, cosifica y daña sistemáticamente a quienes lo rodean. Puesto que domina el arte de la apariencia, resulta difícilmente identificable: suele conquistar espacios mediante el encanto superficial, la mentira metódica y la difamación sutil, sin necesidad de exhibir violencia abierta. Suele conservar el control de la imagen que proyecta. Sin embargo, cuando alguien desnuda sus manipulaciones y lo obliga a verse expuesto tal como es, el psicópata integrado se siente acorralado. Es entonces cuando abandona la máscara y puede manifestar, sin mayores reservas, la agresividad, el resentimiento y la violencia moral que siempre habían permanecido ocultos bajo una fachada de normalidad.
En ese escenario, esperar victorias absolutas e inmediatas del bien puede resultar ingenuo. Pero no se trata de eso. Se trata de asumir una verdadera ética de la resistencia contra el mal. Se trata de hacer “que les duela el hígado”, resistiéndolos, desenmascarándolos y negándose a colaborar dócilmente con su vileza. Se trata de mirar el mal a los ojos, permanecer de pie y no claudicar, incluso cuando todo indique que la derrota es inevitable. En el fondo, se trata de elegir la sana conciencia antes que la buena reputación, los principios antes que las oportunidades, lo verdadero antes que lo falso y el bien antes que el mal, sin artificios ni cobardías.