Colombia es un eterno contar de muertos. Muertos en combate, muertos en riñas, muertos en atracos, muertos en atentados. Muertos por hambre. Según cifras de Medicina Legal, en el primer trimestre del 2023, en Colombia murieron de forma violenta 6.647 personas. En este país que nos tocó por patria, en promedio mueren 73 personas al día en hechos violentos.Convivir con tantas décadas de conflicto ha hecho que en Colombia se crea que hay muertos buenos y muertos malos. Después de acostumbrarnos a vivir entre tomas guerrilleras, secuestrados, voladuras de oleoductos y toda la miseria que trajo la guerra de guerrillas, apareció el paramilitarismo a terminar de llenar de sangre el ya sangriento día a día del país. Los muertos se contaban de todo lado: muertos del Ejército, muertos de la guerrilla, muertos de los paramilitares. Y dependiendo de qué lado estaban los muertos, nos empezó a parecer que había muertos que merecían morir y otros que no tanto. Así que empezaron a alegrarnos los muertos “buenos”, esos que merecían estar “bien muertos” y solo a llorar los muertos malos, esos asesinados injustamente.
Entonces eran buenos los muertos del Ejército, y un poquito buenos también los muertos de los paras, porque si los paras los mataron era porque algo debían. Y al final, los únicos muertos malos eran los muertos que mataba la guerrilla, porque a manos de la guerrilla nadie debía morir.
Aunque muchos lo nieguen hoy, ese fue el pensar de miles en este país ante la infamia de lo que vivimos.
El correr de los años ha dejado ver que en esta guerra la muerte llegó al grado máximo de degradación. Los muertos de estas décadas no eran simplemente muertos. Eran mutilados, diluidos en ácido, desaparecidos en hornos, decapitados, tirados a las aguas del Magdalena o del Cauca, enterrados vivos, amarrados con cadenas hasta morir de hambre, cortados en trozos con motosierras, abortados contra la voluntad de sus madres.
Escuchar esta semana, en las audiencias de reconocimiento de los falsos positivos ante la Justicia Especial para la Paz (JEP), el relato de todos los muertos inocentes que fueron presentados como bajas en combate y enterrados en el cementerio de Dabeiba (Antioquia) es comprobar el nivel de deshumanización al que llegamos.
Uno a uno, ocho miembros de la Fuerza Pública reconocieron que desaparecieron y asesinaron a 47 personas entre 2002 y 2006, que fueron presentadas como bajas en combate e inhumadas en el cementerio Las Mercedes.
El sargento retirado Fidel Ochoa contó cómo mataron a campesinos y civiles. Les cambiaron sus ropas, les pusieron botas de caucho y los entregaron como insurgentes dados de baja.
Ochoa narró además que los batallones que no entregaban falsos positivos eran castigados con meses en el campo, sin poder visitar a sus familiares.
El relato de estos militares se suma a los que ya se han escuchado sobre falsos positivos en la costa Caribe, en Norte de Santander, en el Meta. Miles y miles de muertos que entonces no nos parecieron tan malos.
En estas mismas audiencias ante la JEP, exmilitares les contaron a las madres de Soacha cómo se llevaron a sus hijos con falsas promesas de trabajo, los subieron en un bus y luego aparecieron como guerrilleros asesinados, ingresados a los registros como N.N. Entre enero y agosto de 2008, 19 jóvenes de Soacha y Bogotá desaparecieron sin dejar rastro. Fue Fernando Escobar, entonces personero de Soacha, quien denunció la desaparición de estos jóvenes. Nadie le creyó. El 23 de septiembre de ese año, uno de los desaparecidos apareció en Ocaña como baja en combate. Escobar sabía que algo estaba pasando, pero nadie le prestó atención. Fue El Espectador el primer medio que recogió su relato y que empezó a mostrar que se trataba de una práctica continuada.
Pero a pesar de las denuncias y su comprobación, gran parte del país negó los hechos. El mismo presidente de la República de entonces, Álvaro Uribe Vélez, afirmó días después de que apareció el primer joven muerto en Ocaña, el 7 de octubre de 2008: “Los jóvenes desaparecidos de Soacha fueron dados de baja en combate, no fueron a recoger café, iban con propósitos delincuenciales”. Lejos de que el tema escandalizara a los colombianos, a muchos, incluido el presidente, les pareció bien que esos muchachos hubieran sido asesinados, porque al fin y al cabo, si eran delincuentes, estaba bien que estuvieran muertos. Quince años después, todos supimos que eran muertos inocentes.
Una muestra de lo acostumbrados que estamos a dividir los muertos en buenos si son dados de baja por quienes son afines ideológicamente fue la insólita burla de cierto sector de la izquierda ante el ataque sufrido en Ucrania por el escritor Héctor Abad Faciolince, el excomisionado Sergio Jaramillo y la periodista Catalina Gómez, que terminó con el homicidio de la escritora ucraniana Victoria Amelina, víctima de un misil ruso. Ver la sorna de muchos sin importar la muerte de tantos, solo por la simpatía con el gobierno ruso, es comprobar una vez más que en el país no nos duelen los muertos por ser muertos sino por el bando ideológico en el que caigan.
Tal vez solo superaremos la violencia que nos ha definido por décadas cuando entendamos que cada muerto es una tragedia, sin importar de qué orilla esté. Cada vida perdida a manos de la violencia es un fracaso como sociedad. Aun si se trata de un criminal, una sociedad falla cuando un niño cualquiera se convierte en un delincuente.
Una persona asesinada es una vida desperdiciada, una vida perdida, un proyecto truncado, una familia incompleta. Y esa siempre será una tragedia.