Reprimir tus emociones no es matarlas, es ignorarlas, que sería lo mismo que enterrarlas vivas; por esto, llegan a tener tanto poder que en algún momento estallan en una explosión interior, reventando tu vida, tu entorno y tu ser.

El estrés, la ansiedad, la depresión, las migrañas, los dolores de espalda, las contracturas, los síntomas intestinales son expresiones de un desbalance interior: tu cuerpo se inflama como consecuencia de una especie de inflamación que ocurre silenciosa también en tu alma.

Bienestar es sinónimo de estar bien, ¿pero qué sucede entonces cuando la vida te duele? Podrías intentar mirar hacia otro lado, anestesiar tu dolor, ignorar tu sufrimiento o inclusive acostumbrarte a vivir con él y, lo peor, ¡hacerlo tu compañero de vida!

Pero esta actitud no soluciona nada y mucho menos te lleva a un lugar mejor; lo que sucede aquí es que vas cayendo en un sufrimiento vacío, carente de sentido, pues si te detienes a revisar la vida de grandes héroes de la historia, quienes han atravesado la brecha del dolor y el sufrimiento, verás que su determinación ha sido aprender de las situaciones de adversidad, para tomarlas como una escuela en la cual aprendieron a combatir la dificultad y la incertidumbre, hasta convertirlas en un triunfo personal.

En La bailarina de Auschwitz, un libro que relata de modo magistral cómo Edith Eger se enfrentó a aquello que no pudo cambiar ni controlar, Edith fue empujada durante su adolescencia a los campos de concentración de Polonia junto con su familia y tuvo que atravesar por el terrorífico valle de la muerte, abrazando su valentía y la poderosa fuerza espiritual que nació de su interior.

Durante su cautiverio la obligaron a bailar para el doctor Josef Mengele, el terrorífico médico nazi que seleccionaba sin piedad a los prisioneros que irían a las cámaras de gas para ser exterminados; Edith, con un temple indescriptible, cierra sus ojos y se transporta espiritualmente a sus épocas en las que se preparaba para participar en los juegos olímpicos como bailarina y gimnasta, equipo del que fue expulsada por el simple echo de ser judía.

Su valor e intrepidez le salvaron la vida aquella noche en la que se convirtió en la bailarina de Auschwitz y se hizo merecedora de un trozo de pan; trofeo que tuvo más valor en ese entonces que una medalla de oro, el cual guardó entre su bolsillo sucio y roto, roto como su corazón, pero que después compartió con sus compañeras de barracas, convirtiendo su dolor en un triunfo espiritual. Este es un sufrimiento lleno de sentido.

Te invito a que te distancies de tu dolor hoy y pienses: ¿mi dolor es un sufrimiento fértil? Es decir, ¿está dando a luz algún aprendizaje o se esta convirtiendo en una queja cotidiana vacía y seca, seca como aquel trozo de pan…?

“Quien tiene un para qué vivir es capaz de soportar cualquier cómo”, expreso Nietzsche en uno de sus pensamientos más poderosos.

En este sentido, Edith va narrando a lo largo de su historia cómo ella tuvo que soportar las experiencias límite más dolorosas y traumáticas que puede vivir un ser humano y, a pesar de ello, salir victoriosa, siendo capaz de darle un sentido a su sufrimiento, ¿cómo? Convirtiéndose en una gran psicóloga y guía espiritual para otras almas, que, como la suya, habían atravesado el umbral del dolor. Quienes han atravesado el túnel de la oscuridad te muestran el camino para salir de él.

¡No te duele para que sufras!, ¡te duele para que cambies! Esto es lo que trato de enseñarles a mis consultantes cuando llegan a mí con sus historias de dolor y desolación emocional.

Susana es una mujer de 50 años, bella, talentosa, con dos hijos sanos e inteligentes; es psicóloga y trabaja en un colegio, ha tenido una vida aparentemente feliz, hasta que un día es abandonada por su apuesto y poco romántico marido.

Él es un hombre distante que además nunca honró los mismos valores que Susana, pero ella tenía una meta, que yo la llamaría más bien una enferma obsesión: “Cueste lo que me cueste, debo mantener mi matrimonio y así mi familia permanecerá unida”.

Para Susana, uno de los valores más importantes, heredado del pensamiento crítico de su familia, es: “Debes mantener la apariencia, pues aunque estés rota por dentro es más importante lo que la sociedad piense de ti que ser auténtico, genuino y vulnerable; no se te dará el permiso de ser”.

Recuerda que lo importante no es el ser, sino el parecer, le gritaban desde su infancia.

La primera pregunta que le hice fue: Susana, intenta respirar apenas tus lágrimas te permitan salir de tu doloroso ahogo y cuéntame: ¿qué o a quién es lo que tanto extrañas? ¿Cuál es la definición de matrimonio o de marido para ti? Porque cuando pierdes algo muy valioso y bello, es claro que tu pérdida merece tu llanto, pero cuando lo que pierdes era tóxico y dañino para tu vida, entonces, ¿por qué o por quién lloras? “¡Yo no he hecho nada para merecer esto!”, me decía con un llanto desgarrador; “¿a qué horas tuvo ojos para otra? Pensé que tenía ojos solo para mí!”, decía. “Fui una imbécil y hasta me le arrodillé para que no me dejara, mendigué amor y compañía, pues tenía pánico al abandono, desde mi infancia fue mi peor temor”, continuó.

“Él, en cambio, en una actitud cruel y despiadada, me dijo: ‘No hagas esto más difícil, pues ya no te amo y eso es todo‘”. Susana, en medio de su dolor, no podía comprender que su problema radicaba en que era ella quien se había abandonado, que era ella quien no se amaba.

Tristemente, cuando no te amas a ti misma es difícil que los demás te amen; comprender esta realidad era el primer paso hacia su esclarecimiento.

Veo en consulta una gran confusión recurrente: las personas lloran una pérdida, creyendo que están llorando a una persona, pero en ocasiones lo que lloran es la pérdida de las expectativas de aquello que pudo ser y no fue. Entonces, cuando las llevo a ese discernimiento, sienten un aire de tranquilidad y pueden hacer el duelo por las expectativas de un sueño frustrado, más allá que a la persona misma, pues en ocasiones hay personas que salen de nuestra vida, siendo más un motivo de celebración que de duelo.

Recuerda que lo que no te mata te hace más fuerte, esto incluye a las personas, pero ¡no esperes a que te maten! ¡Aprende pronto y aléjate!

La medicina más fuerte contra la enfermedad de la dependencia emocional es la distancia, pues si no te ven, no tienen el alcance para destruirte. ¡Entonces hazte mudo e invisible!

Susana, como Edith, aprendieron que la fuerza está en su interior y que no podemos recuperar algo ni alguien que no nos pertenece. Edith perdió al amor de su vida en las cámaras de gas un día antes de ser liberados por las tropas americanas y Sofía perdió a un hombre a quien intentó encadenar, presa del pensamiento nocivo de que debía soportarlo todo hasta que la muerte los separara, pues ese era el cruel mandato que ella creía venía de su sociedad y de su religión, sin comprender que la muerte ya dormía entre ellos.

La vida te da personas, saberes y cosas que cuando los sientes tuyos se van, para enseñarte que nada ni a nadie posees. La libertad interior es un estado del alma, que aun estando en cautiverio puedes experimentar, pues nadie puede encadenar tu espíritu.

Mi píldora para el alma:

Si Edith Eger pudo, tú también puedes; si yo pude, tú también puedes escapar del pasado y sanar, para experimentar la libertad espiritual y darle un sentido a tu dolor.

Nuestras historias tienen tres partes:

- Nuestras historias de sufrimiento.

- Nuestras historias de sanación y liberación.

- Las historias de las almas que tenemos el honor de guiar y acompañar hacia la libertad interior.

¡La vida no te duele para que sufras!, ¡la vida te duele para que cambies y eleves tu existencia a una plena de sentido!