Carolina está realmente en problemas. Hace poco le cambiaron su jefe y aunque al principio la relación era muy buena, él está cambiando mucho y a veces ni la deja hablar, la interrumpe con frecuencia y le quita el mérito de lo que ella propone.
Caro me buscó y me dijo que dado que yo trabajaba con mujeres, ella necesitaba mi ayuda porque se sentía muy mal para manejar el tema. Me decía: “no sé qué hacer porque en realidad yo quiero tener una buena relación con él, pero no me gusta su estilo”.
Lo primero que ella quería descartar era una porción de micromachismo en esta dura dosis de falta de entendimiento. Podía ser una mala forma de manejar una inseguridad de macho alfa (lo pensé), pero dado que él no parecía ser igual con otras mujeres, decidí descartar esta opción radical del primer análisis.
Después de hablar varias veces con Caro y de usar algunas herramientas para entender el nivel de comunicación que tenían, hicimos evidente que era un tema de estilo. Su jefe fue educado en un sistema mucho más conservador y para él era muy importante la forma de comunicar. A él (por ejemplo) no le gustaba que las personas usaran malas palabras en el trabajo (puedo entender, pero algunos no la leen como insultos, sino como muletillas) y entendía menos que la gente se metiera en sus temas sin tocar la puerta.
Caro, tremendo ser extrovertido y arrollador, solo quería aportar, pero su dinámica era demasiado directa, extrovertida y un tanto desabrochada para su nuevo jefe. Tal vez estés pensando que su jefe era un personaje de generación pasada con todos los prejuicios listos para no entender a esta Caro llena de ímpetu. Pero no, su jefe, Daniel, solo tenía 2 años más que ella.
Encontramos juntas que ella necesitaba manejar mejor el conflicto. Ser realmente empática porque si hay algo real en la vida es que a los jefes uno no los escoge, llegan como maestros espirituales a enseñarte algo (tuve varios que me enseñaron todo lo que NO debe hacer un buen jefe). Teniendo como base la realidad de que a Carolina no le interesaba irse de esta empresa, decidimos hacer un plan de acción que le permitiera ganar la confianza de Daniel y ser feliz en el intento de hacerlo.
Se inspiró en un libro que suena a autoayuda básica, pero que es tremendo best seller y hasta Instituto tiene, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie. Observando, leyendo y siendo empática, logró entender que su jefe no la odiaba, no era machista, simplemente no quería que se le “metiera al rancho” sin avisar.
Luego de empezar nuevas prácticas de comunicación con Daniel, entendió que sí se podían entender. También fue importante hacerle ver a Carolina que no toda la responsabilidad era de su jefe. Era relevante que ella viera que la corresponsabilidad en cada acción era un hecho y que cada cosa que ella hacía traía consecuencias. Cuando me buscó, la versión era: “tengo un jefe machista que no me deja hablar” y poco a poco fuimos viendo que el tema era “tengo un jefe más prudente y analítico al que no le gustan las sorpresas, yo soy muy impulsiva, así que debo regularme para llegar a entendernos mejor”.
Al final, ahí van caminando, buscando un buen punto de encuentro en el cual se entiendan para aportar más a su trabajo que implica mucha innovación y resiliencia.
Si esta historia te suena conocida, si eres Carolina o Daniel, es bueno que te des cuenta. Razonemos sobre qué es lo que nos molesta y no nos deja actuar de manera cómoda. Cuando algo nos raya, el problema puede estar dentro de mí, así que no hay que buscarlo siempre por fuera.
Cuando tratas con personas, recuerda que no estás tratando con criaturas de lógica, sino con criaturas de la emoción, Dale Carnegie.