El ministro Germán Ávila se paró ante el Congreso de la República —la casa de la democracia— y declaró con satisfacción que estaba orgulloso de haber sido guerrillero. Lo dijo sin titubear. Sin rubor. Como quien cuenta una hazaña.
No sorprende. Este Gobierno lleva tres años tratando de reescribir la historia. Desde el mismo discurso de posesión, cuando el presidente Petro reivindicó a la primera línea —jóvenes condenados por múltiples delitos, entre ellos tortura— como si fueran héroes de una gesta libertaria, el tono quedó fijado.
Petro ha glorificado cientos de veces su pasado como “rebelde”. Ahora su ministro hace lo mismo. El mensaje que le llega a las nuevas generaciones es inequívoco: ser rebelde es ser criminal, y ser criminal es motivo de orgullo. Eso no es solo un problema de lenguaje. Es una pedagogía del mal. Y se refuerza con políticas concretas, como la de pagar por no delinquir —como si unos cuantos pesos resolvieran lo que solo resuelve una transformación profunda de valores.
Han querido venderle al país la imagen del M-19 como una generación de jóvenes idealistas que luchó por la justicia. Mentira. Secuestraron, asesinaron y masacraron. Se aliaron con Pablo Escobar —como lo reconoció el propio Otty Patiño, hoy cuestionado comisionado de paz, ante la Comisión de la Verdad. Nada de eso es pelear por un país más justo. Nada de eso merece orgullo.
Colombia había pasado esa página. Con dolor, sin justicia plena, sin que ninguno de ellos pisara una cárcel por el sufrimiento que causaron, y aun así, el país avanzó. Le dio una oportunidad a la paz. Fue Petro quien llegó a desenterrar ese dolor, a agitar esa bandera manchada de sangre, a restregarles a las víctimas su orgullo por esos crímenes.
Yo soy una de esas víctimas. Hablo desde ahí.
Mi tía tenía 19 años cuando miembros de ese grupo criminal irrumpieron con metralletas en una universidad, templo del saber; la arrastraron por una plazoleta y la mantuvieron secuestrada durante 22 meses de horror, encerrada en un walking closet. Sin televisión. Sin radio. Con un bombillo verde y uno rojo para no perder la noción del tiempo. Con una mica donde hacía sus necesidades. De vez en cuando, un libro viejo o una revista. Eso era todo. Eso es tortura. No solo para ella, sino para cada miembro de nuestra familia, que esperó día tras día imaginando lo que le estaban haciendo.
Ministro Ávila: no sea tan miserable. Nadie puede sentir orgullo por eso. Decir algo así solo confirma que nunca creyeron de verdad en la paz, que jamás se arrepintieron de los crímenes que cometieron y que tienen un corazón que todavía no distingue entre el bien y el mal. Ese mismo mensaje es para el presidente y para todos los que, a diario, nos refriegan esa bandera.
La reconciliación —la verdadera— no se construye dando gabelas a criminales. Se construye con arrepentimiento genuino y reparación a las víctimas. Lo que este Gobierno ha hecho es lo contrario: someterse a los bandidos y revictimizar a quienes sufrieron su crueldad.
Si Dios quiere, en pocos meses se van. Pero el daño invisible que dejan es enorme. Dejan un país con más dolor del que encontraron. Un país donde emprender es pecado y matar es orgullo. Donde los victimarios se convierten en víctimas y las víctimas en victimarios. Una generación confundida a la que los mensajes del Gobierno empujan hacia el camino equivocado.
Qué daño el que han hecho. Y, sobre todo, qué revictimización tan cruel la que le han infligido a cada persona que padeció su barbarie.
Colombia no lo va a olvidar. Y no lo va a permitir.