Este artículo forma parte de la edición 165 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista. Tuve ese sueño con el misionero que está tumbado en su cama, el misionero flaco y cansado, con los huesos largos por alguna enfermedad selvática, y después desperté. Pronto amanecería, pero estaba todavía oscuro. Abrí la ventana y el cielo seguía ahí, esta vez era de cristal, el espacio azul y puro flotaba por encima de los feos bloques de ladrillo, cenicientos y compactos, y las mirlas invisibles empezaban a cantar. Es sorprendente que cuerpecitos tan pequeños puedan llenar el espacio de este modo. Pero no son sus cuerpos, es su canto. Me hundí de nuevo en la almohada y me pregunté qué podía significar el sueño del misionero, si es verdad, como creían los antiguos, que los sueños de la madrugada son proféticos. A esa hora, la mente es adivina en sus visiones: es lo que dice Dante en un canto del “Purgatorio”. Yo sabía que el hombre de mi sueño era misionero, aunque no tenía las ropas desgarradas que, me imagino, es el traje obligado de cualquier misionero respetable. Tampoco había ninguna cruz en los muros de su casa en la selva. Era seguro que el misionero iba a morir por la enfermedad en sus huesos. Hay un diálogo de Platón que empieza con un sueño profético en la madrugada. Critón se cuela en la celda de Sócrates, envuelto en la luz gris del amanecer y en una capa negra. Sócrates duerme, está soñando. Critón se queda quieto cerca de su amigo y espera a que despierte. Estás aquí, le dice Sócrates al despertar. Critón cree que Sócrates morirá al día siguiente, porque Atenas espera el regreso de un barco sagrado: mientras ese barco esté navegando, ninguna sentencia de muerte puede ser ejecutada. Y cuenta, muy afligido, que alguien ya ha visto el barco cerca de las costas. Seguramente llegará a Atenas ese día que apenas comienza, y Sócrates entonces tendrá que morir al día siguiente. Si ha de ser así, que así sea, dice Sócrates, pero no creo que muera mañana. ¿Por qué?, pregunta Critón. Porque he tenido “un sueño muy claro”: el barco llegará mañana, moriré pasado mañana. Idea: una columna de Andrea Mejía Qué extraño un sueño que aplaza la muerte para un día después de mañana. La noche anterior a la madrugada del sueño del misionero había leído un canto del “Infierno” en el que unas bolas de fuego se levantan desde el fondo de una peña. Soles, cápsulas, dientes de león en llamas. “Una era un barco, otra era una casa, otra era una flor”, escribe Joyce, por su parte, en su Ulises sobre unas pequeñas píldoras que un chino arroja en un vaso de agua. En Dante, la luz cegadora de las bolas de fuego impide ver que en cada una, guardado adentro como una semilla, como el núcleo de una estrella ardiente, hay un pecador. El alma sufriente de un pecador. Es una visión aterradora. Desde uno de esos nidos de fuego, la voz de Ulises cuenta cómo acabó su vida por cruzar los límites del mundo conocido y habitado; navegó por los mares del sur, bajo otras estrellas. Los antiguos también creían que el hemisferio sur, por debajo de la cinta de sol y oro del Ecuador, era solo mar, un gran casco de agua, un hemisferio marino inmenso. Y no estaban tan lejos de acertar: en el hemisferio sur la tierra es poquísima en comparación con el mar. “La noche vio estrellarse todo el cielo / de otro polo”, cuenta Ulises en el “Infierno”. Eran las estrellas de otro mundo. De un mundo que es el gemelo de agua del mundo. Ulises no sale con vida de ese gran mar que se extiende sobre la mitad sur de la Tierra. Después de pasar cinco noches navegando, se encuentra con una montaña oscura, muy alta. El agua lo sepulta. “Por fin, el mar por siempre nos arropa”. Así acaba el canto de Dante. Pero antes de morir, Ulises debió ver desde su barco las estrellas pálidas, aterradoras y lejanas. La Cruz del Sur, helada y resplandeciente, circunnavegaría el cielo con sus líneas invisibles de diamante. Y por encima de la cabeza de Ulises, flotaría el centro de la Vía Láctea que hoy pasa justo por encima de los habitantes de Santiago. Desde el casco más azul de la Tierra, Ulises vería el cielo austral con su corona de estrellas. Y ahora está ahí, en esa celda de fuego que es casa, barco y flor. Vive bajo un cielo sin estrellas. Porque esa es la condición meteorológica, teológica y poética del infierno: la de un cielo sin estrellas. A lo mejor no son proféticos los sueños de la mañana, quién sabe. A lo mejor mi misionero, envuelto en una nuez en llamas, escapó de los hemisferios en los que fue soñado, flota ahora en la pureza del espacio, y me ha dejado a mí solo sus huesos enfermos y cansados. Lea todas las columnas de Andrea Mejía en ARCADIA haciendo clic aquí
OTRA TIERRA
Otras estrellas, una columna de Andrea Mejía
“Me pregunté qué podía significar el sueño del misionero, si es verdad, como creían los antiguos, que los sueños de la madrugada son proféticos”.
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Andrea Mejía
24 de julio de 2019, 11:50 a. m.