El ministro de ambiente anunció que considera “crear” un “ecosistema controlado” para los hipopótamos de Escobar. La idea suena bien para las redes sociales, pero no sería un ecosistema, sino más bien un costoso refugio de especies invasoras.
Los ecosistemas son básicamente lugares donde las especies biológicas interactúan entre sí y con el entorno físico. Por su parte, la idea de “ecosistemas controlados” ha sido usada para entender mejor cómo funcionan dichos sistemas naturales en escalas más pequeñas, con fines de investigación y manejo, no para mantener con vida especies invasoras a costa de la salud del entorno. Nada que ver con lo que sugiere el ministro.
Es cierto que los ecosistemas admiten, hasta cierto punto, ser intervenidos y transformados, y no por eso dejan de ser tales. Hombres y mujeres llevan miles de años haciéndolo. Sin embargo, encerrar decenas de hipopótamos en el Magdalena Medio es, por definición, lo contrario a un buen manejo del ecosistema, pues hace imposible un equilibrio en las poblaciones de flora y fauna, justamente porque de manera terca y contra toda evidencia, se ha decidido mantener con vida individuos que nada tienen que hacer allí.
A lo sumo, será un territorio deteriorado, que al final de la vida de los paquidermos, si es que logran detener su reproducción, necesitará restauración. Estamos hablando de una guardería de hipopótamos sin fines de conservación que, para no salirse de control, requerirá permanentemente cuidado e inyección de capital. Según el veterinario César Rojano, mantenerlos vivos y aislados costaría cerca de 18 millones de dólares por año.
En lugar de gastar el dinero que no tiene en mantener los hipopótamos de Escobar, el Ministerio debería tomar el toro por los cuernos y sacrificar un número estratégico de ejemplares para restringir su crecimiento exponencial. Para ello, debe reinterpretar la ley animalista, por anti técnica, pero sobre todo por inconstitucional, pues afecta la protección de los ecosistemas y el derecho a un ambiente sano. Hay varias formas: Puede emprender una acción judicial para que un juez la inaplique, promover su reforma en el Congreso, o demandarla en la Corte Constitucional. En cualquier caso, dicha ley no es intocable.
El primer paso para negociar una salida sensata a la bomba de tiempo de los hipopótamos es llamar las cosas por su nombre. Mantener con vida sesenta u ochenta paquidermos africanos de gran tamaño en el Magdalena Medio puede ser etiquetado de muchas maneras, pero no es un ecosistema controlado. Antes bien, es un cúmulo de costosos impactos ambientales sin justificación ecológica. No tienen depredadores ni ciclos climáticos que controlen la población; por el contrario, cuentan con abundantes recursos. Con certeza, dadas las normas de bienestar animal, el cuidado humano alargará su expectativa de vida, consumiendo por décadas los escasos recursos del Sistema Nacional Ambiental.
Es hora de aceptar que lo que se quiere hacer con los hipopótamos no es conservación, ni medidas de manejo, ni política ambiental, ni protección de la vida y bienes del campesinado de la zona, sino un santuario de especies invasoras, una de las principales causas de pérdida de biodiversidad a nivel global, pensado para ciertas audiencias de las ciudades, particularmente Bogotá.
Nota: El vallenato no tiene la culpa de lo que ha hecho el paramilitarismo.