Alguna vez tuve que viajar a El Salvador poco después de un grave sismo. El edificio que visité, al igual que muchos otros del vecindario, mostraba signos evidentes de deterioro. Ante mi sorpresa por ver las paredes recién pintadas, me dijeron que la pintura era antisísmica; luego de una sonora carcajada colectiva, pude entender que, como odiaban ver las grietas, pero carecían de recursos para acometer la reparación de los daños estructurales, habían optado por cubrirlas…

Pasa algo parecido con la ley estatutaria de la educación presentada por el Gobierno, que no intenta resolver ninguno de los problemas de los que adolece el sector. Plantea, sin embargo, un generoso inventario de anhelos incuestionables, sin que se sepa de qué manera, cómo y cuándo se realizarán esos laudables objetivos.

Los ríos de leche y miel comienzan a fluir —cómo no— con el derecho fundamental de los niños, que no solo abarcará el grado de transición, que es ya obligatorio, también los de prejardín y jardín. ¡Hurra! En relación con la educación media, se asume el compromiso de garantizar jornada completa en todo el país. Merecidos aplausos. La educación superior será universal en todas sus modalidades, incluida la técnica. ¡Magnífico!

Los móviles que se invocan para la expedición de la ley son deleznables. El primero consiste en que la expedición de una ley estatutaria sobre educación es una deuda histórica contraída desde 1994. Sería necesario saber cuáles son las poderosas razones que hacen necesario cancelar, en este momento, esa supuesta obligación (¿contraída por quién, con qué propósitos?). Igual podría decirse que lograr la paz total, eliminar la pobreza, erradicar los cultivos ilícitos, recuperar la navegación por el río Magdalena y muchos otros laudables objetivos, son “deudas históricas”. ¿Las pagamos todas mañana mismo? ¿Cuáles sí, cuáles no, y por qué?

Otro conjunto de argumentos gira en torno a la solución de hipotéticos problemas jurídicos. Doy dos ejemplos:

“Luego de más de treinta años de jurisprudencia constitucional, es útil y necesario sistematizarla para la garantía y avance del derecho”. Si fuere necesario compilar la jurisprudencia, bastará pedírselo a la propia Corte que lo haga, como suele suceder, a través de una sentencia de unificación. Todavía más sencillo: el gobierno tiene la capacidad de publicar y difundir, de manera ágil y pedagógica, los diferentes fallos de ese tribunal.

Mediante una ley estatuaria “se pueden resolver problemas de tipo constitucional o prácticos que siguen siendo hoy barreras de la garantía del derecho”. Nos quedamos sin saber cuáles son esos problemas prácticos, los cuales, como es evidente, requieren soluciones… prácticas. Para tapar un hueco suele ser mejor tener una pala, cemento y un par de obreros que expedir un decreto. Y, por supuesto, los problemas constitucionales son competencia de los jueces que aplican la Constitución, no del Congreso.

Por último, se señala que esa ley debe ser expedida para cumplir promesas de campaña de Petro y Márquez. Aunque es comprensible que ellos lo intenten (están en el juego electoral), esa no es una razón suficiente para que el Congreso apruebe su propuesta. Este tendría que cerciorarse de que la iniciativa corresponde al interés nacional y que sus objetivos no se agotan, como creo, en fortalecer la fidelidad de las huestes petristas vinculadas a la educación estatal.

Del lado opuesto, es preciso señalar que no se afronta en la iniciativa llevada al Congreso el grave problema de calidad de la enseñanza, que no obedece exclusivamente a la falta de recursos (países con un gasto estatal semejante al nuestro obtienen mejores resultados). No se arrojan luces sobre el sistema de retribución de los docentes universitarios estatales, el cual concede un peso desproporcionado a la investigación en detrimento de la enseñanza. No se aborda la educación no presencial, ni la competencia virtual de universidades extranjeras, muchas de ellas de garaje o piratas.

El Presidente ha ofrecido quinientos mil cupos nuevos en la educación superior. Si esa cifra está sobreestimada —como muchos expertos lo creen— o la educación que se ofrezca no es pertinente, estaríamos incubando una frustración enorme para el futuro: que muchos graduandos salgan al mercado laboral y nada distinto consigan a medrar en actividades informales, como sucede en Cuba y Venezuela.

Nuestro país reafirmó en la Carta del 91 que quiere una educación mixta, en la que participen entidades estatales y privadas. Es necesario discutir, por consiguiente, de qué manera se lograría que los recursos públicos sean asignados con criterios de calidad y de eficiencia entre todas las instituciones de educación superior. Por el camino estatizante que permea todas las propuestas del actual gobierno, podemos llegar a un resultado perverso: que tengamos una proporción elevada de estudiantes de bajos recursos formados en universidades públicas de mala calidad, tal como hoy sucede (la Nacional y la de Antioquia —mi Alma Mater— son excepciones), mientras que los que puedan pagar irán a las privadas, las cuales, en promedio, ofrecen mejor educación. No es posible imaginar una opción peor para ampliar la brecha en una sociedad tan desigual como la nuestra.

Sin duda, tiene que haber educación étnica para indígenas y negros, pero teniendo el cuidado de no convertirla en una suerte de apartheid a la inversa, que dificulte todavía más a esos colombianos integrarse a la sociedad nacional. Y, por supuesto, preocupa el gobierno de facto que ejerce Fecode en el sector educativo, el ausentismo de sus docentes y su resistencia perenne a ser evaluados.

La ley estatutaria debería archivarse por inútil. Como lo dijo el presidente Rafael Reyes a comienzos del siglo XX: Necesitamos “menos política y más administración”.

Briznas poéticas. Rafael Cadenas nos habla de un amor hecho de rutinas, silencios y gestos que también son la vida:

Matrimonio

Todo, habitual,

sin magia,

sin los aderezos que usa la retórica,

sin esos atavíos con que se suele recargar el misterio.

Líneas puras, sin más, de cuadro clásico.

Un transcurrir lleno de antigüedad,

de médula cotidiana,

de cumplimiento…