Esta elección presidencial repugna. Tal vez la mente es frágil o los años cargan ese constante anhelo de que “todo pasado fue mejor”, pero no recuerdo una elección presidencial en la que se sintiera que cada día es más turbio que el anterior y en la que las noticias de campaña fueran a diario los ataques en redes, las filtraciones, la utilización de los recursos más bajos, como la muerte de un hijo o el pasado guerrillero de un candidato, para tratar de destruir al contendor.

Conocidos esta semana los videos de la campaña de Gustavo Petro, revelados por el periodista Gustavo Gómez y por la revista SEMANA, en los que se escucha a Roy Barreras dar instrucciones de cómo acabar con los contradictores políticos Sergio Fajardo y Alejandro Gaviria, y luego al asesor Sebastián Guanumen planeando difundir rumores en contra de Federico Gutiérrez, queda claro que esta bajeza de campaña no es una consecuencia de un país desesperado, sino una estrategia pensada y estructurada de forma consciente.

Pero tan repugnante es escuchar lo que se habla en privado en esta campaña, de cómo se planea destruir la dignidad de los opositores, como la justificación del mismo Roy Barreras y de los demás miembros de campaña, incluido Gustavo Petro, de este actuar.

Para la campaña del Pacto Histórico, lo verdaderamente relevante de estos videos no es lo bajo y ruin de las intenciones de sacar de la competencia a los contradictores a través de su destrucción moral, sino el haber sido supuestamente “chuzados” por el Gobierno nacional, el argumento más facilista para enfrentar la crítica. Pasar de agresor a víctima es el giro más fácil para no tener que dar explicaciones, sino exigirlas.

Es inconcebible escuchar a un Roy Barreras o a un Iván Cepeda o a un Luis Fernando Velasco o al mismo Gustavo Petro afirmar que nada raro hay en el contenido de esos videos, pues “la política es así”, o que eso lo hacen todos o que es la única forma de llevar a cabo una campaña política, con base en mentiras, agresiones y destrucción.

Es como si el país asistiera a la muerte de la decencia y no quedara más opción que elegir a candidatos que desconocen los mínimos de respeto en la contienda, en medio de un país que aplaude cada agresión, cada abuso, cada cruce de los mínimos de respeto de dignidad que la condición humana impone. Es como si Colombia hubiera decidido que es válido pasar por encima de quienes sea y cómo sea, y que no es solo válido, sino que se convirtió en la única manera de hacer política.

Dice Roy Barreras que no hay nada ilegal en ello, casi que tampoco nada malo, pues “son conversaciones de estrategia, analizando competidores y escenarios, como lo hacen todas las campañas del mundo”. Como si no existiera más opción que denigrar, destruir y calumniar.

En medio de este convulso panorama, Sergio Fajardo insiste en que se puede hacer política de forma distinta, sin tener que llevarse por delante al que se enfrente. “Se puede hacer política limpia, no lo duden. Llegará el momento”, dice Fajardo, en un comunicado en el que expuso por qué votará en blanco.

Y de una vez su llamado a la cordura es tildado de tibieza, de falta de carácter, de ridiculez. ¿En qué momento en este país ser conciliador se convirtió en un símbolo de debilidad? Es la misma lógica por la cual aquí se sigue sosteniendo que es de bobos respetar las normas de tránsito o hacer la fila o devolver los vueltos de más. Es esa lógica de que quien no saca provecho de una situación o pasa por encima de los demás sencillamente es un “huevón”.

¡Pues cómo nos hace falta un país de “huevones”! Un país de gente “boba” que respete al otro, que esté dispuesta a considerar que se puede convivir en las diferencias y que no es necesario aniquilar al otro (ni física ni moralmente) para ganar.

¿Cómo sería este país si cada vez existieran más “bobazos” dispuestos a respetar cosas tan simples como un carril exclusivo, una fila en un teatro o un turno para un trámite?

Yo sí creo, al igual que usted, doctor Sergio Fajardo, que hay maneras distintas de hacer las cosas. Que Colombia viviría otra realidad si a cada infracción de tránsito no existiera un colombiano dispuesto a sobornar un policía, y un policía listo a recibir el soborno; si lográramos formar a nuestros hijos en ser cada vez más “pendejos”, y que sientan imposible ser corruptos o agresores, o que no se les ocurra jamás que se vale armar estrategias para destruir moralmente al rival e inventarle historias que denigran o romperlos como sea para pararse encima.

Pero me temo que estamos bien lejos de esto y que, al menos por ahora, nos esperan cuatro años de gobierno de “vivos”, de esos colombianos que son ejemplo para muchos, porque arman estrategias de campaña sucia, destruyendo al opositor, regando mentiras sin límite en las redes sociales, o porque han hecho de la grosería un sello personal que se aplaude, que emociona, a la espera del próximo madrazo o, ¡por qué no!, de otro bofetón.

Me temo, doctor Fajardo, que nosotros, los “huevones”, los que seguimos creyendo que es posible un país distinto, los que seguimos llamando al diálogo, a exaltar la decencia, seguiremos siendo vistos por ahora como tibios, como débiles, como incapaces.Pero, de pronto, después de estos cuatro años, cuando nos cansemos de los gritos o de la campaña negra o de las alianzas sin pudor, nosotros, los “huevones”, nos coticemos al alza.