Se ha puesto de moda una frase de Fedor Dostoievski, la tolerancia llegará a tal nivel que las personas inteligentes tendrán prohibido pensar para no ofender a los imbéciles. Nos lo dice el ruso, autor de Crimen y Castigo, novela cuyo título parece, este sí, cada vez menos aplicable. Nos desnuda en que sigamos sucumbiendo al relativismo, al todo es gris, al todo es opinable. En que no existen criterios objetivos de lo que funciona y lo que no.

Parte de lo que se argumenta es que la experiencia no cuenta, que la innovación no es un proceso encadenado que se produce gracias al eslabón anterior sino un proceso aleatorio que sale mejor en la medida que destruye, como doctrina de aproximación a todo aquello que se construyó en el pasado. Alejarse de la evidencia se tolera.

Las generaciones anteriores, de los baby boomers y hasta los millenials y todo lo que construyeron fueron una equivocación mayor que la moda de los 80 o los videojuegos de los 70. La aproximación pragmática a la vida, a la solución de problemas, se ve adormecida y ahogada por una mayoría inculta que impone su maniqueísmo como único criterio para determinar, no desde la ciencia ni la evidencia sino desde lo políticamente correcto, los caminos a seguir.

Se constituyen manadas de odiadores, cardúmenes de perezosos que en una única voz definen lo que se debe y no se debe, lo que se puede o no se puede, lo que conviene y lo que no conviene. Lo hacen amparados en grandes principios como la paz y la libertad, el derecho a la salud y a la vida digna, y como consecuencia lógica descargan el peso de la responsabilidad en quienes desde el pasado les han entregado una realidad imperfecta, llena de contradicciones: los otros. No tienen espíritu crítico y desprecian el método analítico: los Aristóteles, Platón, Descartes, Kant, han muerto para ellos. Todo argumento es amañable si es para justificar su punto de vista, todo se soluciona con una presentación bien fashion y un par de influencers que la esparzan entre el rebaño.

El proceso de mejoramiento continuo es ajeno a ellos. Si los resultados son opuestos a los esperados no es responsabilidad de su pensar y actuar sino de quien lee los resultados, obviamente influenciado por las encarnaciones del mal. Si la realidad va en contra de sus intereses, lo que está mal es la realidad, por lo cual no tienen ningún problema en permitir la victoria de su interpretación subjetiva. De entrada y sin ninguna duda su razonar, su visión del mundo y sus eslóganes, son los correctos, por encima de cualquier evidencia empírica.

Los imbéciles de Dostoievski han llegado al poder en muchos países porque son más, debido a que pocos tienen el privilegio de entender la causalidad de los fenómenos en un mundo donde el camino fácil es el camino correcto. Desde izquierda o desde la derecha, no solo ven el mundo desde un ángulo obtuso sino que tienen entre ceja y ceja imponer a los demás, los otros, los equivocados y malintencionados, su visión onírica.

En cada vez más casos se montan con un populismo sin precedentes, destruyendo poco a poco el legado de sus padres, su abuelos y sus genes. Son ellos los que, gracias a la pirámide poblacional, definen en democracia, inicialmente, que visión del mundo perdura. Poco a poco se autodestruyen, y en el agua tibia de su tolerancia no advierten el fogón que la calienta y los hervirá. El progreso no aparece como consecuencia a su actuar y en su frustración toman su nombre, como colectivo, de lo que nunca lograrán.