Paloma Valencia desafía a Sergio Fajardo por el centro político a través de Juan Daniel Oviedo. Mientras tanto, Claudia López pierde peso como protagonista de ese espacio, pero su decisión sigue siendo determinante: si se une a Paloma, puede darle el argumento que le falta para imponerse sobre Fajardo.
El centro que representa Claudia es el mismo que hoy disputa Sergio. Aunque comparten electorado, lenguaje y punto de partida —el rechazo al petrismo y al uribismo— no son lo mismo. López incluso intentó acercarse a Fajardo en esta campaña, pero él no aceptó. Sus diferencias, aunque imperceptibles para el votante, son estructurales.
Fajardo ha hecho de la neutralidad su identidad. Nunca toma partido. Prefiere no moverse de ese lugar y es fiel a sus principios. Muestra de esa coherencia es que ya empezó a marcar a Oviedo como derecha, y su pareja sentimental, la excanciller María Ángela Holguín, dedicó la semana a cuestionarlo como representante del centro. No es una contradicción: es una forma de delimitar su espacio, incluso si eso implica cerrarlo.
Claudia es distinta. También es de centro, pero decide. Ha tomado partido antes. Apoyó a Petro cuando creyó que era lo mejor. Ese rasgo que muchos le cuestionan es justamente el que hoy vuelve relevante su papel. Esta vez podría ver una mejor opción en Paloma, que además ha insistido en abrirles la puerta a quienes hoy se denominan como “petristas arrepentidos”.
Ese centro al que todos apelan contiene diversas posiciones.
Está el centro que rechaza extremos, donde están Claudia y Fajardo. Está el centro técnico, que prioriza la capacidad de ejecución sobre la ideología y están los partidos tradicionales, que no responden a la representatividad ciudadana sino a la viabilidad de las candidaturas.
Ese extenso y etéreo sector político es donde varias campañas están compitiendo.
Paloma lo entendió al escoger a Oviedo. Él representa ese centro técnico, urbano, moderado en las formas, aunque con diferencias frente a la derecha en temas sociales. Abelardo de la Espriella intenta ampliarse hacia ese mismo espacio con José Manuel Restrepo, un perfil académico que le da tranquilidad económica a un segmento cercano a la centro derecha.
Iván Cepeda, por su parte, busca reducir el temor. La entrada de Juan Fernando Cristo y Ariel Ávila a su campaña apunta a hablarle al centro en general. Cristo ha repetido hasta el cansancio que no habrá constituyente, sino un acuerdo nacional. Es un esfuerzo claro por moderar la percepción, aunque todavía no ha logrado convencer a nadie.
Los dirigentes de los partidos tradicionales no se mueven por afinidad ideológica sino por cálculo político. Hoy, la mayoría ve en Paloma la opción con más garantías, pero no de manera unánime. Cepeda ya ha logrado atraer algunos congresistas —incluso de sectores conservadores— y otros se inclinarán por Abelardo a título personal, sin comprometer formalmente a sus partidos. Más que actuar como un bloque, funcionan como una red que se acomoda según dónde perciben poder.
En medio de todo está el votante que define las elecciones: el urbano, poco ideologizado, que no sigue la política todos los días pero sí vota. Ese votante no responde a etiquetas ni a discursos complejos. Se mueve por algo más simple: quién le da confianza, quién le transmite estabilidad y quién parece capaz de gobernar para todos.
Algunos apelarán directamente a la decisión del ciudadano, pero las alianzas son estratégicas si se quiere manifestar la voluntad de unión.
Katherine Miranda —cercana a Angélica Lozano y a Claudia— ya dio el salto hacia Paloma. Lozano ha moderado su postura frente al proyecto con Oviedo y no sería extraño que figuras como Catherine Juvinao también terminen acercándose.
Ese bloque —López, Lozano, Miranda y Juvinao— no solo suma nombres: construye un puente creíble hacia el centro puro e incluso hacia sectores de centroizquierda. También introduce un factor que puede ser decisivo: el voto de la mujer. Paloma tiene la posibilidad de ser la primera mujer presidente, pero no ha logrado capitalizarlo. Una alianza con estas figuras no solo amplía la base, sino que le da legitimidad en un segmento que hoy no la ve como propia.
Claudia enfrenta entonces un dilema claro.
Si se mantiene, con sus 600.000 votos, corre el riesgo de que Fajardo la diluya y capture por completo ese sector de centro que comparten. Si se retira y apoya a Paloma en primera vuelta, podría verse como oportunista, pero logra afectar la votación del centro a Fajardo y reconfigura por completo ese espacio político.
No porque traslade automáticamente esos votos, sino porque envía el mensaje que ese electorado está esperando: que ahí, en el proyecto de Valencia, sí hay una opción amplia, viable y representativa del centro. Algo que, hasta ahora, la sola presencia de Oviedo no ha terminado de consolidar.
La decisión no depende solo de Claudia. Paloma Valencia también tiene que hacer su parte. Si quiere que ese centro llegue, debe volverse una opción más atractiva, el centro no se suma por invitación: se gana por confianza.
López es libre de decidir. La consulta ya se hizo, jurídicamente no está obligada a nada y los supuestos costos en los que incurriría nunca han sido aplicados como sanción. Nada de eso es el problema. El precio es político.
Aunque para Claudia, evadir la decisión podría resultar aún más costoso. Si no actúa ahora, es probable que en segunda vuelta termine apoyando a Paloma de todas formas, pero para entonces puede que los dos extremos que López ha rechazado con más vehemencia sean las únicas opciones en el tarjetón.