Los atentados de los últimos días en el suroccidente del país, que dejaron más de 20 muertos y 15 heridos, no solo son producto del empoderamiento de las organizaciones criminales en estos cuatro años, con la complicidad del presidente Gustavo Petro, sino también de la debilidad de unas Fuerzas Militares que vienen en retroceso desde el Gobierno de Juan Manuel Santos y que sin duda se profundizó con el actual Gobierno.

Obviamente, el fin del Plan Colombia y de la política antidrogas que Santos acordó con las Farc, y que el Gobierno Obama en Estados Unidos aprobó, más la disminución en el pie de fuerza como consecuencia del proceso de paz –para no hablar de una moral por el piso, pues en 2010 las Fuerzas Militares eran victoriosas frente a la guerrilla y en 2018 estaban derrotadas y eran las victimarias– creó dos efectos. El primero, la disminución del control territorial. El segundo, un creciente negocio de la coca que empoderó tanto a las disidencias de las Farc como al ELN. Con Petro y su paz total todo empeoró. La droga pasó de 200.000 a 300.000 hectáreas y el control territorial de estas organizaciones creció. El resultado: un aumento en la tasa de homicidios, secuestros, desplazamiento y terrorismo, y la percepción de inseguridad a lo largo y ancho del país.

Así estamos hoy, pero en lo que no podemos caer es en pensar que el problema lo debemos abordar como antes. La guerra cambió, la tecnología cambió, y hay que enfrentar este nuevo reto desde una perspectiva de innovación, que si se hace bien va a tener muchos mejores resultados. Claro, hay que resolver el problema del pie de fuerza, el del control territorial a corto plazo –la política de Soldado de mi Pueblo y Policía de mi Pueblo durante el Gobierno de Álvaro Uribe es una buena opción–, de la moral, de la inteligencia, de la logística, del presupuesto y del liderazgo. Pero en el mundo cambió la guerra y cambió la tecnología, y eso nos tiene que llevar a repensar por completo la estrategia militar y policial de seguridad, de control territorial y de neutralización de enemigos, como son los narcos y los grupos terroristas.

Esta reorganización, en primera instancia, necesita la creación de una nueva institución que se encargue del tema de inteligencia artificial y de la aplicación de esta a instrumentos fundamentales en la ejecución, como los drones y las cámaras de seguridad. ¿Será que hay que crear una nueva fuerza dentro del Ministerio de Defensa o será un ministerio aparte? Lo primero es que debe tener total autonomía, pues la innovación necesita flexibilidad, rapidez en la ejecución, no tenerle temor al fracaso y rápidamente aprender de los errores. Lo segundo es que debe tener flexibilidad y capacidad de contratación de las mejores mentes en Colombia y en el exterior para diseñar todo el entorno de inteligencia artificial para la guerra y para la seguridad. Lo tercero es tener alianzas estratégicas fundamentales, en primera instancia, con el país que más desarrollo tiene en este tema, que es Ucrania, pero también con Israel, Turquía y Estados Unidos. Sin embargo, es clave no depender de estos países y tener autonomía, sin dejar de lado lo que es la cooperación tecnológica y de infraestructura.

El cuarto punto es la gran oportunidad política y económica para Colombia. Hay que tener una política agresiva de alianzas público-privadas para desarrollar y construir todos los instrumentos de software y hardware de esta nueva tecnología militar. Es decir, construir fábricas de drones de todos los calibres en el país y, de paso, al hacerlo de manera rápida, convertir a Colombia en proveedora de esta tecnología para otras naciones del continente. No hay que dejar pasar esta oportunidad de crear una nueva industria que genere miles y miles de empleos a lo largo y ancho de la nación, y, de paso, nos provea la seguridad que todos queremos. En América Latina, Colombia hoy, después de Brasil, es el país con la mayor competencia en sus trabajadores en inteligencia artificial. Claro, casi todos trabajan para empresas en el exterior.

Las guerras de Ucrania y de Irán mostraron el nuevo camino de la tecnología, de muy bajo costo, además, para confrontar amenazas o enemigos. Es más, hace unas semanas, en un ejercicio militar entre la Otan y Ucrania, esta última destrozó a una de las instituciones militares más poderosas del planeta. Con el uso de la nueva tecnología también se requiere de un cambio fundamental en operaciones, en estrategia y en tácticas, para lo que los ejércitos tradicionales no están preparados.

Lo mismo aplica para guerras irregulares, como las que hoy vive Colombia. Finalmente, la tecnología les da una ventaja superior a las fuerzas regulares sobre las irregulares. En un futuro a corto plazo, esos criminales no van a tener donde esconderse, las selvas no les van servir, no van a tener cómo hacer emboscadas y no van a poder mover droga por ríos o costas, como hoy lo hacen. Ni hablar de la posibilidad de acabar con toda los cultivos de coca en un año, algo que con la tecnología de hoy es posible.

Lloremos a nuestros muertos. Exigirle a Petro que haga algo al respecto o que asuma la responsabilidad por ellos es pedirle peras al olmo. A quien sí le debemos exigir es al próximo presidente, quien debe llevarnos al siglo XXI en materia militar y de seguridad. Si no es Iván Cepeda, claro está