Hay algo profundamente triste que está pasando en Colombia y no tiene que ver únicamente con los políticos. Tiene que ver con nosotros.
Tengo la fortuna de tener grandes amigos. Personas inteligentes, divertidas, generosas, capaces de sostener conversaciones memorables sobre cualquier tema: libros, tecnología, negocios, fútbol, hijos, viajes, inversiones o películas. Amigos con los que uno podía sentarse durante horas a arreglar el mundo o simplemente a olvidarse de él.
Pero cada vez que Colombia entra en temporada electoral, algo cambia. Y esta vez el cambio se siente más agresivo, más incómodo, más radical.
Muchos se han vuelto monotemáticos. Susceptibles. Quisquillosos. Incapaces de escuchar. Como si toda conversación terminara inevitablemente atrapada en una batalla política permanente donde solo existen dos categorías: amigos o enemigos.
Hoy todo es blanco o negro.
Si usted cuestiona a Iván Cepeda, automáticamente es un extremista de derecha. Si no apoya a Paloma Valencia, entonces es un cómplice silencioso del petrismo o un intolerante al que no le gusta la diversidad. Si cuestiona a Abelardo de la Espriella, es un privilegiado que forma parte del sistema de los de siempre. Y si intenta matizar, conciliar o simplemente entender el punto de vista del otro, queda atrapado en la peor categoría de todas: la sospecha.
La política en Colombia dejó de ser una discusión de ideas para convertirse en una evaluación moral permanente. Ya no se debate sobre propuestas, sino sobre pureza. Sobre lealtades absolutas. Sobre quién pertenece al bando correcto.
Y eso termina destruyendo algo fundamental para cualquier democracia sana: la posibilidad de conversar.
Lo más preocupante es que esto ya no ocurre solamente en Twitter o en TikTok. Se trasladó a los almuerzos familiares, a los grupos de WhatsApp, a los parques, a las oficinas y hasta a las cenas entre amigos. Cada encuentro parece un panel político improvisado donde todos llegan armados, listos para defender su trinchera ideológica.
A veces siento que llevo mi trabajo a todas partes. Y sospecho que muchos colombianos sienten exactamente lo mismo.
Claro que entiendo la gravedad del momento. Colombia atraviesa una elección trascendental. Nadie puede negar que lo que ocurra en 2026 tendrá consecuencias profundas sobre la economía, la seguridad, la institucionalidad y el futuro democrático del país. Sería irresponsable minimizarlo.
Pero precisamente por la importancia del momento deberíamos poder conversar mejor, no peor.
Parte del problema tiene nombre propio: el algoritmo.
Vivimos atrapados en una dictadura silenciosa donde las plataformas digitales decidieron que la mejor manera de mantener nuestra atención es alimentando permanentemente nuestras emociones más básicas: rabia, miedo, indignación y resentimiento. Cada vez que abrimos el teléfono, el algoritmo nos entrega exactamente aquello que confirma lo que ya creemos. Nos convence de que nuestro grupo tiene toda la razón y de que el otro lado representa una amenaza existencial.
Así desaparece el matiz.
Así muere la curiosidad intelectual.
Así dejamos de escuchar.
Y no ayuda que hace años muchos abandonaron cualquier hábito de lectura pausada o de consumo diverso de información. El periódico de papel, con todas sus limitaciones, obligaba a descubrir temas inesperados. Uno terminaba leyendo sobre ciencia, cultura, economía o deportes, incluso cuando no los estaba buscando. Hoy no. Hoy el algoritmo solo entrega más de lo mismo.
Más indignación.
Más confirmación.
Más tribalismo.
Mientras tanto, ocurre algo irónico: los políticos, esos mismos por los cuales tantos ciudadanos destruyen amistades y relaciones familiares, terminan haciendo alianzas entre ellos con una facilidad impresionante. Quienes ayer se insultaban, hoy se abrazan. Quienes prometían jamás pactar, terminan compartiendo tarima, estrategia y poder.
Y atrás quedan ciudadanos rotos. Hermanos que dejaron de hablarse. Socios que terminaron peleados. Familias fracturadas. Amigos distanciados.
Todo por personas que probablemente dentro de seis meses estarán negociando entre sí sin ningún problema.
El mensaje también es para mí. Porque yo tampoco estoy exento de esta dinámica. Yo también me he vuelto monotemático muchas veces. Yo también he llevado la intensidad política a espacios donde antes había ligereza, humor y descanso.
Por eso extraño hablar de otras cosas. Extraño conversaciones sobre sueños, proyectos, hijos, viajes, deportes o libros. Extraño la posibilidad de sentarme con alguien sin necesidad de clasificarlo políticamente en los primeros cinco minutos.
Quiero que estas elecciones terminen fortaleciendo la democracia colombiana y no empujándonos hacia una sociedad incapaz de convivir con quien piensa distinto.
Y, sobre todo, quiero que cuando llegue agosto y estemos del otro lado de esta campaña feroz, todavía podamos seguir hablando entre nosotros.
Porque un país donde los ciudadanos pierden amigos por culpa de los políticos termina siendo exactamente el país que los políticos necesitan.
No nos quedemos sin amigos peleando por políticos, que los políticos acuerdan y son inmensamente utilitarios y solo les sirves hasta que les dejas de servir.