El presidente Petro prometió, muy al inicio de su mandato, reemplazar progresivamente los ingresos petroleros por los derivados del turismo. Para ello lanzó toda una estrategia mediática con el llamativo posicionamiento del eslogan de Colombia, el país de la belleza. Una apuesta muy arriesgada fue dejar de producir combustibles fósiles para reemplazarlos por una industria verde, sin chimeneas. Sin embargo, transcurridos más de tres años, los ingresos de petróleo han caído a niveles no registrados hace décadas y, de paso, perdimos la autosuficiencia en gas natural.

Promesa cumplida, dirán los áulicos de siempre, pero la segunda parte —la de transformarnos en una potencia turística— está encaminada a convertirse en un gran fiasco. Entre 2023 y 2024, el Gobierno celebró el incremento en la llegada de extranjeros al país, pero toda la algarabía se apagó a mediados de 2025, cuando las cifras empezaron a decaer. Como siempre, el silencio inundó los micrófonos oficiales.

Los reportes más recientes de Cotelco muestran cómo la ocupación hotelera se desplomó desde finales de 2025 y en lo transcurrido de 2026. De acuerdo con la Asociación Hotelera y Turística de Colombia, el año dorado del país fue 2022, con una ocupación nacional promedio del 61,3 %, frente a un 2025 que ha sido considerado el peor año al registrar una ocupación estimada del 50 % y sin crecimientos desde 2024. Es evidente que en 2022 se dio un efecto rebote por la pandemia. No obstante, también reflejó el enorme esfuerzo que hizo el gobierno Duque por reactivar la conectividad terrestre y aérea, con planes de contingencia y operativos de vacunación masiva en las zonas turísticas como San Andrés.

El factor más importante detrás del declive turístico puede estar en el incremento de la percepción de inseguridad del país, que ha crecido, en particular, a nivel externo. Las advertencias a viajeros emitidas por países como Estados Unidos y Reino Unido, con alertas relacionadas con crecimiento en el secuestro, atracos y terrorismo, parecen haber frenado en seco a los turistas de alto poder adquisitivo. Estos son los que realmente generan los mayores ingresos, ya que el “turismo de mochila” hace crecer los números, pero no se traduce en una efectiva movilización de las economías de las zonas turísticas.

Por ejemplo, Medellín decreció en un 10 % su ocupación hotelera entre 2022 y 2025; mientras que Bogotá, el hub de ingreso al país, lo ha hecho en un 8 %. Se conocen casos de inversionistas que han frenado sus proyectos de inversión en turismo y, además, las empresas se quejan del incremento asociado a los costos de seguridad privada y seguros que restan competitividad al país en materia turística.

Tristemente, esa percepción de inseguridad se trasladó, afectando al turismo nacional frente a hechos notorios como el reinicio de los secuestros terrestres en las mismas entradas a Bogotá, lo cual no se veía desde hacía décadas.

La tozudez de este gobierno en mantener una laxitud frente a reconocidos delincuentes le está pasando una factura más a los colombianos: una ‘paz total’ que no llegó al país y un tema de debate más que el candidato oficialista no quiere asumir ni responsabilizarse frente a los colombianos.