Una nación se construye cuando existen propósitos comunes, cuando es capaz de ponerse metas ambiciosas y cuando trabaja de manera ordenada para cumplirlas. Y eso requiere que cada uno nos comprometamos y hagamos nuestra parte, incluidos Gobierno, empresarios, trabajadores y ciudadanos.

Uno de esos propósitos de Colombia debe ser la soberanía energética, que me gusta definir como la capacidad que tiene cada país para aprovechar, en la medida de lo posible, sus recursos en beneficio propio. Concretamente, energía propia para suplir las necesidades de los ciudadanos, comunidades y empresas y, en últimas, cerrar las brechas sociales del país. Ser soberanos en energía nos hace dueños de nuestro futuro.

La importancia de la soberanía energética quedó probada, por segunda vez en menos de una década, con la crisis de Oriente Medio y el cierre del estrecho de Ormuz. Esta mostró las vulnerabilidades de una Europa que ve cómo se disparan los precios del gas y tiene que recurrir de urgencia a prender plantas de carbón e incluso posponer a metas de transición que se anunciaban apenas unos años atrás.

En Colombia, la historia no es muy diferente. Desde diciembre de 2024 tenemos que importar gas para el consumo esencial, de hogares, vehículos y pequeñas empresas; con aumentos de tarifas para 36 millones de colombianos, el traslado del consumo industrial hacia fuentes más contaminantes y el incremento de las importaciones, que ya representan una cuarta parte del consumo.

Las alarmas están encendidas. La probabilidad de un Niño severo en el segundo semestre sigue aumentando, justo cuando el sistema eléctrico ya muestra señales de estrés y todavía no hay certeza suficiente sobre fuentes alternas para importar más gas.

La realidad nos muestra que debemos tener una política energética que se proyecte para los próximos cinco, diez, quince y veinte años; que analice y gestione los riesgos del desbalance entre oferta y demanda, y que tenga suficiente margen para hacer frente a eventos climáticos fuertes y riesgos de diferente naturaleza. Como un optimista que soy, lo aconsejable es esperar lo mejor, estando preparados para lo peor.

La forma de estar preparados para el futuro es tomar el destino en nuestras manos. Y eso empieza por recuperar nuestra soberanía energética, entendiendo que el enemigo son las emisiones y no la fuente de la energía. Por eso, más que hablar de una transición como sustitución, deberíamos hablar de una adición ordenada de fuentes. Colombia requiere todas las energías para garantizar esa soberanía: hidrocarburos, renovables, geotermia, hidrogeno, incluso energía nuclear, avanzando a la par en tecnologías que permitan reducir la huella de carbono de la producción tradicional.

La soberanía energética debe ser un gran propósito nacional, pero no puede ser el único. Debe ser el punto de partida para una ambición mayor: que Colombia sea protagonista en la economía que viene. La inteligencia artificial, los megacentros de datos y la digitalización de muchas de las actividades productivas van a multiplicar la demanda por la energía confiable, competitiva y disponible cada segundo.

Latinoamérica está en un momento brillante y atrae la atención por su ubicación estratégica, por su gran potencial energético que no se limita a petróleo y gas. Está probada la riqueza de esta región en minerales estratégicos. Brasil, Argentina y Guyana están en la primera línea porque han incrementado de manera constante la producción y creado las condiciones para recibir inversiones con las que están dando un salto energético, con un efecto positivo y directo en su economía y bienestar social.

Argentina es un gran ejemplo. Con el desarrollo del fracking en Vaca Muerta, le dio la vuelta a su destino y recuperó su soberanía energética. Hoy tiene un superávit energético y está resolviendo ‘buenos’ problemas, como qué tan rápido pueden construir infraestructura para evacuar los excedentes de gas hacia el Atlántico.

Esto tiene el impulso de Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), un estímulo y protección a las inversiones que ya tiene solicitudes de empresas y que superan los 100.000 millones de dólares. En GeoPark recientemente presentamos una solicitud por 1.000 millones de dólares para multiplicar casi por diez veces la producción actual que tenemos en Argentina y hacerlo en los próximos tres años.

​Colombia tiene una oportunidad de oro para ser una de las estrellas energéticas en la nueva economía. Para ello debe retomar el rumbo, reactivar la exploración, viabilizar los no convencionales, impulsar la extracción y exportación de minerales estratégicos, y acelerar más los renovables.

Pocos propósitos nacionales pueden traer tantos beneficios como la soberanía energética en términos de crecimiento, generación de recursos y, sobre todo, cierre de brechas sociales.

Lo tenemos todo. Solo falta que nos pongamos de acuerdo para emprender la tarea de lograr la soberanía energética.

*Presidente de GeoPark.