¿Por qué tanta preocupación por las narrativas? Porque se alejan de la realidad, una realidad que se ve constantemente atentada por las percepciones relativas de los hechos. ¿Por qué debatir si se está describiendo con veracidad el hecho? Porque la verdad debe ser defendida. Una defensa que sin descarrilarse del camino del respeto permita adecuar la realidad con el intelecto, según la definición aristotélica de la verdad.

Lo cierto es que, en medio de los atroces conflictos que vive el mundo, y de sus desgarradoras consecuencias, existe una lucha adicional, incluso una vez terminados: la batalla por la verdad. “La historia la cuentan los vencedores”, afirman muchos con egoísmo. Sin embargo, no se trata de eso. Se trata de reconocer los aciertos y desaciertos de todos para que la verdad reluzca, a pesar de que no a todos les guste. Tal vez por eso tantos esfuerzos en tantas ocasiones por ocultarla. La manipulación del lenguaje, de los conceptos, es una de sus artimañas.

En Colombia, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV) dejó entrever que las Fuerzas Militares y de Policía son causantes del conflicto por supuestamente proteger un poder económico que impulsó a estos grupos a levantarse en armas. Estas falsas estigmatizaciones son producto de una narrativa.

Asimismo, recientemente leí que alguien indicaba, con respecto a la guerra entre Israel y Hamás, que “ninguna nación debería matar en nombre de la paz y la libertad”. En ese postulado hay inconsistencias que también favorecen a ciertas narrativas. Efectivamente, una nación que mate gente, es decir que ataque sin sustento, no genera paz. No obstante, la situación tiene sus matices. ¿Cómo pretenden entonces que las naciones protejan su territorio y su gente si hay un grupo ilegal organizado que amenaza la estabilidad?

Se trata de defender en nombre de la paz, la libertad y la tranquilidad. Defender, no mandar a matar, he ahí la diferencia de términos.

Ahora bien, no hay mejor postura al respecto que la que el presidente del Congreso, Iván Name, publicó el pasado 16 de marzo: “Los ataques terroristas de Hamás son un acto deplorable en contra de la población de Israel. La respuesta a estos ataques no pueden desconocer el Derecho Internacional Humanitario (DIH), ni desembocar en la ocupación de Gaza”. En medio de su defensa, Israel no puede cometer crímenes de guerra. De lo contrario, también se estaría justificando bajo una narrativa tergiversada de la realidad.

Putin también utiliza la manipulación de los hechos en su discurso para justificar su narrativa. En el discurso en el que anuncia una “Operación Militar Especial” contra Ucrania, Putin habla de que el causante de esta operación son los abusos que por ocho años ha ejercido el “régimen de Kiev” sobre la población, cuando en verdad es el acercamiento de la OTAN a las fronteras rusas. Sin importarle mucho, la causa falsa con que argumenta el actuar de Rusia le sirve lo suficiente para acrecentar sus narrativas.

Ahora bien, las posturas políticas más radicales son las que acuden con mayor frecuencia a la tergiversación de la realidad para imponer su narrativa y, cínicamente, cambiar la historia. Para evitar ello, la comparación de la información es una técnica que salvaguarda la verdad de esos intentos por taparla. Por eso desinforman.

¿Librarse de tener contacto con narrativas? Lo dudo por la proliferación que hay, aunque sí hay que conocerlas muy bien para poder identificar la verdad en medio de un mar de confusiones.