¡El mundo libre despertó! Estados Unidos entendió que mientras discutía teorías ideológicas sobre derechos infinitos y fronteras abiertas de la agenda 2030, los carteles, las mafias y los regímenes autoritarios ocuparon el vacío. Y ahora, bajo el liderazgo de Trump, se prepara para recuperar el control.
Durante años nos hicieron creer que defender las fronteras era intolerancia, que ejercer autoridad era fascismo y que combatir el crimen con firmeza era ‘violencia institucional’. El resultado salta a la vista: mafias fortalecidas, fronteras desbordadas y democracias debilitadas por gobiernos incapaces de imponer orden.
Texas es el símbolo más brutal de esa decadencia. Bajo la Administración Biden, la frontera se convirtió en un infierno de anarquía y violencia, mientras el progresismo celebraba el colapso de la soberanía. Y, detrás de las caravanas del sueño americano, llegaron también los depredadores: el Tren de Aragua, carteles chinos, indios y Hezbolá, junto con el tráfico de niños y el narcotráfico. Una ola de violencia criminal sin precedentes en la historia de los Estados Unidos.
El presidente Donald Trump entendió, antes que muchos, que una vez un Estado pierde sus fronteras, empieza a perder también su destino. Le pasó a Europa. Por eso actuó con velocidad: desmontó buena parte del caos migratorio y devolvió la seguridad al centro de la acción del Estado. Porque proteger una frontera es defender la propia supervivencia de su sociedad.
La lección verdaderamente impactante al haber participado en el North America Summit del America First Policy fue comprender que esto ya no se trata únicamente de Estados Unidos. En esta cumbre se congregaron ministros de Defensa, estrategas y gobiernos aliados en torno a una preocupación común: el avance del narcotráfico, el crimen organizado y el abandono de las fronteras en nombre del progresismo globalista.
En Washington se está consolidando una nueva doctrina hemisférica y los documentos estratégicos, recientemente desclasificados y publicados en revistas del Pentágono, dejan ver que Estados Unidos está reconstruyendo su política de defensa alrededor del concepto de “paz a través de la fuerza” y de una recuperación abierta del liderazgo estratégico en el continente. Y América Latina volvió al centro de las preocupaciones de la seguridad estratégica de los Estados Unidos.
En consecuencia, esta visita fue para mí reveladora porque entendí que blindar una frontera es apenas el primer paso de una arquitectura mucho más robusta. Es el nacimiento del Escudo de las Américas: una alianza política, militar y económicadestinada a impedir que los carteles, las dictaduras y el terrorismo terminen apoderándose del continente.
Pero esta alianza tiene una línea roja clarísima. El Departamento de Defensa de Estados Unidos hace énfasis en que llegó el momento de definir, sin ambigüedades, de qué lado está cada gobierno de la región. O se firma una alianza estratégica con los Estados Unidos para proteger la libertad, preservar el orden y combatir sin contemplaciones el narcotráfico, o se termina ubicado del lado de quienes amenazan la seguridad hemisférica.
Ya no hay espacio para gobiernos ambiguos que hablan de paz mientras negocian con criminales. Ya no habrá paciencia para presidentes que debilitan a sus Fuerzas Armadas mientras permiten que los carteles controlen territorios enteros. El mensaje es contundente: quien sea complaciente con las mafias y los dictadores del socialismo del siglo XXI, será considerado un obstáculo para la estabilidad del continente.
Mientras otros países fortalecen alianzas estratégicas, Colombia avanza peligrosamente en dirección contraria. Aquí se desmonta la seguridad, se desacredita a la fuerza pública, se premia políticamente a estructuras criminales y se romantiza el caos bajo el disfraz de la ‘paz total’. Y mientras el mundo libre blinda sus fronteras, aquí las entregamos.
Trump hoy es el símbolo de una reacción global frente al colapso del orden occidental. Está reorganizando el tablero geopolítico alrededor de la seguridad, la soberanía y la autoridad legítima del Estado. Y América Latina tendrá que decidir si quiere ser parte del mundo libre o seguir atrapada en el pantano del populismo criminal.
Colombia tiene que escoger. No podemos continuar alineados con dictaduras financiadas por el narcotráfico mientras destruimos desde adentro nuestras instituciones. No podemos seguir premiando a quienes incendian el país mientras se castiga al ciudadano honesto que trabaja, produce y paga impuestos.
La seguridad no es un lujo. Tampoco es una narrativa electoral. Es el deber legal y moral más importante de cualquier Estado serio. Lo dije en campaña y hoy lo repito con más convicción que nunca: la paz no se negocia; la paz se impone con la fuerza legítima del Estado