Los derechos humanos son una de las conquistas más importantes que la Ilustración le legó al mundo. Hoy, en pleno 2026, en Colombia pareciera que se ha alcanzado un consenso entre los dirigentes: los derechos humanos, más que un discurso de izquierda o derecha, deben ser una política de Estado transversal a todos los gobiernos.
Pero viene el punto problemático: el discurso de los derechos humanos, a pesar de su universalidad, ha sido utilizado a menudo de manera indebida. En vez de ser la herramienta imparcial e inherente a todos los seres humanos, se ha convertido en un arma para la crítica selectiva de ciertos gobernantes.
Los ejemplos abundan y el doble estándar en el abordaje de los derechos humanos se encuentra en muchos sectores. Sin embargo, en esta ocasión me voy a centrar en una sola situación que ilustra muy bien la problemática: el homicidio sistemático de líderes sociales.
No se necesita un gran esfuerzo argumentativo para convencer acerca de la tragedia que constituyen estas muertes: desde 2016 hasta 2025 se produjeron en el país 972 homicidios de líderes sociales, según datos de la ONU. Es peligroso ejercer el liderazgo social en Colombia.
Ciertamente, ninguno de los tres gobiernos —Santos, Duque y Petro— que estuvieron durante esa década pudo frenar esta barbarie, producida en su grandísima mayoría por grupos armados que azotan el país. Aquellos de la paz total.
Y aquí es donde viene el problema. Durante el gobierno anterior, el de Iván Duque, pudimos observar cómo varias personalidades protestaron enérgicamente contra esta barbarie. Razón no les faltaba: una tragedia de estas magnitudes merece la más enérgica de las censuras. Lo curioso es que, durante el Gobierno actual —el de Petro—, en el que la situación es igualmente grave, parece que se les olvidó por completo el tema.
Cualquier desprevenido diría que los líderes sociales dejaron de ser asesinados. Pero nada más alejado de la realidad: el año pasado ocurrieron 99 homicidios; en 2024, fueron 89; en 2023, 105. Visto detenidamente, el resultado es bastante similar al del Gobierno anterior —el de Duque—, que en 2021 registró 100; en 2020, 94; en 2019, 108.
Los ejemplos de personas públicas que encajan en esta situación abundan. Sin embargo, no me voy a centrar en los consabidos cantantes y actores que antes hacían eco de cada muerte en sus redes sociales —repito, con razón— y ahora ignoran olímpicamente la problemática. Ellos, al fin y al cabo, se dedican en su mayoría al entretenimiento.
Me voy a centrar en los profesores que han hecho de los derechos humanos una bandera. Y en este selecto grupo me enfocaré en Rodrigo Uprimny.
¿Por qué Uprimny? Porque él, como ningún otro columnista, fue un adalid de esta causa. De una revisión a sus escritos podemos encontrar que entre 2018 y 2021 publicó alrededor de diez columnas al respecto. En estas, lanzó críticas virulentas contra la labor del Gobierno de turno —con especial énfasis en Iván Duque y sus funcionarios— frente a lo que él mismo consideraba “el tema más grave del país: la matazón de líderes sociales” (columna del 19 de enero de 2020).
Pues llegó Petro al poder y, al parecer, dicha matazón de líderes sociales dejó de ser el tema más grave del país. En lo que va de este mandato presidencial, Uprimny ha escrito escasas dos columnas al respecto. Y lo más curioso es que pasamos de un tono de responsabilidad a ultranza del gobierno Duque a afirmaciones como: “Es indudable que no todo es culpa del actual Gobierno. La Fiscalía y la justicia tienen una cuota importante de responsabilidad” (columna del 20 de agosto de 2023). Por lo menos curioso resulta el nuevo estándar de condescendencia en el abordaje de responsabilidades.
Y desde el 23 de diciembre de 2023 no volvimos a saber de muertos por boca de Uprimny. Ese día escribió una columna en la que hizo referencia a un fallo de la Corte Constitucional, con una mención apenas tangencial a estos homicidios. Y hasta el sol de hoy —han pasado 28 meses y más de 200 líderes asesinados—, el que fuera “el tema más grave del país” perdió toda la atención del columnista. Cero columnas. Curioso silencio, precisamente cuando la situación apremia.
También perdió la atención de todos los que antes contaban homicidios. No volvió a haber marchas, conciertos ni pronunciamientos categóricos, aunque los muertos siguen ahí. Se les olvidó el “nos están matando” tan famoso en épocas electorales pretéritas.
Al final, queda una pregunta: ¿estaban interesados en garantizar los derechos humanos de los líderes sociales, o más bien el interés venía por criticar a un gobernante? La respuesta me parece clara y me recuerda una frase popular: no querían al cerdo, querían los chicharrones.
A lo mejor, ido Petro vuelven y recobran el interés por tan grave tragedia. Fijo así será y entonces sabremos lo que había detrás de la indignación pasada y el silencio presente: cinismo e hipocresía. Y de paso nos concientizamos todos de la realidad aberrante y objetivamente reprochable que constituyen estos homicidios. Y ahora sí, pero ahora con real convicción, vuelve el “nos están matando”.