Como si el tiempo corriera para atrás, en este pueblo se pasó de la locomotora a la moto-mesa, un extraño pariente del tren. Se trata de una plataforma de madera con un sistema de balineras que le permite rodar por los rieles. Pero esta, que en esencia se parece a otros vehículos utilizados en algunas regiones de Colombia (como la del Pacífico, por ejemplo), fue reinventada por los porteños. Ellos, a falta de locomotoras, hallaron en sus motos el mejor propulsor para sus 'vagones'. El proceso es simple: les quitan a las motocicletas la llanta de atrás, adaptan las balineras y así podrán ser usadas para empujar los carritos de madera. Todas las mañanas Elkin García sale a las 5 en punto para empezar su recorrido. Parte de Puerto Berrío, cruza el Puente Monumental, pasa por unos ranchitos paupérrimos, por los gigantes latifundios ganaderos y después de poco más de una hora llega a Puerto Parra, en donde deja unos pasajeros y recoge otros para el recorrido de vuelta. Cada trayecto cuesta 7.000 pesos, pero lo mejor es que no existe límite de equipaje porque sólo es cuestión de adicionar vagones en caso de necesidad. Elkin es quien más tiempo lleva en el negocio y su tren es a Puerto Berrío lo que un metro o un tren de cercanías es a una ciudad medianamente desarrollada de cualquier parte del mundo en donde no se haya llegado, como en Colombia, a la extraña conclusión de que el progreso está aparejado a la desaparición de los trenes. Mientras toma velocidad cuenta que lleva ocho años en este oficio y que la idea no fue suya sino de un señor que trabajaba con la empresa de energía y el mismo día en que la ensayó fue trasladado. Antes de que el inventor anónimo dejara su legado, las mesas tenían que ser impulsadas por una vara de madera y la propia fuerza de los brazos, como si se tratara de una barca en medio de una ciénaga de acero y travesaños de madera. A 60 kilómetros por hora las tablas empiezan a crujir, el ruido es ensordecedor y para los novatos el asunto de la seguridad empieza a ser preocupante. En tiempos de airbags y cinturones de seguridad de cuatro puntos, acá la única alternativa es apretar los dientes y poner a prueba el agarre de las suelas de los zapatos. A 80 kilómetros por hora, Elkin tiene un imprudente arranque de sinceridad. "Hemos tenido accidentes, sobre todo cuando empezamos, porque nos encontrábamos los unos con los otros en direcciones opuestas. La gente salía volando para todos lados", dice con la mirada fija en la vía, pero eso sí, asegura que "nunca ha habido un muerto"... tal vez eso explica por qué lleva colgado un gigantesco rosario en su cuello.