Si está de ánimo, abre la puerta y asoma su cara de duende. Con unas tijeras entre los dedos y las manos palmoteando las rodillas, Antonio Arango cuenta que lloró mucho el día que le mataron a su búho. Venía de pintar unas imágenes en la iglesia de una vereda de Santa Rosa de Osos, el pueblo donde nació, aprendió las artes del paisajismo, donde vive y piensa morir. Traía el animal entre sus brazos, cuando un 'muchacho ocioso' se lo arrebató y lo ahorcó hasta matarlo. Le dio mucha rabia, dice Antonio, y por eso después adoptó dos lechuzas para criar en el solar de su casa, esa que está repleta de marcos viejos y empolvados, a la que se entra por un corredor largo, frío y oscuro. Ahí vive la vida de duende que se propuso llevar: es solitario, no habla con casi nadie distinto a su mamá, pasa sus horas pintando y haciendo de comer, no ve noticias, le gustan las ciencias ocultas, y no va a misa porque, dice, la religión es una mentira. Bajo las tejas de barro y entre las paredes de bahareque que le dan refugio, también vivió su padre, Salvador Arango, uno de los artistas más reconocidos de esa zona norteña de Antioquia, donde nacieron el poeta Porfirio Barba Jacob y Pedro Justo Berrío. A tres cuadras de allí, Salvador pintó una réplica de la obra de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, hecho que el hijo y sus hermanos, callados y cabizbajos como él, recuerdan con orgullo. El 'duende' tiene una barba tupida, enredada y terminada en tres puntas, y luce un sombrero de tela alargado en el que lleva pegado un prendedor redondo de metal con la bandera de Estados Unidos. Este hombre misterioso de 45 años y ojos enrojecidos recuerda el día en que decidió tatuarse la cara con tinta china. Tan solo planeaba cubrirse una cicatriz de la ceja izquierda, pero al cabo de largos minutos tenía toda la cara pintada de verde. Su mano no podía detenerse, con cada punzada de la aguja empapada en tinta imaginaba que estaba haciendo la mejor obra sobre un lienzo poco usual: su propio rostro. Se miró en el espejo y se vio como un duende. Ya no era el mismo. Aunque algunos en el pueblo, al ver su cara, dicen que: "eso es sólo una telaraña". Él, tranquilo, anota: "es lo que cada cual quiera ver; al final quedó así, ¿sí le gustó?". El 'Duende' no tiene tiempo para más preguntas, se oculta en su guarida, se va con su sombrero y su verde faz. Al fondo, en la parte trasera de su casa, conserva embalsamado el búho que tantas lágrimas le arrancó.