El martes pasado WorldCom, la segunda operadora más grande de larga distancia en Estados Unidos reconoció que había cometido un fraude contable más cuantioso y quizá más grave que el de la famosa Enron. El revuelo que se formó por la noticia fue tan grande que el propio presidente, George W. Bush, tan pronto llegó a Calgary, en Canadá, para asistir a una cumbre del grupo de los ocho, improvisó una rueda de prensa para expresar su indignación y anunciar severas investigaciones. También se sacudieron los mercados financieros del mundo entero y se agudizó un problema que ya era motivo de preocupación: la desconfianza de los inversionistas en la información financiera que reportan las empresas inscritas en la bolsa. Los escándalos de las empresas en Estados Unidos se están volviendo costumbre y cada vez son más graves. Después de Enron hubo otros enredos contables menos renombrados pero no por ello menos inquietantes, como el de las empresas Tyco y Global Crossing. Los inversionistas, que ya estaban nerviosos por estos casos, ahora lo están mucho más pues WorldCom confirmó lo que muchos ya temían: Enron no era un caso aislado. Era tan sólo el primer síntoma de un problema más profundo y arraigado en la cultura corporativa estadounidense.La desconfianza se ha reflejado en las bolsas de valores. Tras conocerse la noticia de WorldCom el miércoles pasado el índice Nasdaq, compuesto principalmente por compañías de tecnología, llegó a los 1.375 puntos, su nivel más bajo desde octubre de 1998. No hay que olvidar que hace poco más de dos años superó los 5.000 puntos. Los otros índices bursátiles más representativos de la economía estadounidense han acumulado una caída cercana al 12 por ciento en el último mes y la semana pasada llegaron a niveles muy cercanos a los registrados en los días que siguieron al 11 de septiembre. Lo paradójico es que la economía estadounidense se ha recuperado este año. Según el último estimativo el PIB creció un 6,1 por ciento en el primer trimestre de 2002. Por eso la explicación para el pobre desempeño bursátil está en la erosión del fundamento principal de la economía capitalista: la confianza.Sube como palma?La de WorldCom es la típica historia del boom económico de los 90 en Estados Unidos. En esa década Bernard Ebbers, fundador y presidente ejecutivo de la compañía, emprendió una desaforada carrera de adquisiciones en la que logró comprar nada menos que 75 empresas. En 1998 alcanzó la cima al adquirir el conocido operador MCI por 30.000 millones de dólares, convirtiendo así a WorldCom, con operaciones en 60 países, en una de las empresas más importantes del mundo de las telecomunicaciones. Hace tres años, en su mejor momento, la compañía llegó a valer 180.000 millones de dólares en la bolsa, casi dos veces el PIB de un país como Colombia. Pero después empezó a desinflarse el mercado y Ebbers, junto con Scott Sullivan, quien era su vicepresidente financiero y su mano derecha, empezaron a ocultar los problemas. Lo lograron por un tiempo hasta que, en abril de este año, estalló lo que sería 'preludio' del actual escándalo. Ebbers fue obligado a abandonar su cargo cuando se supo que le adeudaba 408 millones de dólares a la empresa. La junta directiva había autorizado prestarle buena parte de ese dinero para que tapara un hueco en sus finanzas personales. La razón del faltante era que Ebbers había apostado y perdido en la bolsa con acciones de la propia empresa. Este último ahora deberá disponer de algunas de sus propiedades, que incluyen una finca de 66.000 hectáreas, para pagar lo que adeuda. Hasta ahí el escándalo de WorldCom parecía ser uno más de los que han estallado en Estados Unidos este año. Pero había más. Cuando llegó John Sidgmore a reemplazar a Ebbers en la presidencia de la empresa ordenó una auditoría interna con Kpmg, la firma que en mayo reemplazó a Arthur Andersen en esa labor. Encontraron que durante 2001 y el primer trimestre de 2002 WorldCom se inventó utilidades por 3.800 millones de dólares. La forma de hacerlo fue contabilizando como inversiones de capital cosas que no eran más que gastos corrientes, evitando así que estos egresos se restaran de las utilidades. A diferencia de Enron, que engañó a los inversionistas mediante sofisticadas operaciones en cuentas fuera del balance, la trampa de WorldCom fue bastante burda y evidente y mucho más cuantiosa. La compañía había reportado utilidades por 1.400 millones de dólares en 2001 y 130 millones en el primer trimestre de 2002. Pero éstas eran inventadas y la empresa en realidad había arrojado pérdidas. El pasado martes la compañía admitió estos hechos, y de paso expulsó a Scott Sullivan, su vicepresidente financiero. La acción de WorldCom, que hace tres años costaba 65 dólares, llegó a valer nueve centavos el miércoles, antes de que el título fuera suspendido de la bolsa. Así, la empresa prácticamente quedó abocada a la quiebra, pues en esas condiciones nadie le va a querer prestar la plata que requiere para refinanciar su deuda, que alcanza los 30.000 millones de dólares. Por ahora se sabe que quedarán en la calle 17.000 de los 67.000 empleados que la compañía tenía en el mundo entero.Intereses en conflictoEl escándalo de WorldCom llega en momentos en que el debate sobre las reformas al mercado de capitales en Estados Unidos está en su punto más álgido. En los escándalos previos ya se había comprobado que estaban fallando los controles que, en teoría, deberían evitar los abusos en el mundo corporativo.La falla más evidente es la de las firmas de auditoría que revisan los estados financieros de las empresas. El caso WorldCom salpicó otra vez a Arthur Andersen, compañía que ya enfrentaba acusaciones de obstrucción a la justicia a raíz de su papel en la debacle de Enron. Pero el problema de las firmas de auditoría va más allá de las actuaciones oscuras en que puedan incurrir algunos funcionarios en casos puntuales. Lo que tienen las auditoras en Estados Unidos es un gran conflicto de intereses, pues al mismo tiempo que certifican las cuentas de sus clientes reciben de ellos millonarias sumas por prestarles servicios de consultoría. Arthur Andersen, por ejemplo, recibía más dólares de WorldCom por las asesorías que por la auditoría. En esas condiciones se entiende que las auditoras no sean demasiado estrictas en su supervisión pues el cliente se puede molestar y se arriesgan a perder el jugoso negocio de la consultoría. También se ha criticado el conflicto de intereses de los analistas de las firmas corredoras de bolsa. Un estudio reciente reveló que, históricamente, sólo una de cada 100 recomendaciones emitidas por éstos aconsejan vender las acciones en cuestión. Más que a un optimismo crónico esto podría deberse a que con frecuencia los analistas son remunerados en función de los negocios de banca de inversión que obtengan para sus firmas comisionistas, y por eso son reticentes a emitir conceptos negativos sobre compañías que podrían ser sus clientes. Parte del agua sucia de los escándalos recientes también ha caído sobre las juntas directivas. Básicamente se cuestiona su independencia de los administradores de las empresas. Los mecanismos para impedir que haya juntas de bolsillo, como la de WorldCom que le prestó millones de dólares al presidente Ebbers, son otro de los ingredientes de la discusión pública. Otra falla de importancia que se le ha descubierto a la cultura corporativa tiene que ver con las opciones sobre acciones (stock options), que son una forma de remunerar a los ejecutivos en función del precio presente y futuro de las acciones de las empresas. Hasta hace poco este mecanismo era considerado como el ideal para incentivar a los directivos. Pero ahora resulta que el abuso de estos esquemas de compensación está en el corazón de los descalabros financieros. La razón es sencilla. En la medida en que la fortuna personal de un presidente de una empresa depende crucialmente del valor de la acción, éste estará inclinado a hacer todo tipo de maromas para evitar que el precio del título caiga. En su desespero muchos presidentes, como los de Enron o WorldCom, han traspasado todas las fronteras éticas e incurrido en trampas y engaños al mercado.Vientos de reformaAhora que estos males del capitalismo norteamericano empiezan a ser bien conocidos ha llegado la hora de aplicar los correctivos. A raíz de los escándalos recientes han cobrado fuerza reformas tendientes a impedir, por ejemplo, que la remuneración de los analistas de las comisionistas de bolsa esté atada a otros negocios de banca de inversión. También ha resucitado la idea de prohibir que las auditoras presten servicios de consultoría a las compañías cuyas cuentas certifican, una reforma que en ocasiones anteriores se había hundido por el cabildeo de las auditoras, precisamente. Una propuesta más radical para darle una solución de fondo al problema de la información contable es la que ha hecho el secretario del Tesoro, Paul O'Neill. Se trata de obligar a los presidentes de las empresas a firmar los estados financieros y asumir todas las consecuentes responsabilidades legales. Pero mientras las autoridades estudian qué hacer para corregir los vicios del pasado el mercado ha avanzado más rápido en el camino de mejorar las prácticas de gobierno corporativo. Un grupo de inversionistas institucionales que, sumados, gestionan recursos equivalentes al 10 por ciento del mercado, ha formado un grupo que empezará a seleccionar las compañías destinatarias de la inversión según nuevos criterios, como la compensación de los ejecutivos. El célebre inversionista de Wall Street Warren Buffett ya se sumó a este club.Y las bolsas también han empezado a moverse. Tanto el Nyse (New York Stock Exchange) como el Nasdaq, las dos plazas bursátiles líderes, ya han propuesto reglas más estrictas para las empresas que quieran cotizar sus acciones. Por ejemplo, exigen que todos los planes de compensación sean sometidos a la aprobación de los accionistas. Es algo que no les gusta a los empresarios pero las bolsas lo han empezado a exigir por necesidad. La caída de los principales índices bursátiles en medio de una economía que muestra signos de mejoría les ha recordado un principio económico básico: si falta la confianza se esfuma la riqueza.